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Archivos Mensuales: enero 2015

Tiempo institucional delicado para el país

El hallazgo sin vida del fiscal federal que había denunciado al gobierno nacional por el delito de encubrimiento en el caso AMIA, ha colocado a la Argentina en una crisis institucional  de proporciones.

Si la denuncia de Alberto Nisman contra el Ejecutivo Nacional equivalía a un terremoto legal y político, la noticia de la muerte del funcionario judicial, pocas horas antes de su presentación en el Congreso, donde exhibiría parte de las pruebas en las que basaba su imputación, es de un impacto inusitado.

Algunos analistas especulan que el hallazgo sin vida de Nisman en su departamento, por el trasfondo que rodea al hecho, no tiene precedentes desde la recuperación de la democracia.

Perplejidad, consternación, conmoción, son algunos adjetivos que los medios de comunicación utilizaron para referirse a la noticia de la muerte del fiscal que venía investigando el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), que en 1994 se llevó la vida de 85 personas.

Nisman  había sido designado por Néstor Kirchner en 2004 con la instrucción de esclarecer el crimen que se había cometido durante la presidencia de Carlos Menem, pero que todavía seguía impune.

La voladura de la AMIA fue visto como el ataque terrorista más importante de la historia del país. Pero la investigación del atentado, a veinte años de haber ocurrido, ha venido fracasando, con denuncias de que el poder político interfiere en el trabajo judicial.

El caso AMIA viene rodeado desde lejos de una atmósfera de sospechoso secretismo, convirtiéndose en un  “submundo de mentiras, espías y pecados”, al decir de un observador.

La fiscalía argentina venía acusando formalmente al gobierno de Irán por el ataque a la mutual judía y señaló al grupo terrorista Hezbollah como la organización encargada de ejecutarlo.

Pero la firma del Memorándum de Entendimiento con la República Islámica de Irán por parte del gobierno de Cristina Kirchner, al parecer produjo un giro en los acontecimientos.

Semanas atrás Nisman realizó una denuncia impactante: acusó al Ejecutivo Nacional de fabricar la impunidad de iraníes acusados por la voladura de la AMIA, como parte de un acuerdo comercial con Irán.

El gobierno nacional reaccionó señalando que Nisman era parte de una confabulación golpista, en la que participaban corporaciones mediáticas, jurídicas, económicas, con vinculaciones locales y globales.

En realidad hay muchas versiones sobre lo que está pasado. Y la variedad de textos que circulan en la opinión pública suelen estar sesgados por miradas políticas e ideológicas.

¿Era Nisman un honesto fiscal que descubrió la verdad sobre el atentado a la AMIA, y sobre las terribles complicidades del poder político, y por eso pagó con su vida? ¿O era alguien que respondía a intereses que querían desestabilizar al gobierno?

Ahora mismo la muerte del fiscal, que fue encontrado con un tiro en la cabeza, ha disparado dos tipos de hipótesis: ¿fue suicidio o asesinato? ¿Cómo se explica la desaparición física de Nisman, en medio de la creciente expectativa que había generado su tremenda denuncia?

La comunidad judía, en tanto, acusó el impacto de esta muerte. “Volvió a estallar la bomba de la causa AMIA”, dijo el presidente de la DAIA, Julio Schlosser, quien calificó la situación de “catástrofe”.

A decir verdad el caso de la mutual judía, por la sangre derramada hasta acá y por su falta de esclarecimiento, es un crimen que está pesando gravemente en la conciencia del país, poniendo en crisis por estas horas su institucionalidad.

 

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 30/01/2015 en Uncategorized

 

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Fórmula para unir a la sociedad cubana

Con gran expectativa se sigue en el continente el reinicio de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. La nueva política tiene desconcertados a los intransigentes de ambos bandos (castristas y anticastristas).

La mutación geopolítica descoloca sobre todo a quienes todavía miran las cosas con los ojos de la Guerra Fría, cuyo eje era la confrontación comunismo-capitalismo.

