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Archivos Mensuales: octubre 2011

La soja y una nueva división internacional del trabajo

Cada país debe dedicarse a aquella actividad en la que es más eficiente, aconsejaba el célebre economista David Ricardo. No es casual, a propósito, que Argentina y la región produzcan el 52% de la soja a nivel mundial.
David Ricardo (1722-1823) fue un ilustre representante inglés de la “ciencia económica clásica”. Junto con su compatriota Adam Smith esbozó los principios teóricos del liberalismo económico.
Por entonces Inglaterra despuntaba como potencia industrial hegemónica. Agente de bolsa londinense y por tanto conocedor como pocos de los intereses de la burguesía de su país, Ricardo sabía de lo que hablaba.
Su teoría del intercambio internacional, basada en las ventajas comparativas, se diría que legitimó la aspiración mundial de gran factoría de Inglaterra, al tiempo que prestó servicio a sus industriales en la disputa doméstica con los terratenientes.
Según Ricardo hay naciones que tienen facilidad para producir tal o cual producto. Y estaba claro que el destino manifiesto de la isla era ser metrópoli global de la manufactura.
Era muy costoso para un país, que no fuera Gran Bretaña, armarse de una industria textil, del mismo modo que era costoso para los líderes del capitalismo producir granos que podían importar de sus colonias u otros lados.
Es decir Gran Bretaña –de acuerdo a Ricardo- sería un centro productor de manufactura que cambiaría por alimentos producidos en ultramar. Esta lógica, que finalmente impuso, colisionó con los intereses de los dueños de la tierra.
Dado que los salarios de los obreros industriales están determinados por la posibilidad de poder alimentarse, se imponía mantener a la baja los precios agrícolas.
La legislación inglesa en 1831 se hizo eco del reclamo ricardiano: las aduanas dejaron de cobrar tasas al ingreso de granos a Gran Bretaña, favoreciendo así su importación.
Se ha dicho, al respecto, que el llamado modelo “agro exportador” argentino, vigente en la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX, se ajustó a este esquema de división internacional de trabajo.
Ahora bien, el actual sistema de comercio internacional, ¿no es una reedición de la lógica de Ricardo, aunque ahora el papel hegemónico lo tengan China y Asia, adonde han migrado las grandes firmas trasnacionales, constituyendo allí la nueva factoría capitalista global?
El esquema, se sabe, se completa con los proveedores de alimentos y energía. Y este es el rol que se les habría asignado a Argentina y la región (las cuales, al parecer, siguen haciendo lo que mejor saben).
Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, producen juntos el 52% de la soja a nivel mundial (ronda los 136 millones de toneladas). El Mercosur, así, se parece a la poderosa OPEP (Organización de Países Productores de Petróleo) pero con otro commoditie.
¿Por qué China e India demandan tanta soja? Porque en las últimas décadas, tras sumarse resueltamente al capitalismo, crearon una masiva clase media.
Dicha clase media es sinónimo –en términos dietéticos- de consumo de proteínas (carnes). Pero a su vez el insumo fundamental de la producción de carnes es la soja.
“La ecuación de esta tendencia central de la producción agroalimentaria mundial se formula así: clase media global (China, India) = consumo de carnes = soja”, resume el analista Jorge Castro.
David Ricardo, que vivió en los albores de la revolución industrial, quizá nunca se imaginó que su teoría de la división internacional del trabajo tendría tan larga vida.
A juzgar por el actual comercio mundial –y por cómo funcionan los mercados de gran tamaño- conviene por lo pronto releerlo.

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 16/10/2011 en Uncategorized

 

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El enojo y como lidiar con las frustraciones

El acto de enojarse es natural y humano. Pero sin control puede convertirse en una emoción destructiva. ¿Será cierto que los argentinos hemos hecho del enojo una cultura?
En la casa, en la escuela, en la calle, en el trabajo. Donde uno observe atentamente se topará con alguien que está enojado por algo. Y nosotros mismos debemos lidiar con esta emoción fuerte.
Los motivos siempre sobran: la humedad, el tránsito, la plata que no alcanza, la presencia indeseada del otro, la marcha del país y del mundo, la envidia. Las cosas que molestan, que “sacan de quicio”, son variopintas.
En el diccionario se lee esta definición de enojo: “movimiento del ánimo que, como resultado de algo que nos contraría o perjudica, nos dispone contra una persona o cosa”.
¿Es posible que estemos exasperados sin saber por qué? Al parecer esto es muy corriente; es decir nos cuesta identificar el motivo de nuestro enfado, aunque sospechamos detrás un sufrimiento, una amenaza o un peligro.
Por otra parte, si cualquier cosa que se coloca como límite al deseo, si lo que ocurre no condice con lo que esperamos que suceda, es causal de enojo, habrá que concluir entonces que la vida en sí misma es enojosa.
Baja tolerancia, por tanto, a la frustración. ¿Pero es que acaso la vida tiene que plegarse automáticamente a nuestro deseo, como si fuésemos el centro del mundo? ¿De quién se puede decir que las cosas le ocurren según sus necesidades y creencias?
¿Dónde está aquel al cual nada la molesta? ¿No será pedir un imposible que cuanto sucede, en nuestra propia vida y en el entorno, debe colocarse en línea con nuestro querer?
Hay razones para sospechar que el enojo está íntimamente relacionado con nuestras expectativas, con aquellas exigencias que le planteamos a la realidad. ¿Será que una manera de regular el enojo consiste en regular las expectativas?
El enojo no sólo es una reacción natural. Aunque la psique y el cuerpo alcancen una tensión desacostumbrada, a modo de reacción defensiva, no deja de tener un costado positivo.
Es una emoción que muchas veces puede ser el motor que permite avanzar hacia una meta. Puede convertirse en una fuerza o una energía necesaria para lograr un cometido.
Se sabe, por otro lado, que la imposibilidad de controlar la ira es mala contra la salud física y psíquica de las personas. La bronca sin control, surgida de una frustración intolerable, puede desgastar y destruir a quien la padece y su entorno.
Por otra parte, la literatura psiquiátrica enseña que detrás de una persona colérica e irascible, se puede esconder un cuadro depresivo severo. Aquel que insulta por todo, y nade la viene bien, podría estar manifestando un estado anímico de abatimiento.
¿Los argentinos nos enfadamos más de la cuenta? ¿Tenemos un carácter colectivo quejoso? La doctora en filosofía Esther Díaz cree que sí y esto se echa de ver, opina, en la crítica permanente.
“Ejercemos la crítica de una manera cruel. Hasta nos quejamos del tiempo cuando no encontramos otro motivo mejor calificado para enojarse”, dice. Según su óptica, todo lo que escapa a nuestro parecer, lo que no responde a nuestras necesidades, es blanco de crítica y enojo.
En este sentido, parecería haber una tendencia cultural a notar los defectos y los vicios de los demás y no los propios. “Creo que quienes tienen autocrítica se enojan menos”, sostiene al respecto Esther Díaz.
Como sea, ya el Evangelio moraliza sobre los que ven la paja en el ojo del vecino y no ven la viga en el suyo. No verse a sí mismo, pero criticar severamente a los demás, es una inclinación muy humana.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 16/10/2011 en Uncategorized

 

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Las visiones sombrías que alienta la demografía

Mientras unos piensan que somos muchos y que los recursos naturales no dan abasto, otros especulan que ante la baja tasa de natalidad la raza humana corre riesgo de extinguirse.
Aunque contradictorias, ambas visiones tienen un denominador común: una imagen catastrófica de la especie. Veamos. El historiador Paul Kennedy, de la Universidad de Yale, se muestra horrorizado por el excedente poblacional.
“Cada vez somos más y esa es nuestra verdadera tragedia”, reza un artículo suyo aparecido en Clarín (31/07/2011). Al entrar en el siglo XXI, había 6.000 millones de personas, pero ahora la ONU dice que estamos cerca de los 7.000 millones.
“Se trata de cifras que ya asustan”, dice el historiador norteamericano. Y esto sobre todo si se las proyecta. Al respecto se habla de que para 2050 la población humana rondará unos 9.000 millones de personas.
“Pero la nueva proyección, que indica que la población total del planeta será de 10.000 millones para 2100 (vale decir, que no habrá una estabilización a mediados de siglo) es verdaderamente aterradora”, declara Kennedy.
Sobre el particular, se pregunta si habrá reservas de alimentos suficientes para sustentar la necesidad de tantas personas. En su opinión, el precio de esos bienes tiende a aumentar. ¿Quién podrá pagarlos, entonces?, inquiere Kennedy.
No se presta atención, por otra parte, a las reservas de agua dulce del mundo. Es muy probable, dice, que éste sea el indicador clave de la situación de los países a medida que se desarrolle el siglo actual.
Se diría que Kennedy suscribe la filosofía la filosofía demográfica de Thomas R. Malthus (1776-1835), el economista y profesor que hizo célebre el temor por el crecimiento poblacional.
Malthus decía que el capitalismo triunfante (pleno desarrollo de la Revolución Industrial) encontraba un escollo: el exceso de población. Según sus cálculos, si la población seguía creciendo al ritmo en que lo hacía, en breve lapso se acabarían las fuentes de alimento disponibles.
El economista veía con espanto el hecho de que una familia de obreros, en la época heroica del capitalismo, estaba compuesta por una docena de hijos. En su opinión eso era insostenible.
Ahora bien, hace poco trascendió un informe de la revista británica The Economist igual de sombrío para la raza humana, pero cuyas conclusiones son diametralmente opuestas a las que atemorizan a Kennedy.
Aquí de lo que están horrorizados es de cómo viene cayendo la tasa de fertilidad y de la denominada “huelga de matrimonio”. El primer riesgo, se indica, es la extinción de las mujeres y la consecuente extinción de la humanidad.
El diagnóstico es el que sigue: al parecer las mujeres le han declarado la guerra al matrimonio, al optar por la vida de solteras. Y las que optan por procrear, tienen pocos hijos.
El dato demográfico de fondo, por tanto, es que la no procreación está en alza. Según datos de las Naciones Unidas (UN), en 83 países las mujeres no tienen suficientes hijas para reemplazar a la generación anterior.
De continuar esta tendencia, se teme por una extinción de la humanidad a causa de la falta de mujeres. Se cree que sólo se necesitarían 25 generaciones para que la población femenina dejara de existir.
En suma, a esta altura cabría preguntarse: ¿hay que preocuparse porque ya somos muchos y no habrá alimentos para tantos, como sugiere Kennedy, o hay que temer por la falta de mujeres, como postula The Economist?
Al parecer, en demografía también rige aquello de “todo depende del cristal con que se mire”.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 16/10/2011 en Uncategorized

 

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El dilema de qué hacer con la basura electrónica

Los chiches de las nuevas tecnologías se vuelven obsoletos en tiempo récord. Pero con el descarte veloz estamos creando un problema ambiental. Porque los compuestos tóxicos de esos aparatos permanecen.
Es la contracara del consumo: el costo ambiental por no saber qué hacer con los artículos que se tiran. La cuestión es más dramática con los que produce la industria electrónica, que necesita materiales como cadmio, mercurio y plomo.
Entre 2002 y 2010, la venta de productos electrónicos en Argentina aumentó el 891 por ciento, según la consultora Euromonitor Internacional. Hay un frenesí por computadores, impresoras, celulares, televisores, multiprocesadores y demás.
Además se sabe que los electrodomésticos cada vez duran menos. Los fabricantes les acortan deliberadamente la vida útil, para incentivar el consumo. A esto se le llama “obsolescencia programada”.
Pero después está la “obsolescencia percibida”, es decir cuando el producto sigue siendo útil, pero el consumidor percibe que ya pasó de moda y lo cambia por otro nuevo.
El dato más inquietante es que de las 100.000 toneladas de aparatos electrónicos que se descartan por año en Argentina, sólo se recicla aproximadamente el 2 por ciento, según Greenpeace.
Con respecto a las computadoras, se calcula que en el país se descartan más de un millón. En cuanto a los celulares, en los últimos dos años se desecharon casi 10 millones.
Lo demás termina en la bolsa de basura, en la vereda, en services o acopiados en roperos, garajes y oficinas públicas y privadas. Hoy, en el país, en una casa de una familia tipo pueden contabilizarse unos 50 aparatos o dispositivos eléctricos o electrónicos.
Ese es el cálculo de Gustavo Protomastro, director de Escrap, una red de operadores de residuos que promueve el uso sustentable de los aparatos electrónicos.
De ese total, se desechan unos 10 Kg. por año, es decir unos 3 por habitante, y cuyo mayor peligro son los componentes altamente contaminantes que poseen, como mercurio, cadmio, bromo, selenio y plomo.
“La venta como segunda mano ha caído notablemente a la par del ciclo de vida de esos aparatos. Entre el 30 y el 40% de lo que va a la basura termina contaminando suelos y rellenos sanitarios; lo que se deja en la vereda es recuperado por cartoneros o chatarreros en busca de sus metales, pero también se desechan”, explicó al diario La Nación.
Y agregó: “Más del 50% queda acopiado en casas y una pequeña fracción llega en la actualidad a plantas, debidamente, para ser reciclada. De 120.000 toneladas anuales, no más de 10.000 se reciclan en plantas habilitadas”.
Se considera que el Estado debe cumplir un papel en esto, regulando la producción e incentivando a las empresas para que se vuelvan sustentables. En mayo de este año, el Senado de la Nación aprobó el proyecto que promueve la responsabilidad del fabricante hasta el destino final del producto.
Hoy el proyecto espera su aprobación en la Cámara de Diputados. Lo que está en juego es qué hacer con las 100.000 toneladas de basura electrónica que se generan por año en el país.
Los expertos en sustentabilidad aseguran que llegó el momento de consumir con conciencia ecológica. Pero aclaran que hace falta un cambio profundo en el nivel individual, y que las empresas asuman un compromiso social para producir responsablemente, y los gobiernos se comprometan con esta causa.
Consideran que hay que equilibrar consumo, ambiente y salud con el diseño de productos duraderos, con menos materiales peligrosos y minimizando los desecho a través del reciclado.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 16/10/2011 en Uncategorized

 

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Globales, en las buenas y en las malas

Frente al discurso autarquista que pretende instalar la idea de que la economía argentina se basta a sí misma, la realidad sugiere que marcha al ritmo de la globalización.
Según ese discurso, cuando las cosas van bien, las virtudes son del modelo autóctono. Cuando el crecimiento se detiene, la culpa la tiene el mundo hostil.
Es un argumento débil. Porque en cualquier caso, suponiendo que Argentina pudiese vivir de lo propio, no se entiende por qué entonces puede verse afectada desde afuera.
Es lo que pasó en 2009, cuando Argentina padeció un severo bajón económico, tras un ciclo ininterrumpido de crecimiento (una circunstancia que determinó una derrota electoral del oficialismo, en las elecciones legislativas de ese año).
Si el modelo no dependía básicamente de los factores externos y era inmune entonces a cuanto ocurriese tras sus fronteras, ¿por qué derrapó en esa ocasión?
¿Por qué hubo un parate productivo que obligó al Estado a salir a subsidiar el empleo privado? ¿No fue ese año en que el gobierno, jaqueado por el déficit en las cuentas pública, consiguió hacerse de recursos estatizando las AFJPs?
De repente el esquema de “vivir con lo propio” desnudó en 2009 su dependencia con dos factores de la globalización: los precios de las materias primas y Brasil.
Entonces las exportaciones industriales al país carioca, por ejemplo, se derrumbaron un 30%, mientras se desplomó el valor de los commodities, piedra de toque de la canasta exportadora argentina.
¿Qué pasaba? Pues en 2008 tembló el capitalismo con la caída de Lehman Brothers. Los países centrales sufrieron entonces un cimbronazo, cuyos coletazos todavía se sienten.
A partir de la caída de ese banco las cotizaciones globales de la soja y del maíz se redujeron aproximadamente un 40% en sólo cinco meses y recién pudieron retomar sus valores pre-crisis a finales de 2010.
¿Cuál es el cuadro del último tiempo? Mientras el mundo rico ha seguido en problemas, toda Latinoamérica ha venido creciendo a buen ritmo, a partir de que China y Asia, adonde se trasladó la factoría capitalista, demandan materias primas.
Con una soja transgénica superando los 500 dólares la tonelada –el poroto es utilizado como forraje para alimentar los animales que integran la dieta de la nueva clase media asiática- y un Brasil creciendo a todo vapor, Argentina goza un contexto internacional excepcional.
Sin embargo, ahora han vuelto los temores locales por un posible freno de estos dos motores del crecimiento. ¿El motivo? La alta volatilidad provocada por la crisis de deuda que azota a Europa y Estados Unidos.
El fantasma de una posible recesión mundial golpea a todos los mercados, confirmando que en la globalización cualquier epidemia se convierte en pandemia.
En estas últimas semanas, la Bolsa de Buenos Aires ha sufrido millonarias pérdidas, el riesgo país superó en 1.000 puntos, los ahorristas se han volcado masivamente al dólar, al tiempo que se desplomaron los bonos emitidos por el gobierno argentino.
El titular de Unión Industrial Argentina (UIA), Ignacio de Mendiguren, acaba de abrir el paraguas. “La Argentina no está blindada frente a la crisis” y “el problema lo empezamos a tener en casa”, ha dicho.
En declaraciones a la prensa, teorizó: “Cuando caen los niveles de demanda, caen los precios que para nosotros son muy importantes, los de los commodities, la materia prima”.
Pero más allá de lo que pueda pasar con el precio de la soja, “el peor escenario para nosotros sería que Brasil deje de crecer”, advirtió.
Los datos sugieren que estamos atados a la suerte de la globalización. En las buenas y en las malas.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 09/10/2011 en Uncategorized

 

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Qué está colapsada: ¿la economía o la tierra?

Mientras los ecologistas sostienen que ya no es posible sostener el actual nivel de consumo, y piden “decrecimiento”, en el mundo rico los “indignados” parecen no querer perder su tren de vida.
Es una curiosa sensación de época: el horror ecológico parece haberse trastocado en horror económico. Al menos en los países centrales, donde la gente teme más a la recesión que a la polución.
El movimiento de los “indignados” es visto, más allá de los discursos, como la expresión de una generación de jóvenes atemorizados por la caída del confort de que disfrutaron sus padres.
Le llaman “la crisis del estado de bienestar”. Seguramente muchos de esos jóvenes hasta acá venían preocupados por la crisis ecológica provocada por el sistema económico.
Ahora ante el desempleo y el recorte de los beneficios sociales del Estado, ante la perspectiva de un futuro de frugalidad material, sólo piensan en cómo hacer que vuelva la edad de oro del bienestar.
No parecen, por tanto, deseosos de cambiar de vida, abandonando así la confortable existencia burguesa de la sociedad opulenta. Su pataleo ante los políticos y banqueros reflejaría la angustia de ya no ser.
El punto es que tanto en Estados Unidos como en Europa, afectados por la malaria económica, no parece seducir la consigna de frenar el crecimiento para darle respiro al planeta.
La obsesión ahora es el empleo y su escasez, con la idea fija de no perder el nivel de vida atado al consumo. Y para ello, la clave pasa por hacer que la máquina económica recupere su anterior ritmo febril.
Mientras tanto, los ecologistas siguen advirtiendo que justamente esa máquina es inviable, en el sentido de que su lógica conduce a una catástrofe inevitable.
La idea central es que, más allá de la actual crisis del capitalismo en los países centrales, los seres humanos venimos consumiendo más recursos naturales de lo que la Tierra genera.
El razonamiento aparece en el último editorial de la página EcoPortal.net -un prestigioso sitio donde se debaten temas de ambiente y sociedad- bajo la firma de su director Ricardo Natalichio.
“Venimos gastando a cuenta, depredando recursos naturales de forma insustentable y hasta el agotamiento”, refiere en alusión a los recursos pesqueros, a los nutrientes del suelo, al oxígeno y al agua potable.
Al respecto, cita un estudio de Global Footprint Network (GEN), una organización de investigación medioambiental, quien acaba de anunciar que ya se consumió el presupuesto de recursos naturales para el presente año.
A partir de hoy y hasta el 31 de diciembre se está generando, de esta forma, “deuda ecológica”, en virtud de la sobreexplotación de los recursos a que conduce la actual economía.
Mientras los titulares de los diarios del mundo nos anotician de los quebrantos fiscales de los Estados, y de la bomba de su sobreendeudamiento, más el pánico de los mercados financieros, nadie parece anoticiarse, nos dice Natalichio, del pasivo ambiental.
“Es una economía estúpida la que han creado, estúpida y suicida”, afirma al quejarse de que la crisis en realidad está en otro lado. El apetito “ilimitado” por los objetos, sugiere, choca desde hace tiempo contra los “límites” del planeta.
Ahí está la contradicción sistémica, inédita por otra parte, a que ha conducido la sociedad de consumo, y que la opinión pública mundial, obsesionada por el fantasma de la recesión, pretende hoy sobre todo ignorar, clama el ecologista.
¿Qué esta colapsada: la economía o la tierra? ¿Cuál es la verdadera crisis que afecta al mundo? ¿Qué debería indignarnos?

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 09/10/2011 en Uncategorized

 

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Entre Ríos ¿pasa la prueba desarrollista?

¿Refleja la estructura productiva de la provincia la ideología industrialista dominante? ¿Se ajusta al paradigma neo-desarrollista que impugna la estrategia de producción primaria?
Conviene poner el tópico en contexto. Podrá haber diferencia de matices, pero el núcleo del pensamiento económico de la elite gobernante en Argentina es el mismo.
Hay un amplio consenso dirigencial en favor de la opción industrialista, supuestamente resistida por las fuerzas de la reacción “oligárquica”, anclada a una visión pastoril del país.
“Dime que exportas y te diré quién eres”. Este axioma repetían los economistas de los ‘70 enrolados en la escuela de la CEPAL, de cuño industrialista, para impugnar el “modelo agro-exportador”.
Es decir, el contenido de las mercaderías de exportación refleja exactamente el grado de desarrollo de las fuerzas productivas de una economía.
Si las manufacturas industriales lideran la exportación, estamos en presencia entonces de una economía industrializada. Si lo que se vende, en cambio, es trigo y carne, la economía es pastoril y atrasada.
Si hubiese que someter la economía de Entre Ríos a este test desarrollista, ¿qué conclusión se sacaría? O mejor: tras una década de dólar alto y de subsidio cambiario a la industria local, ¿los entrerrianos exportamos manufacturas?
Un informe de 2010 realizado por la Fundación ExportAr y el gobierno de Entre Ríos, al que se puede acceder en la Web, nos da una pista. Allí se dice, por ejemplo, que la economía entrerriana exportó US$1.000 millones en los primeros 10 meses de 2010, lo que equivale al 1,7% del total del país.
Pero la clave está en la “composición” de las ventas. “Hay una relativa concentración de la estructura de productos exportados por la provincia de Entre Ríos: el 80% de las ventas se reparten entre 5 productos”, se lee.
¿Cuáles son estos productos? Pues: carnes, cereales, semillas y frutos oleagionosos, frutas frescas, y algo de manufacturas de origen agropecuario. “De estos productos –dice el informe de carácter oficial- 3 inciden en mayor grado en las ventas y explican las dos terceras partes de las exportaciones provinciales: carnes (22,8%), cereales (21,4%), semillas y frutos oleaginosos (20,1%)”.
Por otro lado, