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Un antiguo debate sobre la educación argentina

Domingo Faustino Sarmiento, el aniversario de cuyo fallecimiento se recuerda hoy (11 de septiembre), protagonizó con Juan Bautista Alberdi, su histórico adversario político, una célebre discusión sobre cómo debía formarse a la población nativa.

En los albores del desarrollo del Estado-Nación de la Argentina, ambos intelectuales estaban de acuerdo en impulsar el progreso social, pero disentían sobre la estrategia que debía seguirse al respecto.

Sus opiniones políticas confrontaron duramente tras el triunfo de Justo José de Urquiza sobre Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852.

Mientras el sanjuanino Sarmiento rompió con Urquiza y se autoexilió en Chile una vez más, el tucumano Alberdi se identificó plenamente con el caudillo entrerriano y el gobierno de Paraná lo nombró encargado de negocios de la Confederación Argentina en Europa.

A partir de entonces Sarmiento y Alberdi mantuvieron ardientes polémicas sobre cuestiones fundamentales del joven país y sobre todo sobre el modelo educativo que debía adoptar.

En cuanto a la formación de la población, mientras Sarmiento confiaba en la capacidad del sistema de educación popular para desarrollar en estas pampas la civilización industrial, Alberdi creía que el mejor método para la Argentina de la época era la “educación de las cosas”.

El tucumano pensaba que la mejor opción para lograr el tan ansiado progreso e industrialización del país era una inmigración selectiva de origen europeo.

Esto se justificaba considerando que educar a la población tomaría mucho tiempo e implicaría un despliegue importantísimo de planificación en infraestructura que el país no estaba en condiciones de afrontar.

La urgente necesidad de estabilidad social y económica sólo podía ser subsanada con el arribo de la capacidad de trabajo de inmigrantes europeos, dispuestos a contribuir con su experiencia, sus hábitos y su instrucción a la reforma de las costumbres de los argentinos en el campo laboral y también en el aspecto social.

Alberdi insistía que si bien el alfabeto es algo valioso, en ese momento de la historia del país “más falta le hacen hoy la barreta y el arado. Esta es la educación popular que necesitan nuestras repúblicas”.

Opinaba, entonces, que el enemigo a vencer no era precisamente el analfabetismo sino el ocio y el desierto: “Nuestra juventud debe ser educada en la vida industrial, y para ello ser instruida en las artes y ciencias auxiliares de la industria. El tipo de nuestro hombre sud-americano debe ser hombre formado para vencer al grande y agobiante enemigo de nuestro progreso: el desierto, el atraso material, la naturaleza bruta y primitiva de nuestro continente”.

Sarmiento, por el contrario, sostenía que para manejar maquinaria de última generación era necesario saber leer y escribir con el fin de poder leer el manual de uso y tener capacidad de comprender el funcionamiento de la misma y de qué manera operarla.

Es por eso que creía que la escuela era, o debía ser, un tema de interés público. Al respecto imaginaba un sistema educativo igualitario, democrático, como existía en Estados Unidos.

La preocupación de Sarmiento con respecto al sistema educativo no se limitó a su justificación ideológica sino que él mismo pasó gran parte de su vida diseñando y planificando los detalles de este sistema.

Se preocupó, asimismo, de cómo sería la preparación docente, cómo se sostendría todo el sistema en sus distintos niveles, y hasta los contenidos que debía enseñarse a cada estrato de jóvenes.

 

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 18/09/2018 en Uncategorized

 

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La meditación oriental como asignatura escolar

El ejercicio de meditación conocido como mindfulness se expande en países como Estados Unidos, Canadá y Australia, donde se analiza convertirlo en una materia que integre la currícula de las escuelas.

Esta técnica oriental milenaria se traduce como “atención plena”,  y básicamente consiste en tomar conciencia del momento presente, paso previo para gestionar las emociones internas.

Quien popularizó en Occidente esta práctica de meditación fue el médico Jon Kabat –Zinn, de la Universidad de Massachusetts, que en 1978 comenzó a aplicarla a pacientes con estrés crónico.

Estudios científicos aseguran que los meditadores tienen mayor densidad neuronal, son más felices y menos propensos a sufrir depresión. Empresas como Google, Target y General Mills dan formación específica a sus empleados en torno a esta práctica.

Varios estudios académicos recomiendan aplicar el mindfulness en colegios. Dicen que con él los alumnos ganan en concentración, empatía, autoestima y reducen el estrés y la fatiga.

