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Archivos Mensuales: julio 2016

Independencia y formación estatal

La independencia argentina, un fenómeno político ocurrido en el siglo XIX, fue el primer capítulo de un largo proceso de construcción del Estado, institucionalidad típica de la modernidad.

Se trató de un movimiento de emancipación más vasto en toda la América española, de suerte que no es casual que la mayoría de las repúblicas del continente estén cumpliendo 200 años.

Se conoce de hecho como “La independencia de América Latina” al período histórico transcurrido entre finales del siglo XVIII (en torno a 1780) y mediados del siglo XIX (alrededor de 1850) en América Latina y el Caribe.

No hay que perder de vista que aquí España, a partir del siglo XVI, constituyó uno de los más grandes imperios que ha conocido la humanidad. Un reino europeo, de perfiles netamente medievales, controló así durante tres siglos una vasta geografía que le reportó ingentes riquezas minerales (oro y plata).

Pero el orden feudal europeo, la llamada Cristiandad, fue un sistema que se encaminaba al derrumbe, producto de tres factores: la urbanización, el desarrollo de la economía y la Reforma Protestante (movimiento cismático que erosionó el poder del papado).

Luego de un largo conflicto entre las coronas, los dominios señoriales y la Iglesia, Europa se fragmentó en unidades políticas particulares, de suerte que en el siglo XIX se consolidaron los Estados nacionales.

Una España atrasada en relación con la modernidad, empezó a competir en desventaja con países pro industriales como Francia e Inglaterra, que a su vez codiciaban las colonias españolas.

Se inicia entonces, allá por el siglo XIX, un vasto movimiento de emancipación en todo el continente americano, acicateado sobre todo por Inglaterra, cuyos agentes trabajaron tras bambalinas a favor de las guerras de independencia.

Una corriente historiográfica sugiere que una “mano invisible” aceitaba los engranajes para que un conjunto de fuerzas, hombres y tal vez capitales, se concentraran en Buenos Aires, Caracas, Montevideo, Santiago y otras ciudades.

Es la tesis del chileno Benjamín Vicuña Mackenna, para quien si no hubiera sido por las sociedades secretas (San Martín perteneció a la Logia Lautaro) y la ayuda británica, la independencia hispanoamericana no se habría producido.

De esta manera Hispanoamérica, una formación histórico-cultural única, con eje en la península ibérica, se atomizó en nuevos Estados nacionales, tras las  guerras de la Independencia.

Por esta razón en este primer cuarto del siglo XXI, se están cumpliendo 200 años de independencia de la mayor parte de las repúblicas del territorio latinoamericano. En el caso argentino, cabe señalar que entre 1810 y 1880 se desarrolló un período de construcción del Estado-nación.

El Estado es un invento moderno de origen europeo y burgués. Es una creación mitificada montada sobre la ruina del orden feudal. Un instituto político que se asienta sobre la concentración del poder político y el dominio de un territorio.

Ese Estado soberano, para consolidarse, necesitó de una ideología: la nacionalidad. Fue el francés Ernest Renán quien elaboró el primer concepto de nación, concebido como identidad colectiva imaginaria, un nuevo “nosotros” (que vino a reemplazar las creencias medievales).

Renán apuntó que la nación supone un proceso de mitificación del pasado, asentado sobre un olvido colectivo. Dijo que se trata del cultivo de una historia selectiva en la que se suspende el juicio crítico para sacralizar algunos hechos e ignorar deliberadamente otros.

 

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 28/07/2016 en Uncategorized

 

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Entre los hechos y su imagen mental

¿Por qué frente a un mismo hecho dos personas hacen interpretaciones disímiles? La respuesta que da la psicología es que cada quien organiza mentalmente el mundo según motivaciones diversas.

Ante el mismo bosque, por ejemplo, cada sujeto experimentará con características diversas. Un niño verá las posibilidades de treparse y de jugar a las escondidas, un pintor encontrará motivos para inspirarse con vistas a producir una obra de arte, en tanto que el empresario forestal hará cálculos pensando en un futuro negocio.

Así ocurre ante cada hecho o situación de la realidad: invariablemente la percepción es selectiva, de suerte que aunque haya coincidencia sobre lo ocurrido la interpretación difiere.

Esto se echa de ver, sobre todo, en la política, un ámbito de enorme relatividad, muy lábil y cambiante. Un terreno, por otro lado, dominado por la tendencia rajásica, que significa pasión, fogosidad, ambición, pulsión activa y violenta.

Aquí la realidad o los hechos suelen ser las principales víctimas del negacionismo ideológico. Cualquier rastro de objetividad, imparcialidad o ecuanimidad se sacrifica en el altar del dogma partidario.

Una mentalidad manipuladora está pronta a deformar, distorsionar lo evidente de los hechos, para ajustarlo a los prejuicios. Los dogmas ideológicos acaban direccionando la visión de las cosas.

La experiencia viva de la realidad puede quedar asfixiada y destruida, así, por la quimera de lo político. La mente ideologizada y politizada sólo ve lo que le conviene y en este juego está dispuesto a eliminar los hechos.

Por eso es normal que en el mundo político prospere la propaganda, un dispositivo retórico tendiente a “lavar el cerebro” de la gente, presentando la mentira como la verdad y viceversa, y exigiendo una adhesión total de los individuos y de la sociedad a una determinada ideología.

Las personas con actitudes distintas ven los mismos acontecimientos de manera diferente. A esta conclusión arribaron la psicología social y la investigación de la comunicación.

Como se ve, los humanos no tenemos en principio una mirada muy inocente y franca de los hechos. Se diría que en muchos casos es una observación interesada.

En un libro publicado en 1922, el intelectual estadounidense Walter Lippmann, al escribir sobre la opinión pública, anticipó muchas de las definiciones que la investigación empírica confirmaría mucho después.

Allí dice que las imágenes que tenemos en la cabeza constituyen un pseudomundo en cuya realidad, sin embargo, creemos completamente. Lippmann creía que la realidad es más compleja que nuestra veleidosa mirada.

Sin embargo, hacemos de nuestra perspectiva la única posible, como si fuésemos la medida de todas las cosas. De última, nos parapetamos en nuestro yo, y sobre todo en nuestras anteojeras frente a la realidad de los hechos.

Escribe Lippmann: “Por eso, un capitalista ve un conjunto de hechos –literalmente ‘los ve’- y unos aspectos determinados de la naturaleza humana, y su adversario socialista ve otro conjunto y otros aspectos, y cada uno considera al otro irrazonable o perverso, cuando la diferencia real entre ellos es una diferencia de percepción”.

A todo esto Miguel Ángel Bastenier, académico en la Escuela de Periodismo del diario ‘El País’ (España), escribió hace poco que la “objetividad” no existe porque siempre los hechos son susceptibles de interpretación, aunque resaltó el valor de la honradez  en esa aproximación.

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© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 28/07/2016 en Uncategorized

 

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Oferta argentina para refugiados sirios

El gobierno argentino ha expresado la intención de abrir las puertas del país a 3.000 refugiados sirios, como un gesto humanitario ante el principal drama que vive hoy el mundo.

La oferta acaba de ser formulada por el presidente Mauricio Macri  ante la Unión Europea (UE), donde el tema de los refugiados está al tope de la agenda pública.

La decisión argentina es parte de una nueva política exterior que busca recrear una alianza internacional con los países del viejo continente, interrumpida en los últimos años.

Desde el estallido de la crisis siria en 2011, el país ya ha recibido 1.000 expulsados, pero como parte de una respuesta espontánea de la sociedad civil argentina

En efecto, hasta ahora quienes arriban a la Argentina, huyendo del conflicto sirio, lo hacen porque alguien, una familia u organización, los acoge. Ahora la propuesta es de carácter estatal.

La oferta formulada por el gobierno argentino se articula en torno a un apoyo logístico oficial, asumiendo el Estado la tarea de reinserción de los refugiados, algo que por otra parte venían pidiendo las comunidades sirias que ya viven en el país.

Consultado por la propuesta oficial, el arzobispo de la Iglesia Siria Ortodoxa de Antioquía que opera en Argentina, Crisóstomo Gassali, opinó que es primordial que el acuerdo con la Unión Europea contemple medidas de reinserción.

“Hay que aprender la experiencia de otros países, donde hay planes para la enseñanza del idioma, la reinserción laboral y la vivienda. Yo recibí a 7 refugiados de Siria e Irak y nadie me ayudó, por eso digo que antes hay que preparar el ambiente”, explica Gassali.

Nacido en Siria, vive en Argentina desde 2013, adonde llegó huyendo tras soportar dos años de guerra en Alepo, el arzobispo y su Iglesia han tenido que conseguir alojamiento y una ocupación para los recién llegados, quienes ingresaron en grupo desde Brasil y tuvieron problemas migratorios en la frontera. “Hemos hecho lo que pudimos, con pocos medios”, dijo Gassali.

Como sea, la propuesta del Estado argentino de recibir refugiados sirios llevará tiempo, según los analistas. De hecho la administración Macri pidió que la Comisión Europea brinde “apoyo técnico” para que la iniciativa se lleva adelante.

Siria se ha sumergido en una espiral de crueldad y violencia con graves consecuencias humanitarias. Hombres, mujeres y niños huyen como refugiados a regiones que los reciben.

El país del Medio Oriente ya forzó a más de 3 millones de nativos al exilio. Los refugiados son personas que básicamente se sienten perseguidas en su propio país y piden protección en el extranjero.

Los refugiados tienen derecho al asilo humanitario, que es la práctica de ciertas naciones de aceptar en su suelo a inmigrantes que se han visto obligados a abandonar su país de origen debido al peligro que allí corrías, sean por guerras civiles o catástrofes naturales.

El asilo es una institución antiquísima, ha sobrevivido por siglos, y gracias a ella se pretende reparar la situación de indefensión en que se encuentran algunas personas.

Cabe consignar que las comunidades de origen árabe en Argentina constituyen un modelo de integración, junto con los demás componentes étnicos y culturales de la sociedad.

La sociedad de Gualeguaychú, resultado de la confluencia de etnias diversas, fue receptora en el pasado de sirio-libaneses. Esa gente llegó al sur entrerriano en busca de trabajo y paz, a partir de que Argentina se abriera a la inmigración tras la constitución liberal de 1853.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 28/07/2016 en Uncategorized

 

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La futbolización de la sociedad

Si hay un país “futbolero” ése es Argentina, donde la “pelota” representa una fuerza económica y simbólica arrolladora. Un lugar donde muchos padres alimentan la fantasía de que alguno de sus hijos se convierta en el nuevo Messi.

Hoy el sueño del pibe (y el de sus padres) es jugar en algún club de Europa como el Barcelona o el Real Madrid, y así “salvarse” económicamente. El fenómeno es sensible en América Latina, gran exportadora de talentos futbolísticos, pero también en África y en Asia.

Sobre todo se echa de ver en las 300 escuelitas que componen las ligas infantiles en Argentina, donde entrenan miles de chicos de 6 a 7 años, que no sólo quieren debutar alguna vez en la Primera División sino devenir en el próximo crack.

Pero detrás del entusiasmo de los chicos se esconde la obsesión de los mayores, la de los padres y los entrenadores. La expectativa por encontrar al nuevo valor del fútbol, reside sobre todo en el entorno social.

“Si bien los técnicos someten al niño a mucha presión, los padres son la principal causa”, reconoce Marcelo di Gregorio, licenciado en Alto Rendimiento Deportivo.

El psicoanalista deportólogo Esteban Colombo agrega: “Es una exigencia desmedida, en donde el padre suele proyectar y depositar en el niño sus propias frustraciones”.

Los mandatos exigentes de los adultos han motivado que la Asociación de Escuelitas de Fútbol Infantil (AEFI) creara un código de conducta para padres.

“Cuando un chico muestra potencial, es peor. Los padres empiezan a creer que van a ‘salvar’ a toda la familia y terminan sometiendo a los chicos a presiones ridículas”, explica Fernando Raposo, coordinador de la entidad.

En tanto la Fundación Baby, una ONG rosarina, lanzó la campaña “Papis, jueguen limpio”, con videos y pancartas dirigidos a los padres con consignas como “No lo insultes”.

Como sea, esta obsesión por hallar al nuevo Messi -en que están involucrados no sólo los chiquilines sino los adultos- no debiera sorprender en un contexto cultural donde el fútbol virtualmente ha colonizado la existencia de millones de personas.

El sociólogo inglés Eric Dunning, autor junto a Norbert Elías del libro “Deporte y ocio en el proceso de la civilización”,  no duda en afirmar que el fútbol se ha convertido en “una de las principales fuentes de sentido de la vida de numerosas personas”.

El antropólogo francés Christian Bromberger, en tanto, explica que este deporte ha llegado a extender su horizonte de un modo desorbitado, al punto que estaríamos asistiendo a un fenómeno novedoso caracterizado por una generalizada “futbolización de la sociedad”.

Algunos análisis consideran al fútbol como un fenómeno social esencialmente religioso. La religiosidad puede definirse como un conjunto de prácticas simbólico-rituales que el ser humano establece en relación con el orden de lo sagrado.

Lo que ocurre en los estadios de fútbol, devenidos en grandes templos de la sociedad posmoderna, recuerda la devoción de los creyentes en torno a los ídolos del balón pie, en medio de rituales deportivos.

Lo sagrado, vértice de sentido de la vida social, ha emigrado en este caso, como resultado de la secularización, a dominios ahora laicos, ensamblándose con nuevas expresiones profanas.

De ahí que Dunning concluya: “No es absurdo en modo alguno decir que el deporte está convirtiéndose cada vez más en la religión seglar de esta época cada vez más profana”.

 

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Publicado por en 28/07/2016 en Uncategorized

 

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Un veneno que roe y se expande

El odio sigue siendo dominante en la existencia de los seres humanos, a juzgar por el activismo de grupos terroristas y el de colectivos a quienes moviliza la aversión hacia el otro.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, al recordar a las víctimas del Holocausto, en enero último, confesaba que la humanidad se halla al respecto en un punto de franco retroceso.

“En todo el mundo, las personas son blanco de discriminación y ataques, incluyendo a millones que huyen de la guerra, la persecución o las privaciones. El extremismo violento, las tensiones sectarias, y las ideologías basadas en el odio siguen vivas. Los civiles se encuentran en el punto de mira”, dijo.
En este sentido, urgió a denunciar las ideologías políticas y religiosas que enfrentan a las personas unas contra otras y a trabajar conjuntamente por un mundo de paz, seguridad, progreso social y dignidad para todos.
A todo esto en Argentina también parecen persistir actitudes de rechazo y hostilidad hacia determinadas etnias, como es el caso de la comunidad judía, según un reciente informe de la DAIA.

El dato central de ese estudio señala que las denuncias por antisemitismo en la Argentina aumentaron un 50% en los últimos años.

“Notamos que el incremento de denuncias en 2015 comenzó a registrarse a partir de un hecho puntual: la muerte del fiscal Alberto Nisman”, dice Marisa Brayland, miembro de la DAIA.

El otro dato clave es que Internet, según esa organización, se ha convertido en el territorio de ataques antisemitas más frecuente: el 71% de las denuncias provienen del mundo virtual.

La historia de la humanidad es un muestrario de intolerancia, persecución y exterminio. ¿Será, como creen algunos, que el odio es una fuerza irrefrenable, propia de la condición humana?

“Sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia”, así define el diccionario a esa afección.

Vastos sectores de la sociedad global dicen estar en lucha abierta y de forma activa, en términos políticos e ideológicos, contra determinadas estructuras que se visualizan como ominosas.

Se trata de una obsesión por verlo todo desde la perspectiva del “luchar contra”, sea contra el capitalismo, el fascismo, el comunismo, el liberalismo, la democracia, el sionismo, el imperialismo yanqui, el papismo o el oscurantismo clerical, la conspiración judeomasónica, el sistema o la civilización imperantes.

Esta confrontación, muchas veces justificada desde planteos idealistas de presunta mejora del mundo, dado el carácter esencialmente beligerante que la domina, parece que tiene como único combustible el odio.

“Dime a quien odias y te diré quién eres”, es la fórmula que define el perfil de las personas (por la contraria), desde el punto de vista ideológico y político. La afirmación podría ser rubricada por el semiólogo y escritor Umberto Eco.

Este último escribió un ensayo titulado “Construir al enemigo”, donde sienta esta inquietante tesis: “Tener un enemigo es importante no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor”.

Se trata de un perverso mecanismo, alimentado sin interrupción hasta nuestros días, que alcanza sutiles y brutales recorridos. La injuria al que piensa distinto, al diferente, al extranjero, ha jalonado la historia de la humanidad.

 

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Publicado por en 28/07/2016 en Uncategorized

 

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La politización de todas las cosas

“Concentración  excesiva en la política a expensas de las diversas zonas de la realidad”. Así define el Diccionario a la palabra “politizar”.

Una cosa es la política y otra muy distinta es la politización, aclara el escritor mexicano Enrique Krauze, para quien vivimos en una época donde todo se interpreta y juzga en clave política.

Toda la realidad, así, queda instrumentalizada y subordinada en función de este principio endiosado, elevado en absoluto, como si todo dependiera de él: la libertad, la felicidad, la realización personal, la salud física, el sentido de la existencia.

Krauze ve esta malformación en el plano de la cultura. A un libro, una obra de arte, un descubrimiento científico o un producto cultural de cualquier índole ya no se lo juzga por su calidad o valor intrínseco, sino por la real o supuesta filiación política de sus creadores.

“De esta manera, si es ‘amigo’, la obra es buena; si es ‘enemigo´, la obra es ‘mala´ o, finalmente, no existe”, razona el mexicano, lamentándose de la contaminación.

Por lo demás, la politización ha tenido efectos devastadores sobre las relaciones personales y es motivo de discordia entre amigos y también entre hermanos.

Familias enteras se han divido a causa de los enconos ideológicos y partidistas. De esta exageración, de esta concepción unilateral, que reduce el todo a una parte, cabe establecer algunas analogías.

Así podría decirse que no es lo mismo la milicia o lo militar, que la militarización de la sociedad y la vida. Una cosa es la economía, y otra es la economización de la vida social.

Cabe postular que lo político ha experimentado un desarrollo anómalo, un crecimiento desorbitado en detrimento de otras dimensiones de la vida. Aunque esta actitud suele camuflarse con supuestos idealismos o sentimientos de generosidad.

Quien ve las cosas desde un punto de vista predominantemente político suele deformar, distorsionar y tergiversar la realidad para ajustarla a su ideología política o su preferencia partidaria.

La politización, de este modo, elimina cualquier rastro de objetividad, imparcialidad y ecuanimidad. Aquí no importan los hechos como son, sino la interpretación política correcta.

Las cuestiones religiosas (espirituales, místicas o esotéricas) no entran dentro de los parámetros de la mentalidad politizada. De hecho la religión es apenas la prolongación de la política por otros medios.

Y en muchos casos la política es convertida en una especie de religión, donde un grupo de creyentes, una feligresía, sigue a pie juntillas un dogma y determinada liturgia.

Los partidos políticos devienen en ocasiones en sectas de fanáticos que conciben a los que no adhieren a su “fe” no ya como sujetos que piensan distinto sino como “infieles” o “herejes”.

La mente politizada tiende, además, a justificar lo injustificable. Dominada por el principio de que “el fin justifica los medios”, todo vale a los efectos de que triunfe el partido, como el robo de la hacienda pública o la violencia hacia los adversarios.

Se habla, por otro lado, de la politización del deporte (en Argentina el fútbol es usado como insumo de propaganda política), de la ciencia, de la enseñanza, de de la justicia, de la cultura, de la medicina, de la economía, o de cualquier otro ámbito de la vida humana.

Así, la vida real, la cotidiana, la vida social e individual, queda invadida y al mismo tiempo fagocitada por la política.

 

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Publicado por en 16/07/2016 en Uncategorized

 

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La audacia de pensar el futuro

Acaba de fallecer Alvin Toffler, el norteamericano que alcanzó fama mundial con sus predicciones sobre las grandes tendencias globales. Un modelo del intelectual dedicado a imaginar el porvenir.

A los 87 años, el lunes pasado, murió en su casa de Los Ángeles el visionario de la economía del conocimiento y que supo acuñar el concepto de “ola” para describir el impacto de los cambios tecnológicos en la sociedad global.

El autor de libros como “El shock del futuro” (1970), “La tercera ola” (1980) y “El cambio del poder” (1990) se inscribe dentro de ese selecto club de intelectuales que tienen la audacia y la imaginación para pronosticar lo que vendrá.

Para un sector importante de la crítica mundial Toffler se adelantó a su tiempo y muchas de sus profecías se cumplieron. Probablemente ninguno como él predijo con tanta exactitud la sociedad del conocimiento de la información que hoy vivimos.

En nuestro medio cultural argentino y latinoamericano no existe este tipo de intelectual cuyo oficio es el futuro. En Argentina, de hecho, hay un regodeo por el pasado, más que por el porvenir.

A los intelectuales argentinos los consume mayormente la pasión malsana por revisar la historia. Siguen ensayando todavía hoy una explicación acerca de la decadencia del país que no fue.

“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, dice una canción. La Argentina como “promesa incumplida” tiene fascinada todavía a la mayoría de los intelectuales.

Pero esta obsesión por el pasado encubre la ausencia de instrumentos intelectuales para pensar el presente y el futuro. De hecho en la Argentina abruma la falta de ideas para pensar el porvenir.

Hay que acudir a intelectuales extranjeros como Toffler para tener alguna idea de para qué lado va el mundo, cuáles son las grandes tendencias que configurarán el futuro.

Toffler vaticinó en 1970, con el libro “El shock del futuro”, que las economías pasarían a ser posindustriales y asentadas en el conocimiento, como resultado del cambio tecnológico.

Su descripción de tres tipos de sociedades, basadas en el concepto de olas, es muy conocida. La primera ola fue producida por el descubrimiento de la agricultura hace diez mil años.

La segunda ola se generó por la revolución industrial iniciada hace casi trescientos años. Pero a partir del final del siglo XX empieza a gestarse una nueva civilización, a partir de la revolución electrónica y de la computación.

La llamada tercera ola implica “una auténtica revolución global, un salto cuántico de la Historia” que está cambiando todas las estructuras sociales, económicas y educacionales.

Toffler dijo hace poco tiempo que los políticos “no tienen ni la más remota idea” de cómo responder a los nuevos desafíos de la tercera ola. “Lo que tenemos son sistemas políticos obsoletos que no saben cómo actuar en la sociedad de la información, una sociedad que sufre un creciente malestar y altos niveles de imprevisibilidad”.

¿Por qué el uso de la metáfora “ola”? “Una vez que empecé a pensar en términos de olas de cambio que entrechocaban y se arremolinaban, provocando conflicto y tensión a nuestro alrededor, cambió mi percepción del cambio mismo”, confesó Toffler

Y añadió: “En todos las campos, desde la educación y la salud hasta la tecnología, desde la vida personal hasta la política, se hizo posible distinguir aquellas innovaciones que son meramente cosméticas, o simples extensiones del pasado industrial, de las que son verdaderamente revolucionarias”.

 

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