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Bajo el signo del sincretismo cultural

Acaso por efecto de la globalización en todo sentido, sobre todo comunicacional, el principio sincrético, es decir la mezcla y la hibridación, es un rasgo característico de la sociedad contemporánea.

Se cree que fue el historiador griego Plutarco (46-120 d.C.) el primero en utilizar la palabra sincretismo para designar la unión de las ciudades cretenses para la defensa contra el enemigo común.

El término sin embargo tiene una acepción ominosa para las ortodoxias religiosas que ven en él la unión de cosas irreconciliablemente diferentes, por tanto un principio de degradación del dogma, una adulteración inadmisible de la verdadera doctrina.

Por ejemplo, desde el catolicismo tradicional se ha impugnado el sincretismo religioso imperante en la América Hispánica, donde el elemento cristiano convive con las concepciones prehispánicas de los indígenas, una especie de yuxtaposición de cultos a santos y diablos.

Esta combinación comienza a gestarse desde el mismo momento de la Conquista, cuando unos hombres blancos europeos trajeron sus convicciones religiosas y quisieron imponérselas a los nativos.

Se encontraron con que aquí la población residente adoraba a otros dioses y tenía una religiosidad disonante con los ritos, iconos y símbolos de la cristiandad.

El aborigen, por tanto, pasó a ser el infiel al que había que convertir y catequizar, produciéndose entonces un largo proceso de transculturización religiosa, en gran medida forzada y violenta.

A despecho de los evangelizadores, que hubieran querido una cristianización perfecta de los indios, los cierto es que éstos no abandonaron sus ídolos autóctonos (las fuentes, los árboles, las piedras sagradas, los astros) sino que los integraron, a través de complejas vinculaciones, con el repertorio de vírgenes, santos, preceptos, y ritos católicos.

Para los antropólogos se procedió, así, por superposición de un culto (el cristiano) sobre otro (el aborigen), produciendo una convivencia de cultos doblados, que no borran ni a uno ni a otro.

En muchos casos el catolicismo sólo recubre las antiguas creencias indígenas, de suerte que la unificación religiosa española solamente afectó a la superficie de la conciencia nativa, dejando intacta las creencias primitivas.

Ahora bien, si para el ortodoxo religioso (y por extensión para todo dogmático ideológico) el sincretismo puede ser visto como un aspecto negativo, de falsificación respecto de la pureza de determina doctrina, en un sentido antropológico sólo revela la tendencia humana a la mezcla, a la hibridez, producto del contacto de grupos humanos diversos.

De hecho, cabe postular que la cultura posmoderna del siglo XXI es básicamente sincrética, es decir tiene un inconfundible rasgo de una hibridez o mixtura, producto de la desterritorialización de los proceso simbólicos, inducidos primariamente por la globalización de las comunicaciones.

Se identifican diversos tipos de sincretismo, aunque lo común a todos ellos es que con el empleo del término se alude a la mezcla, la fusión de elementos diferentes. Desde el punto de vista cultural, hay que hablar de la reunión de estilos de vida, de dos o más culturas.

El sincretismo, así, ha dejado de tener una connotación negativa (según las ortodoxias doctrinales) para significar la mezcla, la combinación de elementos de distintas culturas, que en su interacción llegan a producir una nueva síntesis o nuevo producto resultante de la mutua influencia.

 

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 18/09/2018 en Uncategorized

 

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La guerra comercial abre oportunidades

Desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca el mundo es más inestable. Su guerra comercial con China y Europa, de incierta evolución, sin embargo está logrando que los países de América Latina estrechen lazos comerciales.

La información es que se acelera la integración de sus dos principales bloques económicos: por un lado la Alianza del Pacífico, conformada por Chile, Colombia, México y Perú, y  por otro el Mercosur, integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.