Los bandos en pugna no se resignan a que los nuevos acontecimientos históricos desmientan su narración de más de 50 años. Entonces hablan de “derrota estratégica del enemigo”, según de qué lado se sitúen.

Los adeptos a la ideología castrista, de base comunista, alegan que el acercamiento de Washington es la aceptación norteamericana del triunfo de la revolución.

Mientras que la derecha anticastrista argumenta que el gesto de distensión es la salida desesperada de un régimen anacrónico, el de los Castro, que se quedó sin combustible económico.

Como sea, a derecha y a izquierda, hay perplejidad y sobre todo disgusto por el curso que están tomando las cosas. Y esto porque no ocurren de acuerdo a las expectativas ideológicas de los dogmáticos.

Entre los castristas duros, mucho de los cuales viven en el exilio, que quisieran una rendición incondicional del régimen imperante en la isla, y un enjuiciamiento histórico de sus jerarcas, parece prevalecer un espíritu de venganza.

Pero la estrategia seguida por el Vaticano y por el presidente Barack Obama está muy lejos de la política de la represalia. Al contrario, se inspiraría en desactivar la dialéctica de los odios, acercando a las dos Cubas (la del régimen y la de los disidentes), para lanzarlas al futuro.

Esa sería la única fórmula no violenta de transición política para la sociedad cubana: desactivar los antagonismos internos, haciendo que confluyan castristas y anticastristas.

La reforma política, social y económica en la isla no se haría sin o contra los Castro (como quisieran los ultra derechistas), sino con ellos. No sólo eso: será el régimen el que aparecerá produciendo su propio cambio.

La nueva política norteamericana hacia la isla consistiría, justamente, en esto: no enfrentar (como se ha hecho hasta ahora) al régimen, sino negociar con él, dándole incluso la autoría intelectual de lo que se haga.

Los enemigos de los Castro consideran esto una concesión inaceptable o una simple traición (el argumento que suelen esgrimir los intransigentes de todas las causas, cuyo narcisismo los lleva a querer tener razón en todo).

El anacronismo de la derecha consiste en no aceptar que los cubanos de la isla no harán nada que Fidel o los jerarcas del régimen no les manden hacer (a tal punto llega el ascendiente popular de los Castro).

Hay analistas políticos que creen ver en el movimiento de sentar a los enemigos en la misma mesa, el método exitoso que emplearon otros líderes para pacificar y reconciliar a sociedades divididas.

En Cuba estaría en marcha, según esta lectura, un experimento parecido al que llevaron adelante el Mahatma Gandhi en la India, Martín Luther King en Estados Unidos, y sobre todo Nelson Mandela en Sudáfrica.

El caso sudafricano es emblemático. Mandela pudo haberse convertido en el líder exclusivo de la mayoría negra y haber dado rienda suelta a los deseos de venganza de esa etnia sometida.

Pero él en cambio, que sufrió veintitrés años de prisión, se propuso seducir a sus “enemigos” blancos, que también eran sudafricanos y sin los cuales no se podía pacificar y gobernar el país.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 30/01/2015 en Uncategorized

 

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Juan Francisco Seguí (h), político y jurista

El santafecino que entró en la historia de Gualeguaychú del siglo XIX 

Francisco Seguí, político y jurista

El secretario de Urquiza, redactor del célebre Pronunciamiento contra Rosas e influyente constituyente del ‘53, había nacido en Santa Fe. Pero en Gualeguaychú formó su familia y aquí descansan sus restos.

 

Por Marcelo Lorenzo

Juan Francisco Seguí (1822-1863) es aquel santafecino que sirvió con su pluma y consejo al caudillo entrerriano Urquiza en la revolución constitucional emprendida a mediados del siglo XIX.

Pero este hombre está también estrechamente vinculado a la patria chica, especialmente por lazos de sangre. Por eso no es casual que el apellido Seguí tenga gravitación en la sociedad nativa.

