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La migración en un marco global inestable

Las Naciones Unidas (ONU) establecieron el 18 de diciembre como Día Internacional del Migrante, para crear conciencia alrededor de los derechos que les asisten a los que migran.

El homo sapiens es un “homo viator”, es decir alguien que no se estaciona en un solo lugar sino que peregrina, que siempre está en movimiento tratando de hallar algo mejor en su camino.

Las grandes etapas de la historia de la humanidad están inseparablemente ligadas a otras tantas etapas en la historia de las migraciones humanas. De hecho, los grandes desplazamientos humanos han sido el motor decisivo en las sucesivas oleadas de globalización que han tenido lugar a lo largo del tiempo.

En la actualidad, la globalización, junto con los avances en las comunicaciones y el transporte, ha incrementado en gran medida el número de personas que tienen el deseo y la capacidad de mudarse a otros lugares.

Según la ONU en 2017, el número de migrantes alcanzó la cifra de 258 millones, frente a los 173 millones de 2000. Sin embargo, la proporción de migrantes internacionales entre la población mundial es solo ligeramente superior a la registrada en las últimas décadas: un 3,4% en 2017, en comparación con el 2,8% de 2000 y el 2,3% de 1980.

Mientras que muchas personas escogen voluntariamente migrar, otras muchas tienen que hacerlo por necesidad. Aproximadamente, hay 68 millones de personas desplazadas por la fuerza, entre los que se incluyen 25 millones de refugiados, 3 millones de solicitantes de asilo y más de 40 millones de desplazados internos.

Ejemplo de crisis migratoria es Venezuela, donde la gente viene huyendo de la persecución política, la inseguridad, la hiperinflación y la crisis económica. El  éxodo de los venezolanos es el mayor de Latinoamérica en los últimos 50 años.

Según estima la ONU, un total de 2,3 millones venezolanos abandonaron el país en el último tiempo. Y la mayoría se trasladaron a países de la región. Otros sostienen que desde que rige el modelo chavista en Venezuela, han migrado del país 5 millones de personas.

Algunos expertos ya lo describen como la mayor ola migratoria que ha vivido la convulsa región en los últimos 50 años. Uno de ellos es Eric L. Olson, director adjunto del Programa de América Latina del Centro de Estudios Wilson, con sede en Washington.

“Esta crisis está afectando a El Caribe, a Centroamérica, a Sudamérica, y ha desbordado la capacidad e incluso la generosidad de muchos de estos países”, ha dicho recientemente el funcionario.

Argentina es un país forjado en las corrientes migratorias. El período desde las últimas décadas del siglo XIX hasta 1914, se caracterizó por la entrada de grandes contingentes de extranjeros, provenientes sobre todo de Europa.

Esa gente, que venía en busca de paz y prosperidad, se incorporó rápidamente al país, y gracias a su trabajo de la tierra y en las industrias, con el bagaje de conocimientos y experiencias que trajeron, ayudaron a crear la Argentina moderna.

Según António Guterres, Secretario General de la ONU, la migración “es un poderoso motor del crecimiento económico, el dinamismo y la comprensión. Permite que millones de personas busquen nuevas oportunidades, lo que beneficia por igual a las comunidades de origen y de destino”.

Sin embargo, en todo el mundo las migraciones han despertado la bestia negra del nacionalismo y de la xenofobia. Brotes de un etnocentrismo negativo le dan andadura social al renacer de movimientos de ultraderecha en Estados Unidos y Europa, donde el extranjero es mal visto.

 

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 24/12/2018 en Uncategorized

 

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La soberanía en tiempos de fronteras permeables

Hoy (20 de noviembre) en Argentina se celebra el día de la soberanía, un concepto que remite a la supremacía del Estado moderno, ente relativizado por las fuerzas de la globalización económica y cultural.

La palabra soberanía viene de “supremus”, en latín vulgar, que significa lo más elevado, lo supremo, lo inapelable. Esta noción empezó a elaborarse a partir del Renacimiento, con la aparición del “Estado” como unidad de poder continua y organizada sobre un territorio determinado.