Durante las Jornadas para Educadores que se desarrollaron en la Ciudad de Buenos Aires, la aplicación de la práctica fue uno de los ejes. Básicamente se la ve como un instrumento válido desde el punto de vista pedagógico.

Se cree, en efecto, que ayuda a reducir el temor ante un examen,  mejorar la relación entre los alumnos y, de ese modo, disminuir el bullying, al tiempo que reduce la dispersión en una clase.

A  nivel global  hay dos programas que extienden este método en varios países. Por un lado está el Mindful Schools que, desde 2007, capacitó a 25.000 docentes procedentes de 100 países.

Su teoría se lleva a la práctica, mayormente, en escuelas de Estados Unidos, donde los profesores la aplican durante toda la jornada escolar o, al menos, motivan a hacer ejercicios de respiración en distintos momentos del día.

Por otro lado, la terapeuta holandesa Eline Snel desarrolló un método que lleva dos décadas de vigencia y tiene presencia en colegios de Europa, Hong Kong y Latinoamérica.

Cabe consignar que algunos colegios en Buenos Aires ya vienen ofreciendo estos programas de forma continuada a sus alumnos desde hace 3 o 4 años, aunque en estas pampas hay resistencia a estas prácticas.

Los cierto es que cada vez más escuelas, en distintos países, incorporan a su oferta la meditación y la práctica del yoga, que ayudan a los estudiantes a mejorar la atención y a dominar las emociones violentas.

El yoga fue declarado hace poco “patrimonio inmaterial de la humanidad” por la Unesco, quien elogió esta milenaria practica de la India por su capacidad de traer bienestar mental, físico y espiritual a las personas.

Estos ejercicios gimnásticos, que nacieron en el valle del Indo hace unos 5.000 años como parte de una mística oriental, han sido adoptados en todo el planeta por sus beneficios para la salud psicofísica.

El mindfulness y el yoga aparecen, así, como técnicas que ayudan a mejorar el rendimiento de los escolares, y al mismo tiempo contribuyen a lograr un clima óptimo de convivencia en la institución educativa.

En el caso de los estudiantes secundarios, son especialmente relevantes si se piensa que los adolescentes atraviesan un período duro en sus vidas, signados por cambios emocionales, hormonales y de fuerte presión social.

Muchos colegios, por otro lado, no saben cómo lidiar con los trastornos emocionales de sus estudiantes. En este sentido, la práctica del yoga y el mindfulness pueden ser una respuesta satisfactoria a todos estos problemas.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 10/09/2018 en Uncategorized

 

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La crisis interminable de las instituciones

Aquellos formatos tradicionales alrededor de los cuales se estructuró la vida social, como la familia, la escuela y la iglesia, parecen desbordados por una demanda que ya no pueden satisfacer.

Las instituciones entran bajo la categoría de “hechos sociales”, según el concepto acuñado por el sociólogo francés Émile Durkeim. Es decir, son fuerzas colectivas de obrar o de pensar anteriores y exteriores a los sujetos.

Esas formas tienen un poder de coacción externo sobre los sujetos, al punto que éstos quedan absorbidos por ellas, prestándoles un conformismo u obediencia inquebrantable.

Gracias a las instituciones las sociedades han alcanzado orden y estabilidad, según enseñan los sociólogos. Ellas garantizan que los individuos se apeguen a determinadas normas de conducta.

El problema es que estas instituciones son creaciones humanas y por tanto están sujetas a los vaivenes históricos. El diagnóstico es que de un tiempo a esta parte los formatos conocidos parecen haber quedado obsoletos respecto del cambio histórico.

Los sociólogos hablan de “crisis de las instituciones” y con ello sugieren un malestar vinculado al hecho de que algunos modelos sociales establecidos en la modernidad ya no parecen dar respuestas a las demandas del siglo XXI.

Por ejemplo se coincide en que la institución familiar no es la de antes. El esquema de papá y mamá (casados) y los hijos está desapareciendo, y en su lugar crece un formato de naturaleza múltiple.

De esta manera hoy se asiste a la emergencia de un nuevo formato: la familia posmoderna, marcada por la creciente inestabilidad de los vínculos, la disminución de la cantidad de hijos por cada pareja, la resistencia generalizada a formalizar las uniones, la convivencia bajo el mismo techo de hijos de diferentes relaciones y muchas veces de distintas generaciones.