Cuenta la historia que el redactor del Pronunciamiento -el célebre documento con que el gobernador entrerriano Justo José de Urquiza rompe con el poder rosista- ya estaba en la cima de su carrera política cuando conoce en Buenos Aires a Cornelia del Villar, hija de una familia tradicional de Gualeguaychú.

El encuentro tuvo lugar durante los festejos que dio la sociedad porteña por el triunfo militar urquicista en Caseros (3 de febrero de 1852), que supuso el fin del régimen autoritario de Juan Manuel de Rosas.

En esa fiesta nocturna con baile y música (conocida como “sarao”) surgió el amor y la promesa de casamiento, según se lee “Cvadernos de Gualeguaychú” (Nº15).

Cornelia, que tenía entonces 18 años, volvió a su pueblo pocos días después de ese encuentro, pero Francisco debió permanecer en Buenos Aires para encargarse de la organización del Congreso de Santa Fe, en el que actuó como representante de su provincia natal.

Esta circunstancia hace que la pareja se viera obligada a realizar un casamiento por poder. Así el 29 de noviembre de 1852, en la parroquia San José de Gualeguaychú, el novio estuvo representado en el altar por Rafael Furques. Cornelia tuvo que esperar, por tanto, hasta después de la sanción de la Constitución para consumar su matrimonio.

El diputado por Santa fe le anticipa su regreso en una carta que reza: “Nada tiene la Patria que exigirme ya después de tantas fatigas –dice a Cornelia– y del tiempo que, separado de su amabilísima compañía, he saboreado días y meses amargos, ausente de una mujer querida, sin haber ejercido los derechos sacrosantos que tengo a tus cariños, a tu ternura, y a la expresión purísima de tu amor” (cita en “Cvadernos de Gualeguaychú” Nº15).

 

Legado familiar

La casa donde vivió el matrimonio Seguí-Del Villar en Gualeguaychú se encuentra en Luis N. Palma y J.F. Seguí (esq. SO). Se trata de la única residencia de un constituyente del ‘53 que aún se mantiene en pie.

Juan Francisco Seguí y Cornelia del Villar tuvieron siete hijos, los cuales conformaron a su vez familias influyentes de Gualeguaychú: Malvina se casó con Luis Clavarino; Cornelia lo hizo con Protasio Méndez Casariego;  Juana con Facundo Grané; Luisa con Matías Jacobo Spangenberg; José Francisco con Bernabela Aldao; Eduardo con Elisa Duportal y Claudio con Inés Wesley.

Estos nombres y apellidos tuvieron gravitación propia en el proceso de entrada a la modernidad de la sociedad de Gualeguaychú, allá por la segunda mitad del siglo XIX.

Destaca, por ejemplo, el matrimonio de Malvina Seguí con Luis Clavarino, quien fuera luego intendente de Gualeguaychú. Esta pareja fue gran benefactora de la comunidad, ya que entre otras acciones dejaron dos propiedades para que en ellas funcionaran instituciones educativas.

En su solar residencial, ubicado en 25 de Mayo y Mitre (esq. SE) funciona del Colegio Nacional “Luis Clavarino”. En tanto que el chalet de zona de quintas, al noroeste de la ciudad, fue donado a la Compañía de María, la cual creó en el lugar el Instituto “Malvina Seguí de Clavarino”.

 

Santafecino célebre

Tras una intensa vida como jurista, político y periodista, Juan Francisco Seguí falleció joven, a la edad de 41 años, en Buenos Aires, en diciembre de 1863. Y desde allí se traerán sus restos para que descansen en Gualeguaychú, en el panteón familiar ubicado en el Cementerio Norte.

Algunos de sus coprovincianos, sin embargo, lamentan que los restos del “gran tribuno santafecino” no permanezcan en  la “provincia que él amara tanto”, como reclamó el periodista Juan José de Soiza Reilly, durante el discurso de homenaje a Seguí que se hiciera en la Universidad Nacional del Litoral, al cumplirse los cien años de su natalicio.

Hay que pensar que el padre de Seguí, también de nombre Juan Francisco, fue activo personaje en la historia de Santa Fe. Graduado en Charcas, se plegó luego a la Revolución de Mayo de 1810. Pero sobre todo fue un ferviente defensor de la autonomía provincial, un rasgo de pensamiento que trasmitirá a su hijo.

Francisco Seguí (hijo), aunque ayuda a Urquiza en el proceso de institucionalización del país, lo hace siempre en calidad de santafecino. De hecho representa a su provincia como diputado en el Congreso que redacta y aprueba la Constitución republicana, representativa y federal.

 

El triunfo de Seguí

Beatriz Bosch, la historiadora de Urquiza, sostiene que Seguí sobresalió en los debates en Santa Fe (junto a Juan María Gutiérrez, José Benjamín Gorostiaga, Martín Zapata y el presbítero Benjamín J. Lavaysse).

Por su lado Soiza Reilly le da en realidad todo el crédito a nuestro personaje, asegurando que su habilidad dialéctica evitó que la sanción de la Carta Magna se postergara, a la espera de un tiempo menos convulsionado para el país, como fue la propuesta de Facundo Zuviría, presidente del Congreso.

La discusión fundamental que se planteó en el recinto giró alrededor de un punto peliagudo: ¿Era el tiempo propicio para consagrar una Constitución? Quienes pedían la postergación alegaban que la Nación atravesaba por un tiempo de anarquía, y ése no era un clima social y político conveniente para la sanción de esa norma.

Además la Constitución debía reflejar un estado de cosas, en términos de costumbres, hábitos y carácter, elementos preexistentes que estaban ausentes en el país.

La réplica de Seguí fue que si esas condiciones previas no existían había que crearlas y el mejor instrumento para ello era la sanción de una Constitución. Si la política era adaptarse a la realidad, aclaró, pues entonces había que resignarse a la violencia indómita que asolaba al país.

Pero la anarquía justamente era hija de la ausencia de ley. Una Constitución, en cambio, sería creadora de hábitos y costumbres, establecería una nueva cultura de la legalidad.

“El desorden, la anarquía, la relajación de las costumbres y la ignorancia están en la República Argentina en razón directa del tiempo que hemos vivido sin leyes”, argumentó Seguí en la ocasión.

Y continuó: “Las convulsiones locales, los movimientos de círculos, las revoluciones de intereses personales, en que se disputa el bastón de mando -pues todos se creen con derecho a empuñarlo-, no son más que el fruto del aislamiento provincial y de la falta de una ley general que declare y haga efectivos los derechos y deberes de todos; que determine y marque las atribuciones que ella impone (…) Así, señores, esta Constitución debe ser aclamada con enajenamiento patriótico por todos los que quieren mandar con dignidad a los pueblos y ser garantidos en sus altas funciones administrativas, así como por los que quieran ser mandados con arreglo a su calidad de hombres libres”.   

Joaquín V. González, gran político, jurisconsulto y académico argentino, también recuerda la providencial intervención de Seguí a favor de dotar el país de una Carta Magna.

Dice: “La magnífica arenga de Seguí en que éste refuta los argumentos por la postergación, contiene sólidos argumentos, arrancados de nuestra historia nacional y colonial, de nuestra sicología social y política y de la experiencia y saber acumulados hasta esa hora para fundar la necesidad de sancionar sin más la Constitución. Ni la ausencia de la provincia de Buenos Aires del seno del congreso era motivo justificado para aplazar aquella decisión, pues es evidente que era más posible atraerla por el prestigio de una ley de conciliación y de progreso que no por la incierta suerte de las armas”.

La destacada actuación de Seguí en el Congreso de Santa Fe ha quedado inmortalizada en el célebre cuadro de Antonio Alice, “Los constituyentes de 1853”, donde sobresale la figura de nuestro personaje (que está de pie pronunciado su histórico discurso).