Así lo expresaron los representantes de los ocho países reunidos este martes  en Puerto Vallarta (México). La idea es fortalecer un mercado que concentra el 79% de la población de América Latino y el 85% del PBI de la región. Esta ventana de oportunidad ha sido acicateada por las medidas proteccionista que Donald Trump ha impuesto en Estados Unidos y la guerra comercial que ha abierto con China

“Estamos en un mundo totalmente distinto con nuevas amenazas como el proteccionismo. Si se cumplen las advertencias del presidente Trump, los aranceles volverían a los niveles de la década de los ‘70. No estamos hablando de una época lejana estamos hablando de algo que está frente a nuestros ojos”, ha diagnosticado el presidente chileno, Sebastián Piñera.

Estas condiciones nuevas han puesto en sintonía al Mercosur y la Alianza del Pacífico. “Ahora sí hay condiciones concretas y reales para lograr la integración”, ha señalado Roberto Ambuero, canciller chileno.

Lo mismo piensa el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, para quien esos dos bloques “no son sistemas idénticos ni en sus formatos ni en sus contenidos. Tampoco son incompatibles o excluyentes. Se equivoca quien diga que lo son”.

El Mercosur entró en un nuevo dinamismo (las exportaciones crecieron un 13,8% en 2017) luego de una parálisis que lo afectó en los últimos años. El bloque nació en 1991 con una ideología proteccionista y liderado por los motores de las economías sudamericanas más grandes, Argentina y Brasil.

Este espacio incluyó también a Uruguay y Paraguay para conformar un mercado de 250 millones de personas. En ese entonces, Brasil y Argentina producían tanto como China. Hoy solo generan la quinta parte que el gigante asiático.

La Alianza del Pacífico (AP), en tanto, surgió en 2011 como una nueva iniciativa de integración latinoamericana, pero sus países miembro estaban animados por una ideología de apertura comercial, aunque haciendo eje en el Asia-Pacífico, una región que se convirtió en motor de la economía mundial en las últimas décadas.

La Alianza del Pacífico podría añadir al final del año como estados asociados a Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Singapur. El bloque también ha recibido las peticiones de Ecuador y Corea del Sur para ingresar al grupo.

Tanto desde el Mercosur como desde la AP se cree que el proteccionismo de Trump presenta una oportunidad para que América Latina, como mercado integrado, profundice sus relaciones comerciales con Europa y China, hoy devenidos en enemigos comerciales de Estados Unidos.

La política de confrontación comercial de Trump está produciendo una tensión  comercial en el mundo. Y básicamente hace que los europeos y chinos, como reacción, abran sus economías a productos latinoamericanos.

“A río revuelto, ganancia de pescadores”. El refrán parece describir la oportunidad que se le abre a los latinoamericanos, los pescadores que pueden aprovechar el río revuelto del comercio mundial.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 30/07/2018 en Uncategorized

 

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Un aparato militar que se adapte al siglo XXI

Sin hipótesis de conflicto limítrofes en un contexto de integración regional y ante la remotísima posibilidad de una invasión extranjera, ¿qué hace un país como la Argentina con sus Fuerzas Armadas?

El aparato militar argentino, justificado en el siglo XX por el nacionalismo militarista, se ha quedado sin razón de ser en plena globalización, una etapa histórica caracterizada por ausencia de conflictos territoriales entre países.

Pasó el tiempo, por caso, de la disputa entre Argentina y Brasil, que dominó el siglo XIX y buena parte del siglo XX. Cuando  las élites de ambas naciones abrevaban en pensamientos geopolíticos que alimentaban la rivalidad militar, de suerte que generaciones de argentinos creyeron que una guerra con Brasil era una amenaza real.

Con la vuelta de la democracia, los países sellaron una definitiva alianza. Al respecto se considera un hito trascendente la firma en el año 1986 del Acta de Integración y Cooperación económica entre los presidentes Raúl Alfonsín (Argentina) y José Sarney (Brasil).

Con Chile pasó algo similar. El último régimen militar argentino estuvo a punto de conducir a la Argentina a una guerra con el país trasandino en la década del ‘70. Al respecto, aún se agradece la gestión del Papa Juan Pablo II, que evitó un enfrentamiento entre ambas naciones por las islas del Canal de Beagle.