Los jóvenes son el sector en el que estas nuevas modalidades de unión calan más hondo. En este sentido un dato de época es que ya no se casan sino que viven en pareja. El tradicional matrimonio ha sido reemplazado por la convivencia de facto (cohabitación).

Estrechamente vinculado con esto, está el hecho de que los roles de género se van dejando de lado a medida que los hombres y las mujeres asumen las mismas funciones laborales y sociales.

Por otro lado, las instituciones religiosas pierden estatus social y disminuye el número de adeptos. Para algunos estudiosos, en las sociedades desarrolladas y secularizadas no desaparece el elemento religioso. Lo que está en crisis, en realidad, son las grandes religiones institucionalizadas.

La crisis no sería tanto de trascendencia (de la apertura del ser humano al misterio) sino del modo tradicional de practicar el sentimiento religioso en torno a estructuras eclesiásticas.

La religión se entendería, así, como una de las opciones más libres del hombre, y por lo tanto las instituciones pierden fuerza reguladora sobre sus adeptos

Otra institución de la modernidad que sufre el descrédito de época es la escuela, cuyo formato del siglo XIX ya no responde a las exigencias del presente. Una de las grandes transformaciones es la manera en que circula hoy el conocimiento.

En el pasado, la principal fuente de aprendizaje y de descubrimiento intelectual era la escuela. Pero hoy ya no monopoliza el saber, desde que Internet y las nuevas tecnologías aportan la novedad en este terreno.

 

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Publicado por en 15/08/2018 en Uncategorized

 

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La escuela no es la única que educa

Hay una tendencia a creer que la educación es un trabajo exclusivo de la escuela. Sin embargo se olvida que lo que se aprende fuera de los muros de los establecimientos educativos es todavía más decisivo.

En realidad la educación se desarrolla en un proceso de interacción continua entre las personas. Y por tanto tiene lugar en todos los ámbitos de socialización, como la familia, los espacios públicos y en contacto con los medios de comunicación social.

Parece una ingenuidad creer que el sistema escolar monopoliza el fenómeno del aprendizaje humano, en una sociedad donde se han multiplicado los agentes pedagógicos no formales decisivamente influyentes en la formación de creencias y pautas morales.

Bien o mal, también educan otros ambientes de la vida de un niño o adolescente. O acaso ¿no educan los padres en casa? ¿No lo hacen la televisión y las redes sociales? ¿No se aprende en los grupos de pares? ¿No educa una sociedad entera?

Por otra parte, la historia desmiente la presunción (o superstición) según la cual la institución escolar es el espacio donde tiene lugar el proceso de adquisición de conocimientos y habilidades.

En efecto, en la mayor parte de las sociedades que han existido no ha habido escuelas, y la gente ha aprendido igual. En el pasado la trasmisión de saberes y de valores se hacía bajo otros formatos.

En la modernidad la escuela ha sido dotada de un prestigio que hoy mismo, a la luz de la aparición de otros agentes pedagógicos informales, ha perdido fuerza.

Posiblemente la importancia de la educación escolar se deba, sobre todo, a su valor como forma de selección social (sirve para acreditar formalidades laborales), más que a su utilidad para la vida.

De hecho hoy la escuela está en crisis porque existe la sospecha de que lo que ahí se enseña es insuficiente o está desconectado de la demanda social, en un contexto de aceleración histórica.

Lo cierto es que los individuos, más allá de los entornos formativos institucionales, se hallan en situación de aprendizaje todo el tiempo, y lo llevan a cabo según sus necesidades e intereses.

No es que se le deba restar importancia a la institución educativa en la práctica de la enseñanza-aprendizaje. Pero a veces se tienden a subestimar las otras vías de acceso al conocimiento y al aprendizaje de valores.

Cierta corriente pedagógica le resta relevancia, por ejemplo, a la educación de la familia. Se argumenta al respecto que no es “sistemática”, que no responde a planificaciones previamente establecidas.

Sin embargo, en Argentina se da el caso de que muchos chicos, gracias a los padres o a los maestros particulares, adquieren saberes que luego convalidan en la escuela a través de los exámenes.

Es curioso, sobre el particular, que al mismo tiempo que desde el sistema educativo se relativiza  la “educación familiar”, por otro lado los representantes del mismo (directivos y docentes) atribuyan el fracaso de los alumnos a los padres.