 

Educado por los jesuitas

Un dato relevante de la biografía de Seguí es que estudio en Buenos Aires con los jesuitas, con la intención de ser sacerdote, aunque finalmente no tomó los hábitos, optando por la carrera de abogado.

La orden de San Ignacio, que practicaba una religión ilustrada, dejó sin embargo una impronta inconfundible en su formación. Llamativamente la casa jesuita donde estudió se llamó Colegio Republicano Federal.

Luego dio clases de gramática castellana y latín en el Colegio Argentino de San Martín. En 1846 concluyó sus estudios de jurisprudencia en Córdoba, rama en la que se destacó en su vida pública.

Seguí, como la mayoría de los hombres ilustrados de su época, militó en la masonería, siendo iniciado en la logia Jorge Washington de Uruguay.

Además, tuvo una acción destacada en la organización del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, donde se formó la elite liberal de la época.

Llegó a ser canciller de la Confederación Argentina, legislador y ministro de gobierno de Santa Fe, dirigió el diario “El Nacional Argentino”, y fue miembro de la Cámara de Justicia de Paraná.

Lucio V. Mansilla, en su libro “Retratos y Recuerdos”, pinta a un Seguí de físico alto, delgado, ágil, y de rostro pálido. Cuenta que se transformaba cada vez que, en forma vehemente, defendía una posición.

“En cada discurso –dice– se le iba un poco la vida. La elocuencia le costaba su sangre. A menudo después de una de esas arengas tempestuosas y viriles, caía en brazo de sus amigos, arrojando sangre por la boca. Tenía que fortalecerse con alcohol. Murió tuberculoso, como había muerto su padre”.

 

© El Día de Gualeguaychú

Juan Francisco Seguí en cuadro de Antonio Alice Los Constituyentes del 53

Juan Francisco Seguí (h) en cuadro “Los Constituyentes de 1853” de Antonio Alice

 
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Publicado por en 30/01/2015 en Uncategorized

 

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Bregar por ciudades que sean saludables

Hace tiempo se sabe que hay una estrecha relación entre urbanización y salud. El entorno físico y social, efectivamente, no es neutro al bienestar de las personas.

El tema es de máxima actualidad global a la luz del pronóstico según el cual en sólo 20 años el 70% de la humanidad vivirá en núcleos urbanos. El mundo se está urbanizando rápidamente y esto tiene un obvio impacto en la salud.

La percepción que existe es que si bien la vida en la ciudad sigue ofreciendo numerosas oportunidades, sobre todo de acceso a una mejor atención de salud, por otro lado los entornos urbanos concentran nuevos riesgos sanitarios.

Los desafíos urbanos más evidentes están relacionados con el agua, el medio ambiente, la violencia, los traumatismos, las enfermedades no transmisibles (problemas cardiovasculares, cáncer, diabetes y enfermedades respiratorias crónicas), dietas malsanas, inactividad física y consumo nocivo de alcohol, así como con los riesgos asociados a brotes epidémicos.

La vida en las ciudades y las crecientes presiones derivadas de la comercialización masiva, la disponibilidad de productos comestibles malsanos y el acceso a la automatización y al transporte influyen sobre el modo de vida y afectan directamente a la salud.

María Neira, directora de Salud Pública y Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en declaraciones al diario ‘El País’ de Madrid, ha reconocido recientemente que las ciudades agravan la patología de la obesidad.

“Las ciudades están diseñadas de tal forma que son una jaula de sedentarismo”, ha dicho en referencia, entro otros factores, a la falta de lugares seguros para jugar, caminar o andar en bicicleta.

Según la funcionaria, el concepto de “ciudad saludable”, acuñado hace tiempo por la OMS, parece ser insuficiente para dar cuenta de los problemas que entraña la relación entre urbanismo y salud.

“Ahora mismo este concepto tiene que ir un poco más allá, tenemos que hablar de polución, de transporte sostenible, de parques, de zonas verdes con producción de alimentos, de pasillos para que la gente pueda caminar y tenemos que hablar de edificios pensando en la salud”, sostiene Neira.

Atacar la polución ambiental, según dijo, debe ocupar el centro de atención de cualquier política urbanística. Y al respecto indicó que el aire que respiramos se está convirtiendo, junto a la obesidad, en los peores enemigos de la salud.

“La obesidad –aclaró– nos lleva a un síndrome metabólico que hace que enfermedades como la diabetes y cardiovasculares estén más presentes. La exposición al aire contaminado representa siete millones de muertes al año”.

Neira postuló que en los países nórdicos, de alto desarrollo humano y económico, los habitantes tienen incorporado el concepto de que la salud se juega en la interacción con el entorno y determinada prácticas sociales.

“En Estocolmo, por ejemplo, los ciudadanos consideran que una persona joven que se desplaza en coche, por muy pudiente que sea, es un pobre diablo”, ejemplificó la especialista.

En su opinión, cuanto más nivel intelectual, social y económico tiene los miembros de una comunidad, más se practican políticas ambientalistas y se contribuye a nivel individual a no generar contaminación.

Bajo este concepto, Neira argumenta que la construcción de una ciudad saludable no requiere más recursos sino más compromiso social. Y sobre todo una autoridad que comprenda lo que está en juego.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 25/01/2015 en Uncategorized

 

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La economía como sensación colectiva

El consumo suele marcar el ritmo de la felicidad colectiva. De hecho los modelos económicos en Argentina gozaron de predicamento popular en épocas de “plata dulce”.

La cosa es más sensitiva y materialista de lo que se piensa. Los consensos sociales y políticos se obtienen en razón de esos momentos donde la mayoría de la población puede gastar dinero.

Los militares en la Argentina fueron tolerados mientras funcionó una economía centrada en el consumo. Los historiadores hablan de las delicias de la “tablita” de Martínez de Hoz (devaluación pautada por debajo de la inflación)

El esquema consistió en abaratar artificialmente el dólar (atraso cambiario), con el consiguiente consumo de productos baratos y de viajes al exterior; un dispositivo que enamoraría después a gobiernos democráticos.

El artificio tenía la virtud de comprar un presente de bienestar pero al alto costo de comprometer toda la producción del país, que por el atraso cambiario se hundió en recesión.

El final de la historia se conoce: los efectos nocivos de la tablita se hicieron sentir después, con estallidos devaluatorios, estando otros funcionarios al frente de la economía del país.

No hay nada reprochable en que la gente quiera mejorar su bienestar. Y de hecho muchas personas cifran su dicha en el hecho de cambiar el auto, comprar un artefacto eléctrico, mudarse a una casa mejor o poder irse de vacaciones.

El problema es si esta “economía de la felicidad” es consistente con la economía productiva de un país, o si se trata de una prosperidad artificial.

Se ha dicho que los argentinos quieren consumir como los alemanes, pero no desean trabajar como ellos. La afirmación sugiere que el bienestar es producto del trabajo y de la producción, y no de cualquier otra alquimia.

Sin embargo plantea también que es posible el “atajo”, que se pueden crear modelos que estimulen artificialmente el consumo, sin reflejar la verdadera productividad del país.

Estos modelos tienen la virtud de disimular su inconsistencia. Ocultan o maquillan desequilibrios macroeconómicos mayúsculos, gracias a los momentos de auge momentáneos de consumo.

Suelen arrojar una imagen contradictoria en la cual las altas tasas de consumo (por ejemplo en comercios y shoppings) coexisten con caídas de la producción y de las exportaciones (derrumbe de las economías regionales).

Pero estos modelos, aunque inconsistentes, traen bienestar emocional y suelen ser plebiscitados electoralmente. Es que la opinión general se mueve en función de la sensación de plenitud que arroja el consumo.

Los gobiernos son afectos a este tipo de sensaciones colectivas de bienestar, porque suelen garantizar triunfos electorales. Se ha querido ver en la economía de los ‘90, al respecto, un emblema de esta estrategia.

