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La obsesión por la opinión pública

28 Ago

No hay nada permanente en la opinión pública, toda vez que es voluble, esquiva y suele ser más emocional que racional. Pero en los sistemas democráticos, conocerla y sintonizar con ella da poder.

Nicolás Maquiavelo (1469-1525), en ‘El Príncipe’, se preocupa por aconsejar a los gobernantes acerca de la importancia de lo que piensa el “vulgo”, aquellos que se “guían por las apariencias”.

Aquí la opinión del súbdito no es valorada sino más bien despreciada. Pero según Maquiavelo hay que conocer la imagen que éste espera de su gobernante y, simplemente, “ofrecérsela”.

De esta manera, el inventor de la ciencia política moderna esboza ya una teoría de la persuasión para tener el favor de la opinión popular.

“Los hombres son tan simples, y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar”, dice Maquiavelo al dejar sentado que la manipulación política no sólo es posible sino deseable.

Todos aquellos que sostienen que la opinión pública se equivoca o puede ser engañada suscriben de algún modo la subestimación maquiavélica del fenómeno popular.

Se entiende entonces el interés político por querer influir en la opinión pública, que en las sociedades democráticas se convierte en un terreno estratégico para la lucha por el poder, toda vez que es el voto de la mayoría el que decide quiénes gobiernan.

El filósofo de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno, cansado de ver cómo la gente se “aliena” en la sociedad industrial (según él), llegó a escribir: “No es que las personas se traguen el cuento, como se suele decir (…) es que desean que les engañen”.

La palabra demagogia en política tiene carta de ciudadanía, y para cierta tradición equivale a la degradación de la actividad. El demagogo es aquel que “dice lo que la gente quiere escuchar”.

Aquí la clave pasaría por halagar todo el tiempo a la opinión pública, excitando sus pasiones. Los políticos caerían en actitud demagógica cuando para conquistar el favor popular hacen promesas que saben falsas o inalcanzables.

Sin embargo, ¿cómo es posible hacer política (ayer y hoy) sin conectar afectivamente con la opinión pública? ¿Es razonable querer ganar una elección situándose al margen, e incluso en contra, de lo que piensa y siente la mayoría?

Hay quienes creen que la política en democracia no equivale necesariamente a demagogia, señalando que hay una diferencia entre conectar con el público votante y decirle lo que quiere escuchar.

Hay que explicarle a la gente la verdad”, rezan aquellos que sostienen que es posible, aún en campaña electoral, hablarle a la gente sin fingimiento ni cinismo, sino con sinceridad.

Por otra parte, cabría especular que el discurso político tiene los límites que impone la realidad. El proceso de formación de la opinión pública, en este sentido, no dependería exclusivamente del relato sino de la experiencia directa de las personas.

De tal suerte, las cuestiones existenciales de los votantes se revelarían como un factor determinante a la hora de evaluar la influencia, por ejemplo, de la propaganda política.

En Argentina, en tanto, hay estudiosos de la opinión pública que aseguran que los votantes no son tan sensibles a las cuestiones éticas de sus gobernantes. En otras palabras: las denuncias contra la corrupción no ganan elecciones.

Los motivos serían más pedestres. “La gente vota básicamente por razones económicas; eso es lo que normalmente define una elección”, dice al respecto el sociólogo  Eduardo Fidanza.

 

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 28/08/2014 en Uncategorized

 

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