En paralelo, algunos padres renuncian a educar a sus hijos, esperando que la escuela lo haga por ellos. Se delega así en la institución educativa el aprendizaje de aspectos elementales que hacen al discernimiento de lo que está bien o mal.

El punto es que si la familia y la escuela no se convierten en agentes pedagógicos efectivos, los chicos de todos modos encontrarán la manera de aprender en la sociedad misma, aunque de manera ocasional y de acuerdo a las circunstancias.

 

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Publicado por en 07/02/2018 en Uncategorized

 

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La necesidad de ser alguien diferente

Aristóteles definió al hombre como “animal gregario”, sugiriendo que suele someterse a lo establecido por la sociedad en la que vive. Aunque también es cierto que es un ser que busca separarse, distanciarse del resto.

La sociedad es aquello en lo que caemos al nacer y en cuyo cauce andamos necesariamente toda la vida. De alguna manera somos hechos a “imagen y semejanza” de nuestro entorno.

Socialización, así se le llama al proceso mediante el cual el individuo interioriza la ideología de una sociedad determinada, que indefectiblemente “uniformiza” a sus miembros.

Primero a través de la familia y luego mediante el resto del entramado institucional (escuela, iglesia, trabajo) la convivencia ejerce una presión colectiva sobre los sujetos, con el fin de adaptarlos a sus patrones de pensamiento y conducta.

La sociedad se impone al individuo, en forma coactiva y desde el exterior, sobre todo a través de sanciones. Toda la mecánica social se pone en funcionamiento para cercar a los sujetos dentro de los límites del grupo.

Sin embargo, en el hombre gregario hay un instinto que lo motiva a salir de sí  mismo y su entorno. Una tendencia que hace que se resista a la “correntada” de lo establecido, a romper en suma las vallas sociales.

El tema ha desvelado a los sociólogos: es necesario que el hombre viva en sociedad, porque esto es una exigencia que crea la convivencia; pero a la vez en los individuos hay un deseo de no ser común, de ser distinto, diferente.

Esta exigencia de ser alguien, de tener “carácter” o personalidad, de apartarse de los congéneres, es tan fuerte como el deseo humano de ser al mismo tiempo aprobado por el grupo, de aceptar sus condiciones para evitar el aislamiento.

Es decir hay una situación en la cual hay que salir y no hay que salir, una exigencia de integrarse al orden social, a través de la familia, el oficio y demás, pero a la vez un instinto por desbordar los marcos rígidos en que queda colocada la individualidad.

Para explicar este problema del comportamiento humano el filósofo Henri Bergson hace la distinción entre la moral cerrada y la abierta. Según dice, la moral cerrada es la expresión de la coerción que el “yo social” ejerce, a través de los deberes y obligaciones de origen comunitario, sobre el “yo individual”.

Pero a la vez Bergson reconoce que la otra fuente de la moral es la “aspiración personal”, una emoción creadora por la cual el hombre escapa de los límites del grupo, dándole vitalidad y apertura a la vida.

El hombre canaliza su deseo de singularidad de diversa manera. Ser diferente, por ejemplo, se ha vuelto un ideal frente a la “masa”, palabra que describe al hombre reducido al mínimo común denominador; es decir, “nivelado por lo bajo”.

Pero declararle la guerra a la omnipotencia de las convenciones en vigor en cada época, asumir que muchas veces el precio de la libertad es el aislamiento social, supone una dosis de coraje nada desdeñable.

La sociedad de consumo se ofrece como un mecanismo para satisfacer esta necesidad de individuación. Como escribía el filósofo Erich Fromm: “Los consumidores modernos pueden etiquetarse a sí mismos con esta fórmula: yo soy aquello que tengo y aquello que consumo”.

En este sentido, los consumidores tienden a rodearse de objetos que no son ni funcionales ni útiles, pero que son caros y difíciles de obtener. De este modo, marcan su “distancia” con respecto de los demás y exhiben su superioridad.

 

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Publicado por en 26/12/2017 en Uncategorized

 

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“La mejor respuesta contra la violencia es la educación en valores”, Alejandro Castro Santander

ENTREVISTA A ESPECIALISTA EN GESTIÓN DE CONVIVENCIA ESCOLAR

“La mejor respuesta contra la violencia es la educación en valores”

Eso le dijo a este diario Alejando Castro Santander, experto en conflictos escolares, quien ofreció una charla en Gualeguaychú invitado por el Instituto “Malvina S. de Clavarino”.

Por Marcelo Lorenzo

 

– Usted dirige un observatorio de la convivencia escolar. ¿Cuál es la tarea de estos espacios institucionales?

Alejandro Castro Santander:- Son proyectos de investigación, de formación y de capacitación. En mi caso por ejemplo estamos más abocados a lo que llamamos en general clima escolar, que definiríamos como las percepciones que tienen todos los individuos sobre un clima de relaciones. Es decir se trata de saber cómo me siento en el lugar en dónde estoy. Investigamos eso. Yo dirijo un observatorio que ya tiene once años, que estuvo primero en la Universidad Católica Argentina y ahora está en la Universidad Católica de Cuyo. Pero además he trabajado algunos años en México. Colaboro actualmente con el gobierno mexicano y he apadrinado observatorios en Colombia, Bogotá, Chile, Perú, Paraguay, y estuve haciendo cosas también en Brasil.

 

– La percepción que tenemos es que a diferencia de lo que ocurría en el pasado la escuela se ha convertido en un lugar peligroso ¿Cómo ha sido esto posible? 

– Reconozco que la problemática está algo potenciada por los medios también. ¿Pero qué es lo que aparece en ellos? En lugar de millones de chicos sentados estudiando y miles y miles de  profesores dando clases, lo que muestran es una niñita de nueve años que se tomó 10 pastillas de Clonazepam, o un chico con armas de guerra en la escuela, o una maestra que tuvo sexo con un alumno.

 

– ¿Usted dice que está más mediatizado el tema?

– Mediatizado mal. ¿Qué es lo que dicen los medios respecto de la violencia en la escuela? Los medios dicen bullying. Pero nosotros decimos que eso es una parte, algo que tiene una magnitud menor dentro del ámbito de la institución educativa ¿Es peligroso? Sí. Hay un bullying duro que es peligroso.Y esto porque la mayoría de las veces está protagonizado por uno o dos individuos que tienen conductas muy disociables. Pero en general lo que más conocemos es el bullying blando, que está más naturalizado, al que los chicos toman como un juego. Es lo más habitual, pero al mismo tiempo lo más fácil de corregir, si se trabajara en el desarrollo de habilidades socio-emocionales, algo que no hacemos.

 

– Hay un relato de los medios que tergiversa el problema, entonces.

– Lo manejan mal. No es que lo que estén diciendo no exista. Lo que pasa es que destacan unas cosas sobre otras realidades. Lo resumo, en el caso del bullying, en una frase: el árbol del bullying no nos está dejando ver el bosque de la convivencia, que es muchísimo más complejo.

 

– ¿Cuándo hablamos de convivencia de qué hablamos?

– Hablamos de todo lo que pasa. De todas las relaciones. Imagínese un triángulo ¿Abajo qué es lo que más hay? Conflictos. Y el conflicto no es ni bueno ni malo. El conflicto en todo caso es una oportunidad para destrabar un desencuentro, asociado a indisciplinas, transgresiones a la norma, violencias esporádicas, que en nuestras investigaciones es lo más frecuente. El problema es que nos desentendemos de estas cosas, que ocurren por debajo, porque sólo estamos viendo el bullying, el cual estalla como consecuencia, justamente, de no haber trabajado previamente los desencuentros en la convivencia. ¿Y qué pasa cuando uno encuentra en una institución un caso de bullying? Pues hay diez más que no veo. Porque el bullying no es una cosa visible, evidente. Todo esto nos lleva a la conclusión de que hay que trabajar en prevención. Sobre todo en prevención primaria y secundaria. O sea, antes de que pasen las cosas hay que trabajar con los chicos mucho el tema del respeto, el valor, la empatía, la asertividad, la comunicación, la autoestima, el desarrollo moral. A partir de entonces uno va disminuyendo las posibilidades de que ocurran casos de bullying. Porque cuando este tipo de hostigamiento aflora resulta que ya tengo muchos más casos y ya llegué tarde porque tengo víctimas y victimarios.

 

LA VIOLENCIA SE DESAPRENDE

– ¿Cómo definiría la violencia?

– La violencia es daño voluntario. Así en grande: daño voluntario. En distintas formas. Daño voluntario que puede ser al otro o a uno mismo en el caso del suicidio. El suicidio está considerado como violencia autoinflingida y ha crecido muchísimo.

 

– Hay una vieja tradición en el pensamiento filosófico que dice que la violencia es algo inherente a la condición humana.