La misma ideología nacionalista condujo al país a una humillante derrota militar en 1982 durante la breve guerra con el Reino Unido por la posesión de las Islas Malvinas. Terminada esta aventura en el Atlántico Sur, cayó la dictadura militar y volvió la democracia.

Desde que los militares argentinos –algunos le llamaban el “partido militar”- dejaron de tener incidencia política en la década del ‘90 y el mundo se hizo interdependiente, las Fuerzas Armadas entraron en crisis de identidad.

Desde entonces ya no pareció razonable volver a un esquema de defensa en el que los conflictos con Chile y Brasil y la recuperación bélica de las Malvinas eran las principales hipótesis de conflicto.

En 2017, el grave incidente del submarino ARA San Juan, cuya desaparición con sus 44 tripulantes a bordo es aún un misterio, disparó sobre la mesa de debate la política de Defensa Nacional. ¿Son necesarias las Fuerzas Armadas? ¿Cuál debería ser su rol?

Esta tragedia obligó a la administración Macri a trazar una nueva hoja de ruta para la defensa. Este lunes el presidente anunció un plan para “reconvertir” el aparato militar, que incluye una modernización paulatina del mismo.

Aunque destacó que “la misión principal” de las Fuerzas Armadas (FF.AA.) es proteger la soberanía y la integridad territorial, el mandatario aclaró que hoy las amenazas no son los países limítrofes, sino el terrorismo y el narcotráfico.

Aseguró además que el objetivo es que las FF.AA. “puedan colaborar con la seguridad interior, principalmente brindando apoyo logístico en la zona de frontera así como también interviniendo en eventos de carácter estratégico”.

La oposición peronista y organismos de derechos humanos critican esta decisión, señalando que se aparta de la filosofía adoptada en su momento por Néstor Kirchner, quien restringió por decreto la actividad militar dentro del territorio.

El gobierno sostiene que cuando habla de seguridad interior se trata de redesplegar militares en la frontera para patrullar la zona y asistir así a Gendarmería y Prefectura en la lucha contra el narcotráfico.

 

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Publicado por en 30/07/2018 en Uncategorized

 

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Estados Unidos lidera una guerra comercial

El presidente norteamericano Donald Trump lleva adelante una guerra contra sus “socios” del tratado comercial del Atlántico Norte, Canadá y México; otra, con la Unión Europea; y otra, con China.

En un tuit de estos días, Trump dijo que “cuando un país (Estados Unidos) está perdiendo muchos miles de millones de dólares en comercio con prácticamente todos los países con los que tiene negocios, las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”.

El gigante asiático representa el grueso del déficit comercial de Estados Unidos (US$376.000 millones de los cerca de US$600.000 millones). De ahí que la administración Trump no para de imponer aranceles a productos chinos por cifras millonarias.

Por otro lado, el líder republicano lanzó este domingo otra bomba antidiplomática al recalcar que la Unión Europea (UE) es un “enemigo” para Estados Unidos. Lo dijo en una entrevista para la televisión durante su reciente visita al Viejo Continente.

“Tenemos muchos enemigos. Creo que la Unión Europea es un enemigo, por lo que nos hace en el comercio. No lo pensarías de la UE, pero es un rival”, respondió el líder de la mayor potencia mundial a la pregunta de cuáles consideraba que eran los principales rivales del país.

Las noticias sobre las decisiones bélicas de Trump han asustado al mercado mundial, provocando una turbulencia financiera de proporciones. Últimamente se han registrado bajas de acciones y commodities, como el petróleo y la soja.

¿Pero qué es una guerra comercial? Este fenómeno comienza cuando un país toma acciones para restringir la entrada de uno o varios productos de importación de otra nación o de un grupo de naciones determinado.

Esas acciones pueden ir desde la suba de los aranceles hasta la prohibición de importación de un producto. Esta imposición de barreras y aranceles a los bienes importados desde el extranjeros se conoce como “proteccionismo”.

