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El mundo al revés en el escenario global

Nadie lo vio venir, ni desde la izquierda ni desde la derecha, ¿quién imaginó, veinte años atrás, que los enemigos de la globalización saldrían de los llamados países centrales?

El mito anticapitalista que los intelectuales, sobre todo progresistas, echaron a rodar en los ‘90, según el cual la globalización era una trampa de Estados Unidos y de Europa para someter a los países pobres, se ha caído a pedazos.

En efecto, resulta que la “maldita” globalización, al cabo de las últimas décadas, ha producido una metamorfosis impensada: la riqueza migró hacia los países “subdesarrollados”, causando un efecto pobreza en los “desarrollados”.

El dato duro es que ahora mismo el 50% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial corresponde a países que hasta hace poco lidiaban con la pobreza estructural, como China, India, Brasil, México o Indonesia.

Paralelamente los ciudadanos europeos y los norteamericanos han llegado a la conclusión que con la globalización han perdido los trabajos, y descargan su rabia votando a propuestas políticas xenófobas y antiglobalización.

Nuestra generación parece ser un testigo privilegiado de acontecimientos globales trascendentes. Vio caer hace 20 años el Muro de Berlín, es decir la derrota del bloque comunista y el fin de la llamada Guerra Fría.

Y ahora asiste a otra mutación si se quiere impensada: la República Popular China fundada por Mao Tse-Tung, propulsor de la “Revolución Cultural Proletaria”, disputa palmo a palmo la supremacía capitalista con Estados Unidos.

No sólo eso.  Mientras en Estados Unidos, el hogar del capitalismo, el presidente Donald Trump despotrica contra el libre comercio, la China comunista lo defiende en los foros internacionales.

No hace mucho en Davos, el sitio de reunión por excelencia de la elite capitalista pro globalización, quien hizo una defensa apasionada del librecambismo y la globalización fue el líder chino Xi Jinping.

“Algunos culpan a la globalización por el caos en nuestro mundo, pero nuestros problemas no son causados por la globalización”, dijo el líder chino.

“No habrá ganadores en una guerra comercial. Seguir el proteccionismo es como encerrarse uno mismo en un salón oscuro: puede que evite el viento y la lluvia, pero también se quedarán afuera la luz y el aire”, señaló Xi Jinping.

¿Quién hubiera imaginado que el líder del gigante comunista tendría a su cargo la defensa a ultranza del credo de Adam Smith o David Ricardo, los padres del liberalismo económico?

¡¿Y qué diría si viviera Carlos Marx, el padre del comunismo, de este giro extraño que está tomando el siglo XXI, en que parece que los sujetos históricos se han travestido?!

Nuevo y extraño mundo éste en que China, irónicamente, aparece como el último gran defensor del sistema globalizado que por tanto tiempo tuvo en Estados Unidos a su más ferviente promotor.

Lo que nadie vio venir es que los grandes perdedores de la globalización poscomunista fueron sus promotores en Occidente, esto es Estados Unidos y Europa, cuyas empresas dirigieron sus inversiones sobre todo a Asia (proceso que se conoce como “deslocalización”).

Los analistas internacionales están perplejos por el giro que ha tomado la realidad política mundial. Resulta que el gobierno norteamericano busca dinamitar la globalización, desconociendo tratados comerciales con distintas naciones, y acaba de levantar barreras comerciales contra las importaciones de China y otros países.

Los más agoreros dicen de que estamos en la puerta de un regreso temible: la guerra comercial a gran escala.

 

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 08/04/2018 en Uncategorized

 

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Los tiroteos masivos, la anomalía americana

El tiroteo de este miércoles en una escuela secundaria en Parkland (Florida), en el que murieron al menos 17 personas, es el último ejemplo en la incesante historia de las masacres por arma de fuego en Estados Unidos.

La matanza la protagonizó un joven llamado Nikolas Cruz, quien utilizó un fusil semi automático AR-15 y una gran cantidad de munición, supuestamente para perpetrar una venganza contra el centro escolar que lo había expulsado por razones disciplinarias.

Se trata de otro caso que se suma a la epidemia de violencia armada que sacude sin fin a Estados Unidos. En lo que va de 2018, han fallecido en ese país 1.816 personas por violencia armada, según la organización Gun Violence Archive.

Eso equivale a una media de 40 muertos al día. En escasas seis semanas, otras 3.125 personas han resultado heridas por disparos. Ha habido 30 tiroteos masivos, que reciben esa denominación cuando hay al menos cuatro muertos.

La organización no incluye en sus estadísticas los fallecidos por suicidio. Dentro de esos parámetros, la entidad estima que 15.590 personas murieron por armas de fuego en 2017 en la potencia mundial.

La avalancha de muertos por violencia armada convierte a Estados Unidos en

una anomalía en el mundo desarrollado. La congresista Elizabeth Esty acaba de recordar que el país es una auténtica excepción en cuanto a este tipo de incidentes.

“Pensamos en Estados Unidos como un país excepcional. Lo somos, somos la excepción a la regla de que los tiroteos masivos no ocurren en escuelas, iglesias, conciertos y otros lugares públicos con una alarmante regularidad”, escribió Esty en Twitter.

Cada matanza de este tipo reinstala el debate acerca de la permisividad legal para el uso de las armas de fuego, que muchos consideran parte del ADN nacional y que la Constitución estadounidense ampara.

Quienes defienden el status quo recelan de cualquier cambio que dificulte la compraventa por una combinación de temor al intervencionismo del Gobierno y la creencia de que las armas son necesarias para defenderse.

El colectivo que opina lo contrario sostiene que para atajar la epidemia de violencia lo que hay que hacer es limitar el acceso a pistolas y rifles. Las razones de esta inquietante tendencia son muchas y complejas.

“Si alguien quiere comprender el relación de los estadounidenses con las armas debe tener en cuenta que para una gran proporción de la población son parte de la vida cotidiana. La mayoría vive o ha vivido en el pasado en una casa en la que había un arma”, explica David Yamane, profesor de sociología en la Universidad Wake Forest

A este componente cultural, según los analistas, se le suma el hecho de que las armas son más poderosas y disparan más rápido. Además esta gente elige con más cuidado los lugares de ataque.

Muchos de ellos, en tanto, se inspiran en los informes de los medios. Sobre esto último, es sintomático que los atacantes publiquen en las redes sociales lo que hacen.

La información le da ideas a la gente. “Los tiroteos masivos son contagiosos”, afirma Gary Slutkin, fundador de la organización “Cure Violence” con base en Chicago. “La gente ve lo que otros hacen y lo imitan”, afirma.

Existe la teoría, por otro lado, de que los atacantes compiten entre sí, sugiriéndose que en algunos casos se trata de una carrera por la notoriedad. Algunos de estos individuos consideran la posibilidad de la fama, aunque ésta sea enfermiza.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 19/03/2018 en Uncategorized

 

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Vuelven los miedos a una guerra nuclear

La tensión entre Estados Unidos y Corea del Norte, que se amenazan mutuamente con ataques militares, reinstala el imaginario que alimentó la Guerra Fría y la posibilidad de una conflagración nuclear.

El régimen comunista encabezado por el Líder Supremo Kim Jong, una suerte de Joseph Stalin redivivo, sigue jugando con fuego. En un gesto desafiante hacia la comunidad internacional, alardea de su arsenal nuclear.

Hace poco anunció que tiene entre manos un plan para atacar con misiles balísticos las bases estadounidenses en la isla de Guam, un importante enclave militar norteamericano en el Pacífico.

Esto encendió la furia del presidente, Donald Trump, quien en una declaración arrebatada y alarmante respondió que si Corea del Norte hace eso “se encontrará con una furia y un fuego jamás vistos en el mundo”. 

Los analistas internacionales comparan esta crisis con la de 1962, cuando la Unión Soviética, al mando de Nikita Kruschev, colocó una serie de misiles nucleares en la Cuba socialista. Descubiertos por el gobierno de Estados Unidos, comenzó entonces una negociación desesperada que acabó con Kruschev aceptando quitar los misiles -contra la voluntad de Fidel Castro– y el mundo se salvó de una guerra nuclear.

En los años ‘60 eran muchos los ciudadanos que, en todos los rincones del mundo, tenían la certeza de que esa guerra podía estallar en cualquier momento. La psicosis era alimentada por las películas, los libros de ciencia ficción, los diarios y las cadenas de televisión.

Se creía entonces que los locos a cargo del planeta podían tomar la decisión repentina de apretar el botón rojo. Ese que lanzaría un cohete o una bomba y, de un plumazo, consumaría el fin del mundo

Esas imágenes apocalípticas han vuelto a atrapar la conciencia mundial, a partir de las bravuconadas de la dictadura norcoreana, una mezcla de marxismo-leninismo con teorías sobrenaturales y delirios económicos.

El régimen se ufana de ser capaz de montar cabezas nucleares en misiles balísticos, en un gesto de beligerancia que es leído como una amenaza para la paz en Asia Oriental.

En principio lo que está pasando en la península de Corea se originó a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando esa geografía se dividió en dos países, Corea del Norte bajo la influencia soviética, y Corea del Sur bajo protección norteamericana.

La desavenencia entre ambos Estados condujo a la Guerra de Corea de 1950-1953, que finalizó con un alto al fuego y no con un tratado de paz que hubiera puesto término al conflicto fronterizo.

Eso significa que técnicamente Corea del Norte y Corea del Sur siguen en guerra, en tanto que Estados Unidos continúa siendo el enemigo número uno del régimen norcoreano, cuya propaganda  lo define como  “imperialista”, “agresor” y “hostil”.

Alejandro Cao de Benós, el único representante de Corea del Norte en Occidente, en una entrevista concedida a una agencia rusa de noticias, advirtió que el mundo arderá si Estados Unidos lanza un eventual ataque en contra del país asiático.

Reconoció que Corea del Norte es un país poderoso y cuenta con las armas necesarias, entre ellas las bombas H, para responder a cualquier amenaza.

“Temer por la seguridad de Corea del Norte significaría el fin del mundo tal y como lo conocemos. Las bombas termonucleares tienen cien veces la potencia de las bombas que arrasaron Hiroshima o Nagasaki (Japón), y bastan 4 de ellas para cambiar este planeta para siempre. Y cualquier ataque a Corea del Norte tendría como respuesta el uso de armas termonucleares”, aseveró el agente norcoreano.

 

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Publicado por en 02/09/2017 en Uncategorized

 

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A una década de la última crisis global

Ayer se cumplieron 10 años del colapso de los mercados de “hipotecas basura” en Estados Unidos, provocando la mayor depresión desde la Segunda Guerra Mundial.

Ese 8 de agosto de 2007 fue un día negro en los mercados internacionales que vieron cómo se desplomó Wall Street, luego de que el índice Dow Jones sufriera la mayor caída en cuatro años.

De esta manera los mercados daban cuenta del estallido de la burbuja inmobiliaria en ese país, producto de la concesión de créditos hipotecarios imposibles, que se volvieron impagables.

Concretamente, se trataba de un tipo especial de hipoteca (“subprime”), preferentemente utilizado para la adquisición de viviendas, y orientada a clientes con escasa solvencia, y por tanto con un nivel de riesgo de incobrabilidad superior a la media del resto de créditos.

Eran “hipotecas basura” porque se concedieron a personas que tenían “trabajos basura”: malas condiciones sanitarias, carencia de seguro médico o violaciones de la legislación, como cobrar por debajo de los mínimos legales.

En septiembre de 2008, la caída del banco de inversiones estadounidense Lehman Brothers, que al igual que otras entidades finanieras había perdido miles de millones por sus negocios con créditos inmobiliarios de alto riesgo, sacudió al mundo de las finanzas y dio origen a la crisis mundial.

Según los analistas, se trató de un típico estallido de burbuja económica, de las que el capitalismo conoce varias a lo largo de su historia. Este fenómeno tiene lugar cuando el entusiasmo de los especuladores y los inversores acerca de un valor en particular, hace que su precio aumente más de lo que debería.

Dada la exuberancia irracional que existe en torno a estas cotizaciones, las burbujas, más tarde o más temprano, terminan por estallar. Eso pasó con el mercado inmobiliario en Estados Unidos.

Algunos autores señalan que todo comenzó en el año 2002, cuando el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, pidió ayuda al sector privado, con miras a que el mercado de capitales facilitara el financiamiento hipotecario a las personas de ingresos más bajos

Inmediatamente, la Reserva Federal redujo las tasas de interés del 6% a solo 1% en unos cuantos meses. El dinero estaba tan barato que los bancos y agentes financieros iniciaron una agresiva expansión del crédito hipotecario.

Este crecimiento de créditos alcanzó a personas a quienes realmente no debió alcanzar, lo que propició la especulación inmobiliaria, con la correspondiente burbuja que infló los precios.

El crack de las hipotecas subprime (instancia de estallido de la burbuja) hizo colapsar el mercado financiero, hundió a varios bancos y dio inicio a una gran recesión. En los primeros 19 meses se perdieron 8,7 millones de empleos y el Dow Jones cayó hasta los 13.270 puntos.

El presidente norteamericano Barack Obama, que debió lidiar con la crisis, hizo este diagnóstico de situación: “No creo que ningún economista ponga en duda que estamos en la peor crisis económica desde la Gran Depresión. La buena noticia es que estamos logrando alcanzar un consenso sobre lo que es necesario hacer”.

Las consecuencias económicas y políticas de este desplome financiero fueron de tal magnitud que aún seguimos viéndolas 10 años después. Fue un verdadero movimiento sísmico que hizo tambalear al capitalismo global.

El descrédito del euro, la crisis de la deuda soberana de Grecia, el Brexit, el ascenso de los populismos, fueron algunos de sus efectos.

 

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Publicado por en 15/08/2017 en Uncategorized

 

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El enemigo interno de Estados Unidos

Desde que el 17 de junio de 1971 el presidente norteamericano Richard Nixon, en un célebre mensaje a su país, declarase a la droga “enemigo público número uno”, la historia ha querido que Estados Unidos se convierta en el principal consumidor de estupefacientes del mundo.

“El enemigo público número uno de Estados Unidos es el abuso de drogas. Para poder luchar y derrotar este enemigo es necesario llevar a cabo una ofensiva nueva y plena”, sostuvo entonces Nixon, al declarar la guerra al mundo del narcotráfico.

“Esta será una ofensiva a escala mundial abordando los problemas con las fuentes de oferta, como también con estadounidenses desplegados en el extranjero, donde estén en el mundo y con ello declaro la guerra contra las drogas”, señaló Nixon en un discurso emitido desde la Casa Blanca (Washington).

A medio siglo de esa ofensiva gubernamental se diría que Estados Unidos ha perdido la batalla interna contra las drogas, ya que desde entonces el consumo de alucinógenos por parte de la población no ha hecho más que aumentar, envenenando virtualmente a la sociedad americana.

“Heroína, la pesadilla de América”, es el título de una impactante nota periodística del diario ‘El País’ (España), donde se cuenta que la epidemia de muertes por cócteles de opiáceos revienta los registros históricos de Estados Unidos.

En 2016 murieron por esta causa más americanos que en los 19 años de la guerra de Vietnam. Al menos fallecieron 59.700 personas, de las cuales unas 35.000 fueron por consumo de heroína sola o con opiáceos sintéticos ilegales que tienen su principal origen en China.

La nota periodística revela que el compuesto  más común desde hace cinco años, 50 veces más fuerte que la heroína, es el fentanilo -que mató a Prince en 2016-, y otro más reciente pero poco usual es el carfentanilo, 100 veces más potente que el fentanilo y capaz de sedar con una pizca a un elefante de 6 toneladas.

“La información disponible sugiere que el problema seguirá empeorando durante 2017”, señala Nora Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA).

“Esta tendencia es el resultado de una crisis de salud pública alarmante. La sobredosis de droga ya es la causa de muerte más común entre los americanos menores de 50 años”, añade.

El consumo de heroína se ha convertido en un grave problema de salud que se expande por todo el espectro social, incluyendo adolescentes y profesionales de clase media.

Según expertos, el origen de esta adicción empezó en los pulcros consultorios médicos de ciudades y pueblos de Estados Unidos. En efecto, todo empezó en 1990 con la excesiva prescripción de analgésicos opiáceos, que contienen los mismos ingredientes activos que la heroína.

En esa época no se creía que estos fármacos fuesen adictivos y muchas compañías farmacéuticas animaron a los médicos a recetar más opiáceos como analgésicos. La consecuencia de esto es que se generó una comunidad de “adictos”.

Luego de que los médicos dejaran de recetarles esa medicación, en los pacientes quedó la adicción, por lo que muchos de ellos salieron a las calles a conseguir una sustancia sustitutiva y que además fuese más barata, reuniendo la heroína esas condiciones.

En 2015 dos millones de americanos tuvieron problemas con opiáceos de receta y 591.000 con heroína. Estados Unidos representa el 5% de la población mundial pero consume el 80% de lo que provee el mercado global de opiáceos farmacológicos

 

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Publicado por en 27/06/2017 en Uncategorized

 

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Cambio climático: la cruzada negacionista

El retiro de Estados Unidos del acuerdo global sobre el cambio climático puede ser leído como un triunfo de quienes niegan que exista el calentamiento global.

La decisión del gobierno de Donald Trump de desconocer el Acuerdo del Clima de París, que obliga a las naciones firmantes a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, rompe el consenso global que se había logrado en torno a qué hacer con el planeta.

Según los analistas, se trata de un hecho gravísimo porque Estados Unidos es uno de los países más contaminantes (el segundo sólo por detrás de China).

El argumento que esgrime Trump para romper el tablero internacional en materia ambiental abreva en el nacionalismo económico y en la teoría que niega que el clima se esté viendo alterado en forma extraordinaria y que esto se deba a la acción del ser humano.

Ya durante la campaña electoral el líder republicano había apelado a la teoría conspirativa, propia de los nacionalismos populistas, para negar el fenómeno del cambio climático.

“El concepto de calentamiento global fue inventado por los chinos para lograr que la industria norteamericana dejara de ser competitiva”, había  dicho.

La tesis de fondo es que esto del calentamiento global es un invento de un grupo de intereses que, tras bambalinas, lo único que pretenden es debilitar el poderío económico de Estados Unidos, a través de restricciones de todo tipo con el argumento de la “contaminación”.

La idea está a tono con la concepción trumpista del mundo según la cual todos los males norteamericanos están vinculados a agentes externos que se han coaligado contra el destino manifiesto de grandeza de los Estados Unidos.

Por eso al justificar su salida del acuerdo de París, Trump sostuvo que el mismo implica en los hechos “una redistribución masiva de la riqueza de Estados Unidos a otros países”.

“Este acuerdo es menos sobre el clima y más sobre otros países ganando ventaja financiera sobre nosotros”, sostuvo al señalar que su repudio por parte de su gobierno “representa una afirmación de la soberanía de (Norte)América”.

El nacionalismo es reforzado por la negación del cambio climático antropogénico, una corriente de opinión que niega que el calentamiento global exista o que sea causado por el ser humano.

Trump lidera a las corrientes negacionistas, para quienes no hay evidencia científica que pruebe el cambio climático y éste más bien es un mito inventado por los viejos enemigos de la economía libre.

Sostienen que a lo sumo las alteraciones en el clima obedecen a cambios cíclicos del sol, así como a ciclos de la tierra o incluso a la acción de rayos cósmicos.

Algunas corrientes negacionistas afirman además que no es un fenómeno único en la historia de la Tierra y que hay evidencia de que ha sucedido muchas veces antes, incluso antes de haberse iniciado la era industrial o mucho antes del propio ser humano.

Otros incluso afirman que todo el sistema solar se está calentando, lo que descartaría al hombre como causante del cambio climático.

El presidente de Estados Unidos se ha rodeado de asesores sobre medio ambiente que se declaran escépticos respecto de que haya una responsabilidad humana en el aumento de la temperatura global y en el incremento de fenómenos climáticos extremos, como huracanes y sequías.

“No creo en el cambio climático (…) Es siempre el tiempo. Y así ha sido durante mucho, y además, la verdad, el tiempo cambia”, es una de las frases negacionistas del republicano, expresadas en su cuenta de Twitter.

 

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Publicado por en 13/06/2017 en Uncategorized

 

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Tambores de guerra, ¿tiempos apocalípticos?

Para muchos observadores internacionales ya está en curso la Tercera Guerra mundial. La “madre de todas las bombas” que acaba de lanzar Estados Unidos en Afganistán confirmaría esa tesis.

En enero de este año un grupo de científicos dijo que el mundo está más cerca de un desastre nuclear. Expresaron esta inquietud moviendo 30 segundos adelante el “Reloj del Juicio Final”.

Este simbólico reloj se creó hace 70 años, en 1947, dos años después del bombardeo atómico de Estados Unidos sobre Japón. Desde entonces viene marcando, a juicio de un grupo de científicos atómicos, la distancia de una catástrofe atómica.

En enero esos científicos adelantaron el minutero porque percibieron altamente probable una guerra, señalando que la civilización humana había entrado en una “hora oscura”.

Entre la evaluación de este grupo de expertos, que incluye a 19 Premios Nobel, figuraba la conducta belicista del nuevo presidente de Estados Unidos, quien a través de las redes sociales esgrimía un discurso patriotero que alardeaba del poder militar de su país.

“Estados Unidos debe fortalecer y expandir en gran medida su capacidad nuclear hasta que el mundo entre en razón con respecto a las armas nucleares”, afirmó Trump en uno de esos mensajes.

Por estos días el presidente republicano, en su papel de comandante en jefe militar, decidió lanzar un ataque con mísiles contra Siria, involucrando a Estados Unidos de una manera más profunda en el complejo entramado del conflicto en Medio Oriente.

Lanzado en una cruzada contra el islamismo radical, ordenó luego lanzar sobre Afganistán la “madre de todas las bombas”, conocida así por su radio de efecto, de 1.600 metros, el mayor de todos.

También conocida como GBU-43, se trata de la bomba no nuclear más potente del armamento estadounidense. Este misil carga una cantidad equivalente a 11 toneladas de explosivo.

Después de la Segunda Guerra mundial, las grandes potencias no han parado de fabricar armas y bombas. En todo este tiempo han desarrollado un arsenal bélico que sería capaz de volar en pedazos la tierra.

¿Será cierto que, a la luz de los últimos ataques norteamericanos y de la actividad terrorista desarrollada por el llamado Estado Islámico, el mundo se aproxima a su final?

Para los cristianos el Fin del Mundo precederá a la segunda venida de Cristo y al Juicio Final. Constituyen síndromes apocalípticos las guerras, las catástrofes cósmicas, el terror histórico, la desesperanza, el triunfo aparente del mal, entre otros.

“Cuando quiero conocer las últimas noticias leo el Apocalipsis”, decía el escritor católico León Bloy (1846-1917), haciendo alusión al último libro del Nuevo Testamento, cuya autoría se atribuye al apóstol Juan.

El Libro de las Revelaciones –como se llama en algunos círculos protestantes-, profetiza un período de gran tribulación para la humanidad, en el cual dominará el Anticristo (Satanás), que culminará en una gran batalla teológica (Armagedón), en que las fuerzas del Bien vencerán a las del Mal.

Luego acontecerá la segunda venida de Cristo, con lo cual empieza el período de mil años mencionado en el Apocalipsis, durante el cual los elegidos, los buenos, vivirán una eterna beatitud, tras un juicio en el que lo hombres serán juzgados por sus actos.

Eso marcará en cierto modo la restauración del Paraíso, ya que habrá abundancia de todo, como en el jardín del Edén, al tiempo que las enfermedades y las dolencias desaparecerán para siempre.

 

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Publicado por en 23/04/2017 en Uncategorized

 

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