– Pero eso quedó desacreditado ya. Hay un trabajo muy interesante a nivel científico que es el Manifiesto de Sevilla, difundido por la UNESCO, que intenta desmitificar la violencia como formando parte de la naturaleza humana. Se apoya mucho en los trabajos de la antropóloga Margaret Mead, que realizó investigaciones científicas entre los pueblos de los Mares del Sur. Mead descubrió que estas poblaciones no tenían la menor idea de lo que era hacer una guerra. Eran pacifistas por naturaleza. Esta antropóloga, entonces, es una de las que empieza diciendo que la guerra es una construcción del hombre, el cual también puede ser capaz de construir la paz.

 

– La violencia sería, por tanto, una invención humana…

– Si excluimos la patología, mayormente es una conducta aprendida. Así sería. Algo parecido dice Albert Bandura, en su concepto de aprendizaje social. Ahora bien, ¿qué es lo que sí forma parte de la naturaleza humana y no solamente humana sino de cualquier organismo vivo? Pues lo que llamamos la agresividad. Porque la agresividad es la forma que tienen los organismos vivos de defenderse, de protegerse. Pero el ser humano es el único que a esa agresividad la puede utilizar no ya como defensa sino como algo para dañar a otro. Es la fuerza aplicada contra otro, y a veces sólo para divertirse.

 

– Si la violencia fuese algo natural, la única solución sería el control social…

– No quedaría otra, efectivamente. Es decir habría que  esperar que salte el chip de la violencia en algún momento y controlar. Pero si decimos que la violencia es mayormente una conducta aprendida, entonces la puedo prevenir temprano, puedo intervenir de manera adecuada y puedo lograr que se desaprenda. La respuesta a la violencia escolar es por tanto educativa. No tengo ninguna duda que es así.

 

EL ANTÍDOTO: EDUCAR PARA LA CONVIVENCIA

– ¿Pero qué contenido educativo? ¿Alcanza con aprender matemática para ser menos violento?

-Yo digo que hay que aprender matemática, lengua, pero sobre todo hay que aprender a convivir bien, aunque este último programa no está. ¿Cuándo hay que aprender a convivir? Temprano. Una madre le preguntó alguna vez a Napoleón cuándo debía empezar a educar a su hijo y él le respondió: 20 años antes de que nazca. Es decir, le dijo a esa madre que la educación de su hijo empezaba en ella, ya que sería su modelo más importante, la que más influiría en su vida como modelo. La pregunta aquí es cómo nos comportamos los adultos, quienes somos los que hacemos el mundo.

 

– El sociólogo francés Alain Touraine plantea que lo decisivo hoy es saber si podemos vivir juntos.

– No hay otra. Tenemos que aprender a convivir. Se trata de estar con el otro. Superar en este sentido la palabra tolerancia. Tolerar en definitiva es decir “te soporto”. ¿Cómo hacemos para ser solidarios con el otro? (…) Ahora bien, no hay convivencia sin valores. La respuesta educativa pasa por acá. ¿Qué es lo que estoy priorizando? ¿Qué es lo valioso para mí? El tema de los valores está en la base, absolutamente, de toda la continuidad o el cambio que queramos darle a la educación. Y se necesita, al respecto, tener un proyecto educativo nacional. Para que después pueda haber proyectos educativos provinciales y proyectos educativos institucionales.

 

– Usted en su charla insistió mucho en la empatía, como base para desaprender la cultura de la violencia. ¿Cómo la definiría?

– Como la capacidad de ponerme en el lugar del otro, entender al otro y a partir de ahí ver cómo hacemos para mejorar. Es un aprendizaje. A propósito, en el libro “Triple Focus”, escrito por Daniel Goleman y Peter Senger, se dice que hay que trabajar en tres frentes, para ayudar a los estudiantes a vivir en un mundo complejo. Hay que trabajar con uno mismo, en la relación con el otro, y en la relación con el mundo. Eso es convivencia: convivir conmigo mismo, convivir con el otro y convivir con todo lo que me rodea, con el mundo.

 

FICHA TÉCNICA

Alejandro Castro Santander es psicopedagogo y especialista en gestión educativa. Estuvo presente el miércoles 11 y jueves 12 de octubre en el Instituto “Malvina Seguí de Clavarino” (Villa Malvina) de Gualeguaychú, oportunidad en la que departió con padres, docentes y alumnos sobre el fenómeno de la violencia escolar.