Esto quiere decir que desde el punto de vista de la organización política, el concepto no existía en la Antigüedad ni en la Edad Media.

En el Medioevo, donde regía el proyecto global de la Cristiandad, a lo sumo el Papa aparecía como el poder de última instancia, frente a la multiplicidad de caballeros, nobles propietarios de la tierra, las ciudades y otros privilegiados.

Debido al gigantesco proceso de unificación de los Estados europeos y al esplendor que con ellos alcanzó la corona real, fue en la modernidad cuando el concepto de soberanía se configuró y alcanzó su significación más absolutista.

Juan Bodín (1529-1596) fue el primero en introducir el término soberanía en la Ciencia Política y ayudó a afianzar el poder del absolutismo monárquico porque atribuyó las facultades soberanas a los gobernantes.

Con las revoluciones burguesas liberales, de la segunda mitad del siglo XVIII, sobre todo la Revolución Francesa, la soberanía cambió de titular: de las coronas de los monarcas absolutos pasó a las manos del pueblo soberano.

Más allá de esta evolución histórica, los tratadistas políticos sostienen que la soberanía es la facultad del Estado moderno para auto-determinarse, para conducirse sin obedecer a poderes ni autoridades ajenas al suyo.

Se trataría de una potestad inmanente al Estado que se nutriría de dos elementos constitutivos: la supremacía y la independencia. Pero el concepto ya no tiene la resonancia de décadas pasadas.

¿Qué significado tiene hablar de soberanía en un contexto histórico donde los Estados pierden cada vez más identidad y su poder como tales? Por lo pronto la soberanía estatal ha quedada jaqueada por fuerzas económicas, tecnológicas y culturales de carácter global.

Dos fenómenos han socavado de raíz la soberanía: 1) la internacionalización del capital que se declara “sin patria, sin Dios y sin bandera”, 2) la revolución digital, que ha pulverizado el territorio estatal tradicional, profundizando la aldea global.

Manuel Castells, profesor del CSIC, autor de “La sociedad red”, teoriza: “Sometido a tremendas presiones contradictorias, desde arriba y desde abajo, el Estado nación, tal y como se constituyó en Europa en los últimos tres siglos, exportándose luego al resto del mundo, ha entrado en una crisis profunda”.

Según Castells el Estado nación tiene “crisis de operatividad: ya no funciona. Y crisis de legitimidad: cada vez menos gente se siente representada en él y mucha menos gente aún está dispuesta a morir por una bandera nacional, de ahí el rechazo generalizado al servicio militar”.

Hoy se asiste a la “desterritorialización” de la política y la economía mundiales. Lo “nacional” ha cedido espacio a lo “global” y esto se echa de ver en que el capital ha encontrado su propia “soberanía” a costa del Estado.

Al mismo tiempo el ciberespacio –escenario artificial forjado por las computadoras- ha reemplazado al territorio estatal tradicional como base de muchas de las actividades de las sociedades contemporáneas, haciendo irrelevante la soberanía estatal.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 30/11/2018 en Uncategorized

 

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Tradición, en la era de la globalización

¿Qué sentido tiene hoy hablar de la tradición y de la identidad en un contexto de cultura planetaria? ¿Cómo encaja la figura de “Martín Fierro” en la globalización?

De hecho el Día de la Tradición, que se celebra hoy (10 de noviembre), y que recuerda el natalicio de José Hernández, autor de esa obra cumbre de la literatura gauchesca, fue fijada en 1939 con el propósito de afianzar la argentinidad.

La intención se inscribe dentro de la problemática compleja de un país que busca afirmar su identidad para, a la vez, poder ser en sí y entre los demás. ¿Es el arquetipo del gaucho, reflejado en la obra de Hernández, la quintaesencia nacional?

¿O estamos frente a un recorte antropológico que excluye al inmigrante, al indio y al negro, por caso, que también habitaron estas pampas? ¿Los argentinos podemos ser de una manera unívoca sobre la base de un biotipo cultural?

La temática levanta, obviamente, controversia. Por lo pronto, quienes establecieron por ley el Día de la Tradición, sentaron que lo propio de los argentinos tiene que ver con el gaucho, cuya idealización ha sido tan cara a los sentimientos nacionalistas de este país.

Las razones históricas y culturales de esta designación son abundantes. Y la literatura gauchesca ha sido prolífica a la hora de exaltar a este personaje del mundo rural.

Además de José Hernández, figuran en esta corriente autores consagrados como Leopoldo Lugones, Ricardo Güiraldes, Rafael Obligado, Hilario Ascasubi, Estanislao del Campo, y Jorge Luis Borges.

Este último tiene un poema alusivo al gaucho muy recordado: “Se batió con el indio y con el godo/ Murió en reyertas de baraja y taba/ Dio su vida a la patria, que ignoraba/ Y así perdiendo, fue perdiendo todo”.

“Fue el matrero, el sargento y la partida/ Fue el que cruzó la heroica cordillera/ Fue soldado de Urquiza y de Rivera/ Lo mismo da. Fue el que mató a Laprida”.

“Dios le quedaba lejos/ Profesaron la antigua fe del hierro y del coraje/ Que no consiente súplicas ni gaje / Por esa fe murieron y mataron”.

“En los azares de la montonera / Murió por el calor de una divisa / Fue el que no pidió nada, ni siquiera / La gloria, que es estrépito y ceniza”.

“Fue el hombre gris que, oscuro en la pausada / Penumbra del galpón, sueña y matea / Mientras en el oriente ya clarea / La luz de la desierta madrugada”.

“Nunca dijo: soy gaucho. Fue su suerte / No imaginar la suerte de los otros / No menos ignorante que nosotros / No menos solitario, entró en la muerte”.

El Día de la Tradición, se cree, es el reconocimiento de la identidad argentina. Pero este último concepto se ha convertido en un problema político y cultural en la llamada “aldea global”.

En la época de la globalización todas las culturas, especialmente las dominantes, irrumpen en nuestros hogares a través de los medios de comunicación.

Ante este fenómeno se perfilen dos bandos. Están los que creen que hay que tirar por la borda o caricaturizar la memoria y la cultura locales.

Enfrente, están los que consideran que la globalización se hace a expensa de lo local. Son los que recelan y rechazan su avance, y proponen un encierro desconfiando, pasivo y defensivo.

Entre unos y otros –entre quienes creen que la modernización debe escribirse sobre una tabla rasa y quienes son partidarios del tribalismo xenófobo-, cabría una posición que repugna del antagonismo.

No se trataría de amputar la memoria local o de jubilar a Marín Fierro, sino de incluirlos en una memoria más densa y más extensa, y de armonizar las diferencias con otras culturas.

 

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Publicado por en 29/11/2018 en Uncategorized

 

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Bajo el signo del sincretismo cultural

Acaso por efecto de la globalización en todo sentido, sobre todo comunicacional, el principio sincrético, es decir la mezcla y la hibridación, es un rasgo característico de la sociedad contemporánea.

Se cree que fue el historiador griego Plutarco (46-120 d.C.) el primero en utilizar la palabra sincretismo para designar la unión de las ciudades cretenses para la defensa contra el enemigo común.

El término sin embargo tiene una acepción ominosa para las ortodoxias religiosas que ven en él la unión de cosas irreconciliablemente diferentes, por tanto un principio de degradación del dogma, una adulteración inadmisible de la verdadera doctrina.

Por ejemplo, desde el catolicismo tradicional se ha impugnado el sincretismo religioso imperante en la América Hispánica, donde el elemento cristiano convive con las concepciones prehispánicas de los indígenas, una especie de yuxtaposición de cultos a santos y diablos.

Esta combinación comienza a gestarse desde el mismo momento de la Conquista, cuando unos hombres blancos europeos trajeron sus convicciones religiosas y quisieron imponérselas a los nativos.

Se encontraron con que aquí la población residente adoraba a otros dioses y tenía una religiosidad disonante con los ritos, iconos y símbolos de la cristiandad.

El aborigen, por tanto, pasó a ser el infiel al que había que convertir y catequizar, produciéndose entonces un largo proceso de transculturización religiosa, en gran medida forzada y violenta.

A despecho de los evangelizadores, que hubieran querido una cristianización perfecta de los indios, los cierto es que éstos no abandonaron sus ídolos autóctonos (las fuentes, los árboles, las piedras sagradas, los astros) sino que los integraron, a través de complejas vinculaciones, con el repertorio de vírgenes, santos, preceptos, y ritos católicos.

Para los antropólogos se procedió, así, por superposición de un culto (el cristiano) sobre otro (el aborigen), produciendo una convivencia de cultos doblados, que no borran ni a uno ni a otro.

En muchos casos el catolicismo sólo recubre las antiguas creencias indígenas, de suerte que la unificación religiosa española solamente afectó a la superficie de la conciencia nativa, dejando intacta las creencias primitivas.

Ahora bien, si para el ortodoxo religioso (y por extensión para todo dogmático ideológico) el sincretismo puede ser visto como un aspecto negativo, de falsificación respecto de la pureza de determina doctrina, en un sentido antropológico sólo revela la tendencia humana a la mezcla, a la hibridez, producto del contacto de grupos humanos diversos.

De hecho, cabe postular que la cultura posmoderna del siglo XXI es básicamente sincrética, es decir tiene un inconfundible rasgo de una hibridez o mixtura, producto de la desterritorialización de los proceso simbólicos, inducidos primariamente por la globalización de las comunicaciones.

Se identifican diversos tipos de sincretismo, aunque lo común a todos ellos es que con el empleo del término se alude a la mezcla, la fusión de elementos diferentes. Desde el punto de vista cultural, hay que hablar de la reunión de estilos de vida, de dos o más culturas.

El sincretismo, así, ha dejado de tener una connotación negativa (según las ortodoxias doctrinales) para significar la mezcla, la combinación de elementos de distintas culturas, que en su interacción llegan a producir una nueva síntesis o nuevo producto resultante de la mutua influencia.

 

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Publicado por en 18/09/2018 en Uncategorized

 

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La guerra comercial abre oportunidades

Desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca el mundo es más inestable. Su guerra comercial con China y Europa, de incierta evolución, sin embargo está logrando que los países de América Latina estrechen lazos comerciales.

La información es que se acelera la integración de sus dos principales bloques económicos: por un lado la Alianza del Pacífico, conformada por Chile, Colombia, México y Perú, y  por otro el Mercosur, integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.

Así lo expresaron los representantes de los ocho países reunidos este martes  en Puerto Vallarta (México). La idea es fortalecer un mercado que concentra el 79% de la población de América Latino y el 85% del PBI de la región. Esta ventana de oportunidad ha sido acicateada por las medidas proteccionista que Donald Trump ha impuesto en Estados Unidos y la guerra comercial que ha abierto con China

“Estamos en un mundo totalmente distinto con nuevas amenazas como el proteccionismo. Si se cumplen las advertencias del presidente Trump, los aranceles volverían a los niveles de la década de los ‘70. No estamos hablando de una época lejana estamos hablando de algo que está frente a nuestros ojos”, ha diagnosticado el presidente chileno, Sebastián Piñera.

Estas condiciones nuevas han puesto en sintonía al Mercosur y la Alianza del Pacífico. “Ahora sí hay condiciones concretas y reales para lograr la integración”, ha señalado Roberto Ambuero, canciller chileno.

Lo mismo piensa el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, para quien esos dos bloques “no son sistemas idénticos ni en sus formatos ni en sus contenidos. Tampoco son incompatibles o excluyentes. Se equivoca quien diga que lo son”.

El Mercosur entró en un nuevo dinamismo (las exportaciones crecieron un 13,8% en 2017) luego de una parálisis que lo afectó en los últimos años. El bloque nació en 1991 con una ideología proteccionista y liderado por los motores de las economías sudamericanas más grandes, Argentina y Brasil.

Este espacio incluyó también a Uruguay y Paraguay para conformar un mercado de 250 millones de personas. En ese entonces, Brasil y Argentina producían tanto como China. Hoy solo generan la quinta parte que el gigante asiático.