Como consecuencia de esta política, las naciones afectadas adoptan regulaciones similares en represalia lo que provoca nuevas medidas por parte del primer país, generando de este modo una “guerra comercial”.

“Es una especie de acción-reacción-acción-reacción entre los países”, sostiene Simon Lester, investigador del Center for Trade Policy Studies, un centro de estudios de comercio internacional con sede en Washington.

“Es una especie de ojo por ojo y diente por diente: yo te voy a hacer lo equivalente a lo que tú me hiciste a mí y si tú me haces más, yo haré lo posible por hacerte miserable y hacerte más de lo que tú me hiciste a mí”, comenta.

Históricamente el proteccionismo, una ideología contraria al librecambio, coincidió con el ascenso de los regímenes nacionalistas, para los cuales el escenario internacional es visto como un juego en el que gana el más fuerte, en el que domina la lógica de la beligerancia.

Se cree que hoy la globalización, ese proceso de intensificación de las interdependencias, de homogeneización a escala planetaria, quizá atraviese su peor momento. Y esto porque la idea de apertura comercial viene siendo vapuleada por los partidarios del nacionalismo, como es el caso de Trump.

El actual escenario preocupa porque lo que enseña la historia económica de las guerras comerciales es que, con mucha frecuencia, terminan en conflictos armados y a veces generalizados.

Los proteccionismos económicos, efectivamente, fueron una de las razones que desencadenaron las guerras mundiales en el siglo XX.

 

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Publicado por en 25/07/2018 en Uncategorized

 

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Un tiempo donde todo se futboliza

Se diría que el sentido de la vida, para una buena parte de la sociedad global, pasa hoy por el fútbol, a tenor de lo que se vive en Rusia, donde se lleva a cabo el campeonato mundial de ese deporte.

En Argentina, país futbolero por tradición, la suerte del seleccionado nacional –que ha logrado a duras penas pasar a octavos de final- se sigue con una ilusión colectiva que logra hegemonizar todas las expectativas ciudadanas.

Para los críticos del fenómeno se está en presencia de un potente narcótico de masas que adormece o idiotiza las consciencia al punto de distorsionar cognoscitivamente cuanto ocurre en un país poblado de problemas.

“Fútbol todos los días de la semana, hasta en la sopa, saliendo por las orejas, corriendo por las canaletas, anegando las calles. Casi no hay emisoras de radio o canales televisivos en la Argentina que no estén todo el santo día, a toda hora, con los comentarios de fútbol”, se quejaba el editorialista de un diario nacional.

La resonancia mundial de los eventos como los Mundiales de Fútbol, revela por lo pronto la importancia que ha adquirido el deporte. Las proezas de los protagonistas de estas competiciones son reconocidas, al punto que muchos de ellos son idolatrados por el gran público.

Aunque este interés global es mirado con lógica desconfianza por aquellos observadores que ven que la exaltación del deporte se hace muchas veces a expensas de otras realidades culturales, como la literatura, el arte o la ciencia.

El escritor Mario Vargas Llosa, por caso, coloca al deporte dentro de la civilización del espectáculo. Es decir en un mundo donde el primer lugar en la tabla de los valores vigentes lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal.

Lo cierto es que vivimos, efectivamente, un contexto cultural donde el fútbol, especialmente, ha colonizado la existencia de millones de personas. La situación se exacerba con la realización de un Mundial, un fenómeno de masas más global que nunca.

De esta manera, millones de espectadores de todo el planeta contemplan con  verdadero éxtasis, durante 31 días y a lo largo de 64 encuentros, qué selección se proclama campeona del mundo.

El sociólogo inglés Eric Dunning, autor junto a Norbert Elías del libro “Deporte y ocio en el proceso de la civilización”, no duda en afirmar que el fútbol se ha convertido en “una de las principales fuentes de sentido de la vida de numerosas personas”.