Castro Santander es consultor nacional e internacional sobre políticas de convivencia escolar, tema sobre el cual tiene escritos varios libros. A saber: “Desprender la Violencia. Un nuevo desafío educativo” (2004); “Analfabetismo Emocional” (2005), “Violencia silenciosa en la escuela. Dinámica del Acoso escolar y laboral” (2006).

Otros títulos son: “Un corazón descuidado. Sociedad, Familia y Violencia en la Escuela” (2010); “Conflictos en la escuela de la era digital. Tecnología y Violencia” (2012), “Bullying blando, Bullying duro y Ciberbullying” (2013); “Bienestar escolar. Calidad basada en la Convivencia” (2016).

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 10/11/2017 en Uncategorized

 

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Hablar de deberes se ha vuelto de mal gusto

Vivimos una época en la cual está bien visto proclamar derechos. Pero esta pasión reivindicativa se suele dar a costa de oscurecer los deberes, conceptualizados como una pesada carga.

No sólo en el plano económico y social, sino en todos los niveles de la actividad humana, resplandece la palabra mágica “derecho”, aunque esa invocación por sí misma no se materialice automáticamente.

Paralelamente el deber, la contraparte axiológica, no está de moda. El solo plantear la perspectiva, ante cualquier situación de la vida, de que hay que asumir alguna obligación, resulta chocante, trasnochado u obsoleto.

Antropólogos de la cultura vienen advirtiendo hace tiempo de esta tendencia. Quien ha conceptualizado este cambio ha sido Gilles Lipovetsky, en su libro aparecido en 1996, cuyo título resume toda su tesis: “El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos”.

Pero una posición en la cual sólo cabría la actitud reivindicativa, sería como pretender pensar que no se debe nada a nadie, sería instalar el deseo arbitrario de cada quien, al cual se exime de toda responsabilidad.

Es decir, al calor de la hipertrofia de los derechos, parece haberse instalado una mentalidad, que atraviesa todos los órdenes de la vida, que podría traducirse en esta fórmula: dar el mínimo para recibir el máximo.

No pocos pensadores creen que el ocaso del deber es la ruina de la sociedad, porque libera a las personas de cualquier  horizonte ético, exacerbando sólo su egoísmo reivindicativo.

Desde este lado se cree que es correcto reclamar lo debido, pero siempre y cuando la noción de derecho no desplace o sepulte la de deber, como si se pudiese siempre pedir, pero sin dar nada a cambio.

La filósofa francesa Simone Weil (1909-1943), sostenía que derechos y deberes no pueden escindirse. Son una polaridad que, si es disuelta, deja sin significado al otro término.

“No hay derecho sin obligación, pues un derecho no es eficaz por sí mismo, sino sólo por la obligación a la cual corresponde”, escribía.

Algunos han visto aquí, por ejemplo, el quiebre del civismo. Es decir, nos ponemos de ciudadanos cuando exigimos derechos, pero dejamos de serlo cuando olvidamos nuestra parte del trato: el compromiso de cumplir con celo nuestros deberes cívicos (que van desde respetar las leyes de tránsito, pasando por pagar los impuestos, hasta participar en la cosa pública).

A todo esto hay intelectuales que vienen proponiendo que las Naciones Unidas (ONU) proclamen en el siglo XXI una Declaración de los Deberes del Hombre, como lo hizo en el siglo XX con los derechos humanos.

Y esto a partir de la sugerencia realizada por el fallecido escritor portugués José Saramago, quien propuso una formulación que reivindique la noción de derecho en el acto en el cual recibió el Premio Nobel de Literatura (1998).

En esa ocasión Saramago dijo: “Nos fue propuesta una Declaración Universal de Derechos Humanos y con eso creímos que lo teníamos todo, sin darnos cuenta de que ningún derecho podrá subsistir sin la simetría de los deberes que le corresponden. Con la misma vehemencia y la misma fuerza con que reivindicamos nuestros derechos, reivindiquemos también el deber de nuestros deberes. Tal vez así el mundo comience a ser un poco mejor”.

A la luz de estas advertencias quizá sea hora de empezar a reflexionar, por ejemplo en las escuelas, sobre la importancia de la noción de deber, alertando que su desaparición afecta tremendamente  a la sociedad, al restarle horizonte ético a nuestras acciones.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 05/11/2017 en Uncategorized

 

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