La Alianza del Pacífico (AP), en tanto, surgió en 2011 como una nueva iniciativa de integración latinoamericana, pero sus países miembro estaban animados por una ideología de apertura comercial, aunque haciendo eje en el Asia-Pacífico, una región que se convirtió en motor de la economía mundial en las últimas décadas.

La Alianza del Pacífico podría añadir al final del año como estados asociados a Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Singapur. El bloque también ha recibido las peticiones de Ecuador y Corea del Sur para ingresar al grupo.

Tanto desde el Mercosur como desde la AP se cree que el proteccionismo de Trump presenta una oportunidad para que América Latina, como mercado integrado, profundice sus relaciones comerciales con Europa y China, hoy devenidos en enemigos comerciales de Estados Unidos.

La política de confrontación comercial de Trump está produciendo una tensión  comercial en el mundo. Y básicamente hace que los europeos y chinos, como reacción, abran sus economías a productos latinoamericanos.

“A río revuelto, ganancia de pescadores”. El refrán parece describir la oportunidad que se le abre a los latinoamericanos, los pescadores que pueden aprovechar el río revuelto del comercio mundial.

 

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Publicado por en 30/07/2018 en Uncategorized

 

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Un aparato militar que se adapte al siglo XXI

Sin hipótesis de conflicto limítrofes en un contexto de integración regional y ante la remotísima posibilidad de una invasión extranjera, ¿qué hace un país como la Argentina con sus Fuerzas Armadas?

El aparato militar argentino, justificado en el siglo XX por el nacionalismo militarista, se ha quedado sin razón de ser en plena globalización, una etapa histórica caracterizada por ausencia de conflictos territoriales entre países.

Pasó el tiempo, por caso, de la disputa entre Argentina y Brasil, que dominó el siglo XIX y buena parte del siglo XX. Cuando  las élites de ambas naciones abrevaban en pensamientos geopolíticos que alimentaban la rivalidad militar, de suerte que generaciones de argentinos creyeron que una guerra con Brasil era una amenaza real.

Con la vuelta de la democracia, los países sellaron una definitiva alianza. Al respecto se considera un hito trascendente la firma en el año 1986 del Acta de Integración y Cooperación económica entre los presidentes Raúl Alfonsín (Argentina) y José Sarney (Brasil).

Con Chile pasó algo similar. El último régimen militar argentino estuvo a punto de conducir a la Argentina a una guerra con el país trasandino en la década del ‘70. Al respecto, aún se agradece la gestión del Papa Juan Pablo II, que evitó un enfrentamiento entre ambas naciones por las islas del Canal de Beagle.

La misma ideología nacionalista condujo al país a una humillante derrota militar en 1982 durante la breve guerra con el Reino Unido por la posesión de las Islas Malvinas. Terminada esta aventura en el Atlántico Sur, cayó la dictadura militar y volvió la democracia.

Desde que los militares argentinos –algunos le llamaban el “partido militar”- dejaron de tener incidencia política en la década del ‘90 y el mundo se hizo interdependiente, las Fuerzas Armadas entraron en crisis de identidad.

Desde entonces ya no pareció razonable volver a un esquema de defensa en el que los conflictos con Chile y Brasil y la recuperación bélica de las Malvinas eran las principales hipótesis de conflicto.

En 2017, el grave incidente del submarino ARA San Juan, cuya desaparición con sus 44 tripulantes a bordo es aún un misterio, disparó sobre la mesa de debate la política de Defensa Nacional. ¿Son necesarias las Fuerzas Armadas? ¿Cuál debería ser su rol?

Esta tragedia obligó a la administración Macri a trazar una nueva hoja de ruta para la defensa. Este lunes el presidente anunció un plan para “reconvertir” el aparato militar, que incluye una modernización paulatina del mismo.

Aunque destacó que “la misión principal” de las Fuerzas Armadas (FF.AA.) es proteger la soberanía y la integridad territorial, el mandatario aclaró que hoy las amenazas no son los países limítrofes, sino el terrorismo y el narcotráfico.