El antropólogo francés Christian Bromberger, en tanto, explica que este deporte ha llegado a extender su horizonte de un modo desorbitado, al punto que estaríamos asistiendo a un fenómeno novedoso caracterizado por una generalizada “futbolización de la sociedad”.

Algunos análisis consideran al fútbol como un fenómeno social esencialmente religioso. La religiosidad puede definirse como un conjunto de prácticas simbólico-rituales que el ser humano establece en relación con el orden de lo sagrado.

Lo que ocurre en los estadios de fútbol, devenidos en grandes templos de la sociedad posmoderna, recuerda la devoción de los creyentes en torno a los ídolos del balón pie, en medio de rituales deportivos.

Lo sagrado, vértice de sentido de la vida social, ha emigrado en este caso, como resultado de la secularización, a dominios ahora laicos, ensamblándose con nuevas expresiones profanas.

De ahí que Dunning concluya: “No es absurdo en modo alguno decir que el deporte está convirtiéndose cada vez más en la religión seglar de esta época cada vez más profana”.

 

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Publicado por en 05/07/2018 en Uncategorized

 

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La novedad histórica del pluralismo político

Por la evolución dialéctica de la historia las sociedades occidentales han dejado de ser homogéneas ideológicamente para pasar a ser heterogéneas. Esta diversidad cada vez mayor ha inaugurado el pluralismo, que consiste en vivir juntos en la diferencia y con la diferencia.

Como ha escrito el politólogo italiano Giovanni Sartori, el establecimiento de un modelo político que se asienta sobre la diversidad de ideas que compiten libremente es un hecho histórico novedoso.

El pluralismo, dice, “presupone una disposición tolerante y, estructuralmente, asociaciones voluntarias ‘no impuestas’, afiliaciones múltiples, y, también, líneas de división, transversales y entrecruzadas”.

Según Sartori, “las comunidades del pasado -desde la polis griega hasta las comunidades puritanas- no tenían estas características, más bien lo contrario. Recuérdese además que estas características se han desplegado, hasta ahora, sólo en el mundo occidental y occidentalizado”.

El modelo de poder autoritario, de un jefe o monarca que baja línea a los súbditos, era propio de la sociedad tradicional, como la que existía en la Edad Media, cuya nota distintiva era la homogeneidad ideológica.

El ejercicio del poder era muy simple: uno mandaba y los otros obedecían. Pero esto era posible porque la clase subalterna, los súbditos, habían internalizado la ideología del régimen.

Los sistemas políticos totalitarios de la modernidad (nazismo, comunismo y fascismo) intentaron idéntica cohesión social, aunque no imponiendo una religión sino una ideología estatal (la raza o la revolución proletaria, por caso).

Pero la historia tiene razones que la ideología desconoce: las sociedades tendieron a la heterogeneidad creciente, se hicieron más complejas, plurales y diversificadas.

Algunos politólogos hablan del tránsito de la sociedad cerrada, organizada y estructurada tribalmente, con un líder en el centro que controlaba las palancas del poder, a una sociedad abierta con ciudadanos empoderados intelectualmente, sin tutelaje ideológico, dispuestos a ejercer la crítica política de los gobiernos y de los poderes de facto de cualquier índole.

Así como a las sociedades homogéneas les corresponde un régimen político acorde (monarquía, tiranía o dictadura) las sociedades abiertas y plurales necesitan de un sistema que resuelva, justamente, las diferencias entre los individuos y los grupos.

Al mutar la estructura social mutan las relaciones de poder, al cambiar la sociología cambia el ejercicio de la política. La gobernanza, por tanto, se complejiza: pasa de un modo concentrado a un modo descentralizado.

En el campo político, pluralismo significa la concurrencia de diversas ideologías en la vida pública de un país. La factibilidad de opiniones distintas o encontradas y de un amplio espectro de soluciones para los problemas de interés público es uno de los elementos básicos del sistema.

Los regímenes totalitarios, por el contrario, en los que se eliminan los partidos como portadores de una opinión política, o se establecen sistemas de “partido único” que monopolizan la acción política de la sociedad, o se coartan las posibilidades de libre expresión de los ciudadanos, son incompatibles con el pluralismo.

El pluralismo entraña la concurrencia de opiniones y acciones de diversa orientación ideológica en la marcha del Estado. De esta manera hace posible la creación de alternativas que generan la posibilidad de la alternancia en el poder político.

 

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Publicado por en 11/05/2018 en Uncategorized

 

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Guerra comercial: la demografía cuenta

La cuestión de la demografía pesa cada vez más en la puja por el poder de los mercados mundiales, que hoy se refleja en las tirantes relaciones entre Estados Unidos y China.

El mundo actual está dominado por las naciones que son gigantes demográficos o por espacios económicos que unen a varios países-mercados. Desde este punto de vista la población tiene un valor estratégico.

China, llamado el “gigante asiático”, es un rival a temer porque no existe actualmente un país con pretensiones hegemónicas cuya economía no dependa estrechamente de su magnitud demográfica.

El dato es que con sus casi 1.400 millones de habitantes, supera la población de Estado Unidos, la Unión Europea, Gran Bretaña, Rusia, Brasil y México, sumados. La poderosa clase media china en ascenso, calculada hoy en más de 600 millones de personas, es un verdadero imán comercial global.

Con niveles de ingresos comparables a los norteamericanos (US$35.000/US$ 45.000 anuales), experimenta hoy un boom de consumo superior al de Estados Unidos.

Eso explica por qué todos los países y las empresas hacen actualmente un frenético esfuerzo por ingresar al gigantesco mercado interno chino. El mercado minorista en línea del país asiático es el más grande del mundo, con un tamaño un 80% mayor que el de Estados Unidos.

Gracias a Internet, a las empresas de fuera del país les resulta cada vez más fácil llegar a este segmento de la población. “Si consigues aprovechar el 1% del mercado chino, ya tienes un negocio”, repiten los directivos de las firmas extranjeras.

La magnitud demográfica china sólo puede compararse a la población de India, con sus 1.300 millones de habitantes, cuya clase media interesa a las  multinacionales porque su poder adquisitivo se ha disparado.

Aunque un indio de cada dos vive por debajo del umbral de pobreza, la clase media se ha beneficiado considerablemente del crecimiento económico que se ha producido gracias a las reformas liberales de las décadas de 1990 y 2000.

Según el censo de 2011, 310 millones de indios declaran que tienen un coche o un vehículo de dos ruedas, siete veces más que en 1991. En este contexto, numerosos grupos extranjeros invierten en bienes de consumo, en concreto en el sector automovilístico y farmacéutico y en el de las telecomunicaciones.

Estos tres sectores atrajeron inversiones extranjeras por valor de 4.600 millones de dólares en el ejercicio 2015-2016. En la Bolsa de Bombay cotizan empresas que se encuentran entre las 50 más capitalizadas del mundo.

Según nuevos datos de Naciones Unidas (ONU), en 2022 la India tendrá más población que China: pasará a tener 1.523 millones de habitantes. Hay proyecciones que indican que este país –de gran heterogeneidad étnica y religiosa- será la segunda economía más grande del mundo, superando a Estados Unidos, en apenas dos décadas

Un informe recién publicado por la consultora internacional PwC indica que el PIB indio crecerá ininterrumpidamente en las próximas décadas, a un promedio anual del 4,9%, lo que llevaría a que India pase de representar hoy el 7% de la economía mundial, al 15% en 2050.

Según el informe, el enorme crecimiento poblacional de India proporcionará, por sí mismo, un aumento importante de la economía. En 2040, en poco más de dos décadas, la población habrá aumentado a 1.600 millones de personas.

Este descomunal mercado de consumidores inevitablemente llevará a una economía más grande, según las proyecciones contenidas en el informe de PwC.

 

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Publicado por en 28/04/2018 en Uncategorized

 

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