La convertibilidad con cambio fijo (y atraso cambiario) se financió con endeudamiento. Hasta que el modelo, que tuvo su boom de consumo, se agotó y le estalló a otro gobierno.

Es llamativo ver cómo la dinámica económica tiene su propia lógica, independiente de la autoridad política. En Argentina es común que a los desaguisados económicos los pague otra administración.

Aquí las crisis, como las enfermedades y los desastres naturales, se incuban mucho antes, justo cuando todo parecía estar bien. En economía se puede hacer cualquier cosa, menos evitar las consecuencias, decía Keynes.

Por lo general las sociedades, proclives a medir su felicidad por el ritmo del consumo, ignoran los males de las economías inconsistentes, que acumulan desequilibrios a lo largo de los años.

 

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Publicado por en 25/01/2015 en Uncategorized

 

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Cuando el malestar es síntoma de salud

No siempre sentirse mal o agobiado es signo de enfermedad. A veces puede ser un síntoma de que se está vivo y alerta.

A los males físicos, obviamente, hay que tratarlos. Porque por lo general revelan que el cuerpo no funciona normalmente, y entonces peligra la vida. ¿Pero qué decir de la inquietud psicológica, o del malestar mental?

La sensación de desasosiego  espiritual, para muchos un mal de época, acaso en lugar de expresar un desarreglo interno de las personas, al que hay que curar lo antes posible, podría ser por el contrario un signo de salud mental.

Esa es la tesis de la escritora y reportera brasileña Eliane Brum, quien en un reciente escrito en el diario ‘El País’ de Madrid hizo una suerte de elogio del malestar afirmando que, dado el mundo en el cual vivimos, no hay razones objetivas para estar satisfechos.

Brum despotrica contra la literatura de “autoayuda” y toda la cultura del bienestar psicológico que estigmatiza el hecho de sentirse mal, y que decreta a su vez como patológica toda discrepancia ante lo que ocurre.

Y esto como si el hombre fuese un animal esencialmente satisfecho y hubiera que conducirlo, llegado el caso a través de la medicación psiquiátrica, a una actitud complaciente ante la vida, básicamente indolente.

“Cuando la gente dice sentirse mal, que le resulta cada vez más difícil levantarse de la cama por la mañana, que se pasa el día colérica o con ganas de llorar, que sufre de ansiedad y que por la noche le cuesta dormir, no me parece que esté enferma o exprese anomalía alguna”, refiere la escritora.

Sentirse mal puede ser una señal de excelente salud mental, argumenta. Por el contrario, “el que está feliz y saltarín, como un borrego de dibujos animados, es que tal vez tenga serios problemas”.

En realidad, “por gente así deberían sonar las sirenas y movilizarse los psiquiatras maníacos de la medicación, no dándoles pastillas sino rodillazos tipo ‘despierta y entérate’”.

Sería necesario estar totalmente desconectado de la realidad para no sentirse afectado por una humanidad que, según Brum, marcha a la deriva en muchos aspectos.

En un contexto así, los “felices y saltarines” serían más bien los alienados mentales de nuestro tiempo, es decir sujetos que prefieren estar emocionalmente anestesiados.

Los psicofármacos en la sociedad contemporánea hacen las veces de las pastillitas de la felicidad. No es casual que se haya extendido el uso de estos medicamentos para tolerar las contradicciones de la vida.

Hay medicamentes psíquicos para dormir, para despertar, para encontrarse menos ansiosos, para llorar menos, para conseguir trabajar, para ser “productivos”, y demás.

Brum percibe una tendencia moderna a hospitalizar la vida, cree que una visión sanitarista de la existencia se yergue en todos lados con el propósito de neutralizar la pandemia de malestar.

Pero este fenómeno mental, dice, no es un virus, un algo que fuera imperioso silenciar, sino todo lo contrario.

“Defiendo el malestar –el suyo, el mío, el nuestro– como aquello que desde las cavernas nos mantiene vivos e hizo del Homo Sapiens una especie altamente adaptada, aunque destructiva y, en los últimos siglos, también autodestructiva”, reflexionó.

Según la escritora, “el malestar es lo que nos avisa de que algo va mal y que hay que cambiarlo. No como un acto fácil, una regla de autoayuda, sino como un cambio de posición”.

 

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Publicado por en 25/01/2015 en Uncategorized

 

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Los que triunfan en la sociedad del éxito

En sociedades ultracompetitivas, que miden el éxito por la capacidad de lucrar y de encumbrarse en esferas de poder, suelen ganar los crueles, inconsiderados e impiadosos.

Intelecto frío y calculador, instinto poderoso para dominar y escaso desarrollo de la afectividad. En la literatura universal ese es el identikit de los llamados popularmente “hombres sin corazón”.

Aunque moralmente esas características psicológicas pueden ser las de un “perverso”, de un sujeto “malvado”, para la psiquiatría moderna se trataría de alguien que padece un “desorden de la personalidad”.

“Sociópata”, así se llama a los individuos fríamente destructores, calculadamente manipuladores y enemigos de la sociedad. Por estas “cualidades”, alguien puede ser un asesino serial u ocupar lugares encumbrados de la sociedad, ya sea como jefe de Estado o ejecutivo de corporaciones económicas.

Como sus emociones están completamente ausentes, y están desprovistas de cualquier remordimiento, estas personas son capaces de todo (o casi). Y echan mano a su astucia y arrogancia, pero también a la crueldad, para conseguir lo que se proponen.

En las sociedades contemporáneas, donde el éxito se mide por el mayor acceso al poder, la riqueza y el prestigio, los sociópatas reúnen las condiciones para triunfar.

“Los sociópatas son el engranaje que hace girar el mundo contemporáneo”. Eso dice M.E. Thomas, aunque ése es el seudónimo de una mujer norteamericana que se ha hecho célebre con un ensayo autobiográfico, titulado “Confesiones de una sociópata” (“Confessions of a Sociopath”, en inglés.)

Thomas describe en primera persona el problema de ser una abogada con un curriculum prestigioso, profesora universitaria y sociópata de tiempo completo.

Su tesis de fondo es que pese a este “trastorno de personalidad”, los sociópatas como ella, habitualmente se encuentran en lo más alto de la escala social, dirigiendo empresas de éxito, tomando decisiones políticas o formando a las futuras élites en las mejores universidades.

Como son buenos manipuladores, estos individuos se las ingenian para aparentar la imagen de alguien “normal” por fuera. No sólo eso, suelen ser “encantadores”, unos artistas que fascinan a los demás.

“Es difícil identificarnos porque caemos bien a la gente que nos rodea, nos casamos, tenemos hijos y hacemos vida en sociedad con normalidad”, dice Thomas, quien sostiene que una de las grandes cualidades del sociópata es su capacidad para mentir si puede salir beneficiado con ello.

El personaje sorprende al lector al describirse como una profesora de Derecho, una feligresa mormona que paga sus diezmos a la iglesia y enseña en la escuela dominical.

La académica confiesa el secreto de su éxito profesional y social, al declararse sociópata. “Indudablemente –dice– nuestros condicionantes psicológicos se adaptan a la perfección a las exigencias de la sociedad actual para alcanzar el éxito: las emociones no dictan nuestras decisiones, no tenemos desarrollado el sentimiento de culpabilidad ni de amoralidad y, lo que es más importante, actuamos siempre en base a un detallado análisis del coste-beneficio”.

Fríos, manipuladores y crueles, especialmente dotados para la venganza,  aunque puedan ser vistos como adorables, inteligentes, audaces e incluso imprescindibles, los sociópatas se revelan como una especie triunfadora.

Se diría que llevan la delantera en la sociedad darwiniana, amoral y competitiva, donde lo que vale es la supervivencia del “más apto”.

 

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Publicado por en 20/01/2015 en Uncategorized

 

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