Aseguró además que el objetivo es que las FF.AA. “puedan colaborar con la seguridad interior, principalmente brindando apoyo logístico en la zona de frontera así como también interviniendo en eventos de carácter estratégico”.

La oposición peronista y organismos de derechos humanos critican esta decisión, señalando que se aparta de la filosofía adoptada en su momento por Néstor Kirchner, quien restringió por decreto la actividad militar dentro del territorio.

El gobierno sostiene que cuando habla de seguridad interior se trata de redesplegar militares en la frontera para patrullar la zona y asistir así a Gendarmería y Prefectura en la lucha contra el narcotráfico.

 

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Publicado por en 30/07/2018 en Uncategorized

 

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Estados Unidos lidera una guerra comercial

El presidente norteamericano Donald Trump lleva adelante una guerra contra sus “socios” del tratado comercial del Atlántico Norte, Canadá y México; otra, con la Unión Europea; y otra, con China.

En un tuit de estos días, Trump dijo que “cuando un país (Estados Unidos) está perdiendo muchos miles de millones de dólares en comercio con prácticamente todos los países con los que tiene negocios, las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”.

El gigante asiático representa el grueso del déficit comercial de Estados Unidos (US$376.000 millones de los cerca de US$600.000 millones). De ahí que la administración Trump no para de imponer aranceles a productos chinos por cifras millonarias.

Por otro lado, el líder republicano lanzó este domingo otra bomba antidiplomática al recalcar que la Unión Europea (UE) es un “enemigo” para Estados Unidos. Lo dijo en una entrevista para la televisión durante su reciente visita al Viejo Continente.

“Tenemos muchos enemigos. Creo que la Unión Europea es un enemigo, por lo que nos hace en el comercio. No lo pensarías de la UE, pero es un rival”, respondió el líder de la mayor potencia mundial a la pregunta de cuáles consideraba que eran los principales rivales del país.

Las noticias sobre las decisiones bélicas de Trump han asustado al mercado mundial, provocando una turbulencia financiera de proporciones. Últimamente se han registrado bajas de acciones y commodities, como el petróleo y la soja.

¿Pero qué es una guerra comercial? Este fenómeno comienza cuando un país toma acciones para restringir la entrada de uno o varios productos de importación de otra nación o de un grupo de naciones determinado.

Esas acciones pueden ir desde la suba de los aranceles hasta la prohibición de importación de un producto. Esta imposición de barreras y aranceles a los bienes importados desde el extranjeros se conoce como “proteccionismo”.

Como consecuencia de esta política, las naciones afectadas adoptan regulaciones similares en represalia lo que provoca nuevas medidas por parte del primer país, generando de este modo una “guerra comercial”.

“Es una especie de acción-reacción-acción-reacción entre los países”, sostiene Simon Lester, investigador del Center for Trade Policy Studies, un centro de estudios de comercio internacional con sede en Washington.

“Es una especie de ojo por ojo y diente por diente: yo te voy a hacer lo equivalente a lo que tú me hiciste a mí y si tú me haces más, yo haré lo posible por hacerte miserable y hacerte más de lo que tú me hiciste a mí”, comenta.

Históricamente el proteccionismo, una ideología contraria al librecambio, coincidió con el ascenso de los regímenes nacionalistas, para los cuales el escenario internacional es visto como un juego en el que gana el más fuerte, en el que domina la lógica de la beligerancia.

Se cree que hoy la globalización, ese proceso de intensificación de las interdependencias, de homogeneización a escala planetaria, quizá atraviese su peor momento. Y esto porque la idea de apertura comercial viene siendo vapuleada por los partidarios del nacionalismo, como es el caso de Trump.

El actual escenario preocupa porque lo que enseña la historia económica de las guerras comerciales es que, con mucha frecuencia, terminan en conflictos armados y a veces generalizados.

Los proteccionismos económicos, efectivamente, fueron una de las razones que desencadenaron las guerras mundiales en el siglo XX.

 

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Publicado por en 25/07/2018 en Uncategorized

 

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