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Archivos Mensuales: mayo 2016

ISPED, la inspiración de una mujer

A 50 AÑOS DE LA CREACIÓN DEL INSTITUTO FORMADOR DE DOCENTES

ISPED, la inspiración de una mujer

El  instituto pionero en la educación especial en la provincia, que mañana celebra sus Bodas de Oro, tuvo una promotora, Mercedes Aguilar Vidart de Irazusta, quien innovó en el campo educativo local.

 

Por Marcelo Lorenzo

Las instituciones nacen siempre por el sueño de personas inquietas y creativas, que suelen detectar las necesidades del momento y ver el futuro con claridad.

En este caso, el alma mater del Instituto Superior de Perfeccionamiento y Especialización Docente (ISPED), fue Mercedes Aguilar Vidart de Irazusta (1924-1993), quien sin dudas integra el destacado grupo de mujeres que marcaron con sello propio la cultura de la patria chica.

Gualeguaychú le debe mucho a la legión de educadoras que, encarnando un ideal humanista, dedicaron su vida a la enseñanza o abrieron escuelas y bibliotecas, llevando la ilustración sobre todo a los menos favorecidos.

“Mecha”, como se la llamaba cariñosamente, es de esta estirpe de mujeres emprendedoras que, como buena maestra, creía fervientemente que la educación cura las almas, al tiempo que es un instrumento de progreso social.

Esta mujer gualeguaychuense estuvo preocupada por la suerte de aquellos chicos que tenían dificultades de aprendizaje, en una época en donde se los solía ocultar en sus casas ante los ojos de una sociedad discriminadora.

En la década del ‘60 imperaba todavía culturalmente una representación estigmatizante de la discapacidad, de suerte que quienes padecían alguna deficiencia intelectual o motriz eran vistos como seres deficitarios.

Mercedes, sin embargo, tenía fe en esos chicos. Donde la mayoría veía en ellos individuos constitutivamente imposibilitados, y por tanto descartados para la vida social, la maestra percibía sin embargo riquezas latentes que la pedagogía podía potenciar con fines de integración social.

Donde la mayoría veía límites infranqueables, barreras biológicas insuperables, que determinaban el destino individual de modo irrevocable, la docente en cambio entreveía posibilidades a estimular, dentro de una filosofía que privilegia la persona por encima de la discapacidad.

 

MUJER QUE LIDERÓ UN CAMBIO 

La historia de Mercedes, por tanto, se diría que es la de alguien que se rebela contra el statu quo, que se anima a ir contracorriente, a actuar en un contexto preñado de prejuicios sociales adversos.

Así surge del retrato que hizo de ella la profesora Ana Gandola, en el libro “Mujeres de Gualeguaychú”, donde describe a una mujer frágil en apariencia, pero determinada a cumplir su misión en favor de la integración de los niños diferentes.

En pos de ese ideal se fue a estudiar a la ciudad de La Plata (Buenos Aires). Por gestiones de la Asociación del Magisterio, consiguió una beca del gobierno provincial que le permitió formarse en el Instituto de Especialización Docente (ISEDED), de la ciudad platense, de referencia nacional y latinoamericana en materia de discapacidad.

Al regresar a Gualeguaychú se propuso no sólo llevar a la práctica los nuevos conocimientos pedagógicos aprendidos, sino que se lanzó a una empresa más audaz: fundar una institución que escolarizara a niños que presentaban dificultades en su aprendizaje.

Así, a pesar de las resistencias gubernamentales de aquel momento,  impulsó la creación en 1964 de la Escuela Diferenciada Nº2, la cual hoy lleva el nombre de Escuela de Educación Integral N°2 “Francisco Rizzuto”, que se ha dedicado a la formación educativa y laboral de personas con discapacidad.

“El diálogo sincero con los padres de los niños con dificultades especiales -cuenta Gandola– le permite incorporar a los pequeños a su primera escuela. Los lleva a su casa; al patio en épocas templadas y en las frías, al comedor”.

En aquellos tiempos -relata-, “tener un hijo con alguna discapacidad era mal visto; se los solía ocultar y la familia se sentía discriminada. Mercedes, a pesar de ello, no desistía de su tarea, aunque en muchos casos recibiera un ‘no’ por respuesta de los padres. Esto la fortalecía en vez de provocar desánimo”.

Una vez que puso en marcha la Escuela Diferenciada, de la que era directora, Mecha persuadió a un grupo de personas de la ciudad de la necesidad de que la educación de esos chicos estuviera en manos de docentes especializados.

Fue así que el proyecto prendió en la comunidad y el 23 de mayo de 1966 abrió sus puertas el Instituto de Perfeccionamiento y Especialización Docente (IPED), como un anexo del centro educativo platense  ISEDED.

Mercedes se casó con el historiador Julio Irazusta, un importante representante de la corriente del revisionismo histórico. Irazusta apoyó todas las iniciativas de su esposa, y fue la vía para que ella pudiera acceder a influyentes ámbitos académicos y culturales.

“Pasaron los años, de cambios tan vertiginosos como preñados de dificultades. Años en que sólo el empuje de nuestra maravillosa juventud permitió sortear las cruciales y cambiantes instancias que se presentaron. Y Mecha estaba siempre ahí, frágil, sensible y paradójicamente enorme, acuñando sus sueños”, así la retrató María Elena Unamunzaga de Rodríguez, quien integró el grupo de docentes convocados por Mercedes y fue rectora del ISPED desde los orígenes.

El 8 de junio de 1993, tras padecer una grave enfermedad, Mercedes Aguilar de Irazusta falleció en Buenos Aires. Sus restos descansan en el Cementerio Norte de Gualeguaychú.

Al cumplirse un año de su desaparición física, Inés Garro de Iglesias, quien fuera miembro del consejo directivo del ISPED, la recordó en estos términos: “Era ella maestra de vocación, de gran riqueza interior, que, con fe y amor, puso todas sus energías en la tarea escolar, atendiendo primero en la calle y después en el aula, a niños cuya naturaleza les había retrasado su nivel intelectual, tratando de sacarlos del marginamiento de los incapaces y desgraciados”.

Por su parte Gandola opina así del personaje: “Mercedes Aguilar de Irazusta fue un ejemplo de lucha desinteresada por la educación en la diversidad. En estos tiempos, en los cuales generalmente el interés desplaza a la vocación, el amor y la lucha de esta mujer por integrar a todos los niños con capacidades diferentes a la sociedad argentina deberían motivarnos para continuar su fecundo y noble trabajo”.

 

PASADO Y PRESENTE

El Instituto que hoy cumple 50 años empezó a funcionar en el viejo edificio que había pertenecido al Hogar de Niñas ‘La Caridad’ (Urquiza y Ángel Elías, donde hoy se encuentra el correo).

Durante los primeros años, según el testimonio de los pioneros, debieron luchar contra toda suerte de dificultades. Pero el tesón y el entusiasmo lograron consolidar la obra imaginada por Mercedes Aguilar Vidart de Irazusta.

En 1967 el centro educativo obtiene el reconocimiento de la Dirección de Enseñanza Privada de la Provincia, y su denominación pasa a ser “Instituto Superior de Perfeccionamiento y Especialización Docente” (ISPED). Seis años más tarde los títulos adquieren validez nacional.

Lo concreto es que el instituto, al formar docentes especiales, lleva la credencial de ser el primero en su tipo en la provincia.

Gracias a los buenos oficios del intendente Guillermo Cardoso, la municipalidad le cede al ISPED el edificio emplazado en la esquina noroeste de Rivadavia y Belgrano, donde hoy continúa sus actividades.

Por otro lado, cabe agregar que  la institución colaboró en la gestación y puesta en marcha de la Escuela de Sordos e Hipoacúsicos “José Facio”, un proyecto educativo concretado en 1980.

Otra figura importante del ISPED es María Elena Unamunzaga de Rodríguez. Fue rectora del centro educativo desde su fundación hasta hace muy poco, dejando su impronta en esa comunidad, tras más de cuatro décadas de dedicación y siembra. Le sucedió en el cargo un breve tiempo el presbítero Horacio Carlés, y actualmente conduce la institución la licenciada Leticia Leonardi.

Hoy en el ISPED se pueden cursar las siguientes carreras: Profesorado en Educación Especial;  Profesorado en Educación Inicial;  Profesorado en Artes Visuales y Profesorado de Educación Superior en Ciencias de la Educación.

 

CRONOLOGÍA

>1966, 23 de mayo. Abre sus puertas el Instituto de Perfeccionamiento y Especialización Docente (IPED). Inicia sus actividades como anexo del ISEDED de la ciudad de La Plata (Bs.As.). Cursan 23 alumnas-maestras. Funciona en el edificio que ocupaba el Hogar de Niñas (esq. NE de Urquiza y Ángel Elías).

>1967, 21 de diciembre. Tiene reconocimiento oficial al ser incorporado a la Dirección de Enseñanza Privada de la Provincia de Entre Ríos, con el nombre de Instituto Superior de Perfeccionamiento y Especialización Docente (ISPED).

>1968. Es subvencionado por la Provincia parte del personal que trabajaba ad honorem.

>1969, marzo. Comienza a funcionar el Jardín de Infantes Modelo para niños de 2 a 5 años, que dependía del ISPED y en el cual realizaban prácticas sus alumnas.

>1970. Se traslada al edificio de Rivadavia 558, donde hoy continúa funcionando.

>1973. Por Ley Nacional Nº19.988, los títulos tienen validez nacional.

>1974. Deja de funcionar el Jardín de Infantes Modelo.

>1980. El intendente municipal solicita al ISPED que organice una escuela para niños sordos.

>1980, septiembre. Comienza a funcionar la Escuela de Sordos e Hipoacúsicos “José Facio”.

>1981. La escuela organizada y en funcionamiento es cedida a la Asociación de Padres para su conducción, aunque el ISPED continúa brindando asesoramiento técnico.

 

© El  Día de Gualeguaychú

Mercedes Aguilar Vidart de IrazustaMercedes Aguilar Vidart de Irazusta

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Publicado por en 26/05/2016 en Uncategorized

 

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El dilema de la justicia penal

En la Argentina los problemas sociales suelen abordarse desde posiciones ideológicas extremas. Esto se ve patente en el caso de la inseguridad ciudadana, siempre de candente actualidad, donde parece haber dos posturas antagónicas.

Unos son los partidarios del látigo, es decir los que creen que con mano dura mágicamente se bajará la tasa de criminalidad, aunque la experiencia mundial al respecto arroja resultados dudosos.

Aquí se está por la “ley del Talión” sin más. La idea es devolverle al que delinque toda la violencia, y más todavía, que ha producido, en algo que se asemeja mucho a la venganza.

Hay una ideología subyacente a esta postura: la sociedad es totalmente inocente de los crímenes cometidos en su seno. El asesino o ladrón, según esta visión, es individualmente un ser inferior, alguien que es absolutamente responsable de sus actos antisociales.

Lo que se busca, por tanto, es extirpar esta maleza que nació en los jardines de la sociedad. Con el argumento de que el delito es una opción libre más en la oferta de la vida. Por tanto, para preservar la seguridad de la sociedad, quienes eligieron esa vida deben pagarlo caro.

Estamos, en realidad, frente a una posición extrema que idolatra el látigo en sí mismo, como corrector del crimen. La debilidad de este pensamiento es su linealidad: en el fondo no ve que en un sentido el delito es manifestación de una ruptura en los lazos sociales.

No mira –o no quiere ver- que los menores que delinquen en la Argentina, por caso, no lo hacen de gusto, sino porque están expuestos a esa vida, casi arrojados, porque viven en la marginalidad o vienen de familias destruidas.

Sobre la base de esta objeción, en tanto, se ha formado el partido de la indulgencia, que es una reacción en sentido contrario al látigo. En esta perspectiva, todas las faltas tienen una explicación ajena al sujeto que las cometió.

Es decir, una acción delictiva, aunque la realicen los individuos, en realidad es emanada, de última, de los tenebrosos remolinos del subconsciente o de la opresión o corrupción del entorno social.

Con lo cual a los delincuentes, lejos de considerarlos culpables, se los ve, cada vez más como víctimas, sobre todo de la sociedad, considerada como la principal, cuando no como la única, responsable de los delitos cometidos en su seno.

Al elevar los condicionamientos conductuales a la categoría de determinismo absoluto –psicológico, biológico, sociológico, cultural- desaparecen los actos conscientes y libres y por tanto se disuelve la noción de culpabilidad.

A propósito la filósofa Diana Cohen Agrest, en un reciente artículo, postuló que el sistema penal argentino, animado por la ideología garantista, privilegia al victimario, “idealiza al delincuente” y olvida sistemáticamente a las “víctimas de la inseguridad”.

Como se ve el debate en Argentina alrededor de la justicia penal y de la inseguridad oscila entre posiciones ideológicas extremas: o se inmola el individuo a la sociedad por exceso de severidad, o se sacrifica a la sociedad por un exceso de indulgencia.

Acaso una política de justicia que contribuya a la seguridad ciudadana deba tomar una posición equidistante de estos extremos. Por lo pronto, debe evitar enredarse en aprioris ideológicos, y moverse con prudencia en el difícil arte de impartir justicia.

Ello supone hacerse cargo del grado de evolución de la sociedad y de las urgencias concretas de los ciudadanos. Sabiendo siempre que la justicia humana no es infalible.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 26/05/2016 en Uncategorized

 

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Zonas verdes y calidad de vida

El desafío de construir una ciudad que merezca vivirse, o de crear una forma de vida urbana sustentable, debe tener entre sus ejes estratégicos las áreas urbanas verdes.

Se diría que no hay ciudadanía sin un espacio público jerarquizado y acaso la gestión de los gobiernos locales debería medirse por el estado que presentan estos enclaves.

Una  ciudad que no pueda ofrecer a sus vecinos suficiente cantidad de espacios verdes de calidad, de acceso público y distribución homogénea, proporcional al número de habitantes, se convierte en un hábitat que conspira contra la “calidad de vida”.

De hecho la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera a la superficie de las ciudades destinadas a los espacios verdes por habitantes como un indicador de calidad de vida urbana.

El organismo internacional recomienda como valor medio de este indicador la relación 10 a 15 m2 de espacios verdes por habitante. Aunque más allá de este índice, de lo que se trata sobre todo es que esos espacios sean de calidad.

¿Qué sentido tiene acumular plazas, parques y paseos públicos degradados, vacíos urbanos que contribuyen a la polución, lugares abandonados, sin función ni uso social?

Las funciones de los espacios verdes urbanos son múltiples. Históricamente han sido los principales articuladores de la vida social. Las “plazas mayores” de las ciudades argentinas fueron concebidas con ese cometido.

Ese primer escenario  se constituyó en la etapa colonial, fijado por las Leyes de Indias, que otorgaban forma y carácter a la ciudad hispánica. Así, en torno a las plazas mayores se situaban la iglesia mayor, el cabildo, el fuerte, las tiendas, que a su vez eran símbolos de poder de la época.

Pero la idea de “plaza” ha ido cambiando de paradigma en función de los cambios sociales, al igual que otras zonas verdes. En general cuando estos espacios fueron creados, estaban dirigidos a un radio de usuarios determinado y con expectativas de uso específicos.

El déficit de zonas verdes que presentan tantas ciudades argentinas obedece a que estos espacios no acompañaron el desarrollo urbano. La falta de inversión en parques y paseos se muestra en el hecho de que se destina menos suelo para ellos.

A algunos gobiernos comunales les cuesta concebir esta sencilla regla: al aumentar la densidad urbana, los espacios verdes ven desbordada su capacidad de carga, lo que requiere por tanto la generación de nuevos.

Se dice con razón que los parques, plazas y paseos son lugares de encuentro, de integración y de intercambio social; promueven la diversidad cultural y generacional de una sociedad.

También generan valor simbólico, identidad y pertenencia. Por sus cualidades intrínsecas, los espacios verdes públicos además cumplen en la ciudad funciones estéticas, enriquecen el paisaje urbano y asumen un papel central de oxigenación.

Asimismo, contribuyen en la regulación hídrica y ofrecen un ecosistema urbano apropiado para la conservación de la biodiversidad. Pero también se sabe que las áreas urbanas verdes son una fórmula contra las enfermedades.

Un reciente estudio de la Universidad de Miami asegura que las ciudades que incentivan los espacios con más vegetación reducen las tasas de afecciones crónicas como diabetes e hipertensión.

La investigación invita a relacionar la existencia de espacios al aire libre con el desarrollo de actividades físicas que combaten la vida sedentaria. También con la posibilidad de aplacar el estrés y moderar los niveles de contaminación ambiental y acústica.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 26/05/2016 en Uncategorized

 

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Drogas: el tema del policonsumo

Los expertos advierten que ha cambiado la forma de consumir drogas. Del “monoconsumo” (aquello de ser fiel a una sustancia) se ha ido a una cultura de la mezcla.

La tragedia en la fiesta Time Warp, en el complejo Costa Salguero, puso en el centro de la escena a la pastilla letal “Superman”. Sin embargo, los especialistas en adicciones sostienen que los jóvenes mezclan cada vez más drogas.

La Federación de ONGs de Argentina para la Prevención y Tratamiento del Abuso de Drogas (FONGA), al reflexionar sobre el caso Time Warp, alerta sobre el “policonsumo” en los adolescentes y jóvenes.

“No podemos cometer el error de focalizar en una sustancia el problema, los adolescentes que consumen drogas lo hacen en modalidad de policonsumo”, revela FONGA.

En esta modalidad, la entidad también incluye “a las sustancias legales que se venden fácilmente como el alcohol o los psicofármacos, que muchas veces se comercializan de forma clandestina con fines no terapéuticos”.

El policonsumo de drogas puede tener distintas motivaciones y estar asociado a diferentes conductas. Se pueden mezclar drogas para potenciar al máximo la experiencia psicoactiva. También es posible que se consuma una segunda sustancia para compensar los efectos negativos de una primera droga.

La modalidad de combinar drogas constituye asimismo un reflejo de la disponibilidad de sustancias tóxicas y de las pautas de consumo en entornos o contextos específicos.

Cabe consignar que en hospitales del país, sobre todo de Capital y provincia de Buenos Aires, se reciben los fines de semana cada vez más personas “poliintoxicadas”.

Las estadísticas porteñas señalan que la mitad de los que llegan intoxicados a una guardia es por un consumo de 2 o más drogas. Pero el policonsumo se dispara con las fiestas electrónicas, donde se llegan a mezclar 4,5 y hasta 6 sustancias.

¿Para qué tanta mezcla? A veces para potenciar el efecto de la droga, a veces para contrarrestarlo y otra para ver “cómo pega”, según el testimonio de los jóvenes consumidores.

“Hace décadas, muchos de los que consumían drogas buscaban reflexionar, profundizar. Hoy esa retórica no existe y lo que buscan es estar intoxicados, llegar a un clima de desconexión. Por eso muchos combinan sustancias contradictorias, como pegamento y ansiolíticos: un alucinógeno y un depresor que, juntos, llevan a un estado de estupefacción completa”, cuenta Oscar Molteni, psicólogo y director del Hospital Reencuentro, donde 8 de cada 10 pacientes están en tratamiento por dependencia a más de dos drogas.

Consumir hoy, además, demanda más dinero y una estrategia de compra más elaborada (porque no hay un mismo dealer que venda todo). Las fiestas electrónicas llevan al extremo esta modalidad.

“Antes no se mezclaba el éxtasis con el alcohol porque se respetaba el efecto de mantenerse rebotando. Ahora le suman alcohol, marihuana, ácido, popper, ketamina”, dice Marta Braschi, toxicóloga del Hospital Fernández.

Los médicos advierten que una poliintoxicación es un cuadro complicado porque una droga no se comporta igual sola que asociada. Además, señalan que primero suelen aparecer los efectos de una sustancia y luego los de las otras, por lo cual el proceso de desintoxicación es delicado.

Esta problemática afecta a muchos países. El Observatorio Europeo de las Drogas y Toxicomanías (OEDT), por caso, ha alertado sobre la presencia del alcohol en todas las formas de policonsumo de drogas y los riesgos de combinar varias drogas a la vez, especialmente entre los más jóvenes.

 

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Publicado por en 26/05/2016 en Uncategorized

 

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Puerto Rico o la desventura colonial

La isla caribeña, una suerte de colonia estadounidense, atraviesa una profunda crisis económica. El gobierno de Puerto Rico acaba de anunciar el no pago de parte de su deuda pública.

“Al enfrentarnos con la falta de liquidez para satisfacer tanto las necesidades de nuestros acreedores como las de los servicios a nuestra gente, he tenido que elegir. Y elegí: decidí que tus necesidades básicas van por encima de todo”, anunció el gobernador de la isla, Alejandro García Padilla, en un discurso televisado.

La bancarrota portorriqueña es impactante. Este país de 3,5 millones de habitantes, la mitad de los cuales es pobre, sobrelleva una deuda pública de 72.000 millones de dólares, a todas luces impagable.

Los reportes internacionales de fines de 2015 pintan un cuadro de deterioro en la sociedad portorriqueña, con aumento de la pobreza, envejecimiento de la población y emigración.

Uno de los grandes problemas estructurales de Puerto Rico es que cuenta con una de las tasas de participación laboral más bajas del hemisferio occidental: un 39,8%.

Por otro lado, de la minoría de puertorriqueños que sí trabaja, casi un cuarto es empleado estatal. La isla ha perdido casi una décima parte de su población en 10 años, con el agravante de que quienes parten son los más emprendedores.

Puerto Rico fue colonia española desde la llegada de Cristóbal Colón, en 1493, hasta 1897, y provincia española de ultramar desde ese año hasta la guerra hispano-estadounidense de 1898.

Tras cuatro siglos de colonialismo español devino en enclave norteamericano, aunque el estatuto político de Puerto Rico es objeto de debate. Los portorriqueños son ciudadanos estadounidense desde 1917, cuando el Congreso norteamericano aprobó la Ley Jones.

En los inicios del siglo XX, el Tribunal Supremo de Estados Unidos dispuso que la isla caribeña debía considerarse un “territorio no incorporado” de la Unión.

Concluyó, además, que está subordinado a los “poderes plenos” del Congreso estadounidense. Ese entendido prevalece aun después de establecido el Estado Libre Asociado, que se adoptó en 1952 mediante autorización legislativa.

Sin embargo, es importante hacer constar que Puerto Rico no es un Estado de la Unión estadounidense, como lo son Texas, Louisiana o Florida. Por esta razón el congreso norteamericano ha tratado la crisis económica portorriqueña con otra vara.

Básicamente le ha prohibido a Puerto Rico adoptar su propia ley de bancarrota a la vez que le ha negado acceso a la Ley de Quiebras de Estados Unidos, que autoriza a las municipalidades y corporaciones públicas de los estados de la Unión a acogerse a sus beneficios.

Para Efrén Rivera Ramos, catedrático y ex decano de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, este trato “colonial” es lo que está detrás de la crisis financiera de hoy.

Según el experto, Puerto Rico no es un país soberano, pero tampoco goza de los beneficios de ser un estado más de la Unión estadounidense. “Ni EE.UU. ni Puerto Rico han logrado encontrar un lugar nuevo para esta colonia moderna que está dando señales serias de disfuncionalidad”, refiere Rivera Ramos.

El experto sostuvo que la época de esplendor económico de Puerto Rico fue entre 1950 y 1970, gracias a la inversión norteamericana. Por entonces la isla caribeña era estratégica para Estados Unidos, ya que aparecía como una posesión  de ultramar en el Caribe que le permitía lidiar con los retos que le presentaban Cuba y una América Latina convulsa, en plena Guerra Fría.

 

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Los judíos en Gualeguaychú

UNA COMUNIDAD ORGULLOSA DE SUS TRADICIONES Y LEGADO

Los judíos en Gualeguaychú

La presencia hebrea en la ciudad se remonta a fines del siglo XIX y principios del XX. Este grupo étnico, que enriqueció con su aporte a la sociedad nativa, busca mantener su impronta.

 

Por Marcelo Lorenzo

La comunidad judía de Gualeguaychú se fue constituyendo de un modo espontáneo, no masivo ni articulado. Esto si se lo compara con los primeros asentamientos de colonos en el centro de Entre Ríos.

Se sabe que los inmigrantes de esta etnia llegaron en grupos organizados  a partir de 1892, instalándose en colonias agrícolas en la costa del Uruguay, Basavilbaso, Villa Clara y Villa Domínguez.

En cambio el ingreso de los judíos a nuestra ciudad se produjo de manera individual, hasta conformar con el tiempo una comunidad orgánica, según explicaron a EL DIA miembros de la comisión directiva de la Asociación Unión Israelita de Gualeguaychú (AUIG).

Jorge Kesselman, presidente de la entidad, Carlos Vainstein, vicepresidente, y Jaime Vaena, secretario, aseguraron que el origen de la inmigración judía en estos lares no tiene una fecha precisa en el calendario, identificándose más bien con el día de arribo que ha quedado en la memoria de cada familia.

Se diría, entonces, que no hay registro preciso de la presencia judía en la ciudad, salvo los testimonios dispersos y orales transmitidos al interior de los grupos familiares. De hecho, los miembros de la comisión directiva reconocen que falta escribir la historia de esta colectividad local, para dibujar su perfil peculiar en el conjunto de la sociedad gualeguaychuense.

Esa historia, por lo demás, lleva las marcas de la condición judía en el mundo, un pueblo que se ha visto forzado a migrar por las mismas causas: expulsiones, pogromos, persecuciones, antisemitismo.

El siglo XX fue trágico para esta etnia. Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi asesinó a unos seis millones de judíos -hombres, mujeres y niños-, en un intento de aniquilar sistemáticamente a esa comunidad de Europa.

Al respecto Vainstein comentó que cada año la comunidad local se reúne para el Yom Hashoah, en memoria de las víctimas del Holocausto. “Se trata de un fecha muy emotiva  para mi familia. Porque un abuelo y dos tíos quedaron allí”, testimonió.

 

LOS PRIMEROS EN LLEGAR 

“Hubo judíos que llegaron a la Argentina alrededor de 1880. Pero la gran afluencia se produjo después de la Primera Guerra Mundial. América se presentaba, así, como una tierra donde poder vivir y trabajar en paz”, explicó Vainstein al recordar a los primeros inmigrantes.

Muchos judíos que llegaron a la Argentina eran “askenazíes”, ese es el nombre dado a los que vivían en Europa central y oriental. Estos desarrollaron costumbres y un idioma propio, el ídish, que combina vocablos alemanes, eslavos y hebreros.

El otro grupo importante de la inmigración de esta etnia provino del Sefarad, nombre que le ha dado la tradición judía a la península ibérica. De allí nace el término “sefardíes” con que se conoce a los judíos originarios de España y Portugal. Este grupo también desarrollo un perfil cultural propio. Por ejemplo, cultivó el idioma español antiguo, el ladino.

Miembros de estas dos comunidades se instalaron en Gualeguaychú y dada su diversa idiosincrasia permanecieron relativamente distantes unos de otros. Para celebrar el culto se reunían en pequeños grupos, en las casas de familia.

Sefardíes y askenazíes llegaron a tener cada uno su propia sinagoga (lugar de culto y estudio). “Estaban separados, entre otras razones, porque a pesar de que los textos sagrados eran los mismos, hablaban distinto idioma”, explicó Vaena.

A medios del siglo XX la colectividad judía de Gualeguaychú era robusta. Estaba integrada por entre 120 y 130 familias, las cuales desarrollaban entonces una intensa actividad social.

Alrededor de 1940 tres miembros de la comunidad compraron el inmueble ubicado en la esquina de Rivadavia y Santiago Díaz, que pasó a manos de la Asociación Unión Israelita de Gualeguaychú, cuando ésta adquiere la personería jurídica en 1944, y desde entonces constituye la sede social de la colectividad.

En ese lugar está la sinagoga donde se practica el culto judío, centrado en la lectura de la Torá, que es el libro sagrado del pueblo de Israel.

La colectividad israelita local comenzó a perder vitalidad a partir de que muchos jóvenes se fueron a estudiar a otras ciudades, sobre todo a Buenos Aires, y ya no regresaron.

“Hoy tenemos 40 familias asociadas. Y no más de 8 familias por fuera de la institución. Es decir, somos alrededor de 130 personas”, según los cálculos de Kesselman.

Los entrevistados aclararon que muchas familias de la colectividad son mixtas, es decir que algunos de sus integrantes no son judíos. La vida social de este grupo étnico se articula alrededor de algunas fiestas ancestrales.

Las altas celebraciones son Rosh Hashaná (año nuevo) y Yom Kipur (día del perdón). Le sigue el Pésaj (pascua judía), es decir la celebración de la liberación de la esclavitud en Egipto.

La comunidad local no cuenta con un rabino, maestro experto en la Torá. Para el día del perdón, en donde se lee ese libro, viene un oficiante desde Buenos Aires. Pero para otras celebraciones, distintos miembros de la colectividad realizan los rezos del culto.

Un capítulo especial en la tradición hebrea son los cementerios, considerados máximos símbolos de recordación. De ahí que los fallecidos de la colectividad local suelen ser enterrados en los cementerios judíos de Basavilbaso o Concepción del Uruguay.

La AUIG quiere mantener las tradiciones y los ideales judaicos en pie en Gualeguaychú. Y eso significa recrear la cultura en las nuevas generaciones. Con ese propósito, una morá (maestra), está trabajando con niños y adolescentes de la colectividad local, para acercarlos a las costumbres, idioma y tradición hebrea.

“Con esto aspiramos, también, a un recambio generacional en la conducción institucional. Nosotros ya somos mayores y necesitamos gente joven, con nuevas ideas e iniciativas”, explicó Kesselman.

Según los entrevistados, la sociedad nativa fue generosa con los judíos inmigrantes, que lograron así prosperar en la ciudad. Aunque la tolerancia fue la nota distintiva todos estos años, y ha habido convivencia armónica con otros grupos étnicos, Gualeguaychú  sin embargo no escapó a la discriminación.

Por ejemplo, algunas instituciones lugareñas mantuvieron hasta hace pocos años un ridículo cepo al ingreso de judíos como socios. Afortunadamente, esta prohibición ha caído, y miembros de la colectividad hoy forman parte de las comisiones directivas de esas entidades.

 

MARCADOS POR LA PERSECUCIÓN

Los judíos sefardíes fueron expulsados de España hace cinco siglos por la política religiosa de los reyes católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.

El proceso de unificación del reino, así, incluía la política de hacer católicos por la fuerza a los súbditos. En el caso de los judíos, a los que no se “convirtieron” a la religión dominante, se los expulsó de la península.

Aquellos judíos que en el pasado prefirieron quedarse en España, o en sus dominios americanos, debieron abrazar la religión católica. Los “conversos”, así se los llamó, eran constantemente vigilados por la Inquisición, pero algunos de ellos practicaban en secreto la religión de sus padres.

Los sefardíes llegaron desde un primer momento en buen número a tierra americana, huyendo de la persecución, aunque disimulando nombres y costumbres.

A fines del siglo XIX, con las grandes migraciones que poblaron Argentina, arribaron a con sus nombres propios, usos, ritos, religión y conocimientos ancestrales.

En el caso de los asquenazíes, estos sufrieron el antisemitismo de Europa central y oriental. En 1892, tras el asesinato del zar Alejandro II, la vida de los judíos en Rusia se torno muy dificultosa, ya que se los consideraba enemigos.

Dado el rechazo de los países como Polonia, Alemania, Rumania, y demás, un grupo de judíos interesó al Barón de Hirsch, un banquero de la comunidad, para rescatar a los askenazíes.

Hirsch organizó así la Jewish Colonization Association (JCA), que adquirió tierras en Argentina, y en especial en Entre Ríos, para fundar colonias agrícolas. En 1894, por caso, la JCA compra 40.630 hectáreas en los departamentos Uruguay y Gualeguaychú y creó Colonia Lucienville, con centro urbano en Basavilbaso.

Uno de los grandes legados de los llamados “gauchos judíos”, según la célebre expresión de Alberto Gerchunoff, fue el cooperativismo, como forma de organización económica. En Basavilbaso, por caso, crearon la primera cooperativa de Latinoamérica.

Según Vaena, los judíos que vinieron a Entre Ríos eran básicamente artesanos y también había entre ellos intelectuales. “Tenían una profesión y no sabían nada de las tareas de campo. Aprendieron a la fuerza a cultivar la tierra. Las colonias agrícolas prosperaron, pero con el tiempo la mayoría de los colonos emigró a las ciudades buscando una vida mejor para sus hijos”, relató.

 

HISTORIAS DE FAMILIA

Los antepasados de los entrevistados reflejan la diversidad de la inmigración judía. Los Vaena, por ejemplo, replican la historia de aquellos sefardíes que, expulsados de España, recalaron en Turquía y de allí vinieron a la Argentina.

El padre de Jaime, Moisés, vivía en Esmirna (Turquía) junto a sus padres y tres hermanos menores. “Durante la Primera Guerra Mundial, quedaron huérfanos y él, con menos de 18 años, trabajó en el Correo, porque manejaba distintos idiomas”, recordó Vaena.

Esto les permitió sobrellevar la circunstancia bélica sin pasar penurias. Con ellos vivía su primo Luciano, que había sido enviado allí a estudiar por su padre que residía en Brasil. Al terminar la guerra, este último organizó el viaje de regreso a América de su hijo.

Junto con él llegaron Moisés y sus hermanos, quienes quedaron en Gualeguaychú al cuidado de dos tías que residían desde hacía algunos años en la ciudad. “Mi papá llegó en 1919, con 17 años de edad. Y comenzó a trabajar en el negocio de la familia. En tanto que sus hermanos menores estudiaron en la Escuela Rawson”, relató Jaime.

La historia de los Vainstein y de los Kesselman, en tanto, está vinculada a la inmigración askenazí, es decir la de aquellos judíos provenientes de Europa oriental que huyeron del antisemitismo.

Moisés Vainstein, padre de Carlos, vivía en Polonia. Llegó a la Argentina en 1931 con 16 años, y sin saber hablar castellano. “Le mandaron un pasaje para que pudiera venir. Llegó a Irazusta donde vivía su hermano, que le dio una mano para empezar. Se hizo así trabajando, de a poco”, recordó.

Luego Moisés se fue a Almada, donde comenzó con una modesta venta de bebidas y comestibles. Con el tiempo, el negocio creció y entonces construyó un galpón en la ruta que iba a Urdinarrain.

“Un paisano le presentó a una chica –relató Carlos-, que era hija de inmigrantes judíos rusos que vivían en Basavilbaso. Con ella se casó y luego nació mi hermano mayor. Tiempo después se trasladaron a Urdinarrain, donde mi padre tenía su negocio en las afueras. Allí nacimos yo y mi hermano menor. Con la intención de que estudiáramos mi padre decidió finalmente mudarse a Gualeguaychú, adonde llegamos en 1956, integrándonos a la colectividad”.

Por su lado, Jorge Kesselman contó que sus padres, Moisés Kesselman y Sara Banchik, nacieron en Argentina, pero sus abuelos vinieron de Rumania en 1901, como parte de la inmigración organizada por la JCA.

“Desembarcaron en Buenos Aires y se alojaron en el Hotel de Inmigrantes. Luego los enviaron por tren a Basavilbaso, instalándose en la colonia ‘Las Mil Trescientas’. Las familias de mis padres estaban a pocos kilómetros de distancia. Tiempo después se conocieron y se casaron en Basavilbaso”, historió Jorge.

Y añadió: “Mis padres se fueron a Santa Fe donde mi padre comenzó a estudiar y al mismo tiempo trabajaba en una tienda. No tenían casa para vivir, se alojaban en un hotel y había nacido mi hermana Frida. Mi abuelo los convenció que no podía seguir en esa situación y con la ayuda de los hermanos de mi madre, los Banchik de Concepción del Uruguay, que tenían negocio y una buena posición económica, se instalaron en Gualeguaychú. Mi padre al principio se dedicó a la venta de nafta. Falleció joven de un infarto y mi madre, junto con mi hermano Elías, siguieron con el negocio familiar. Después me incorporé yo. Y sigo hasta hoy en el comercio, en el rubro relacionado con los automóviles”.

 

© El Día de Gualeguaychú

Kesselman, Vainstein y Vaena de la AUIG 2016 Kesselman, Vainstein y Vaena, directivos de la AUIG

 
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Publicado por en 15/05/2016 en Uncategorized

 

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Viveza criolla versus trabajo

Cabría especular que la decadencia de la Argentina tiene que ver con el triunfo de la “viveza criolla” por sobre la cultura que ata la riqueza a una genuina cultura del trabajo.

En algún momento de la historia nacional el trabajo fue concebido como fuente legítima de identidad social. Hacerse a través de un oficio prestaba identidad a las personas de bien.

Cualquier trabajo solía ser animado por la aspiración de la excelencia. Si se era zapatero, de lo que se trataba era de hacer buenos zapatos. Si se era maestro, de saber enseñar.

Uno era lo que hacía en su trabajo. Es decir la actividad con la que uno se ganaba el pan de cada día definía a cada quien, le confería una credencial social y moral.

Los ideales que forjaron a las corrientes inmigratorias que poblaron el país ataban la idea de la prosperidad al trabaja duro y al estudio como instrumento de movilidad social.

Pero un grave defecto moral y cultural aquejó a la sociedad argentina, convirtiéndose probablemente en el factor principal de su retroceso y de las sucesivas crisis.

Se trata de una cultura a contracorriente del trabajo, una idiosincrasia que postuló la primacía del placer y la omisión del esfuerzo, en orden a la riqueza, y que algunos sociólogos engloban bajo el término “viveza criolla”.

Con ello aluden a la depredación oportunista, es decir, a la prontitud por obtener el máximo provecho, sin escatimar los medios a utilizar ni considerar los perjuicios sobre los demás.

Acaso la exuberante riqueza natural del país hizo posible que se extendiera esta mentalidad. “En Argentina se escupe y nace una flor”, “Aquí no se enriquece el que no quiere”, fueron frases arrogantes que alimentaron el mito de que se podía obtener dinero de cualquier forma sin trabajar.

“El que no llora no mama y el que no afana es un gil” dice ‘Cambalache’, ese tango de 1934 que retrata el alma de un país enfermo, a propósito del tipo humano, el “vivo”, que logró imponerse como modelo humano.

Por su parte, la historieta argentina ha retratado en célebres perfiles al oportunista amoral, al hábil estafador, al apostador que hace “guita” sin trabajar. “Avivato”, personaje creado por Lino Palacio, es el típico argentino oportunista, falso, sobrador, holgazán, coimero y listo para hacerse de cualquier ventaja.

Algo parecido encarna Isidoro Cañones, el personaje creado por Dante Quintero, y que sintetizó como nadie al porteño y al argentino medio, el “chanta” irresponsable, derrochador por excelencia, pero increíblemente carismático.

Alrededor de la viveza criolla se imbrican una seria de manifestaciones culturales y morales que conforman el mentado “ser nacional”. Una de esas expresiones es la corrupción, que en Argentina ha llegado a ser sistémica.

La corrupción se extiende en todos los estratos, adoptando la forma de prebendas, apropiación directa de fondos públicos, clientelismo, derroche de los recursos estatales y enriquecimiento del funcionariado.

El vivo hace de su viveza un oficio y un estilo de vida. Cuando llega al gobierno, su voracidad lo conduce al saqueo y a la rapiña de la hacienda pública. Los que no son como él, es decir los que viven de su trabajo, son “zonzos” o “giles”.

Jorge Luis Borges consideró que este tipo humano había triunfado en estas pampas. Por eso escribió: “El argentino suele carecer de conducta moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama viveza criolla”.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 11/05/2016 en Uncategorized

 

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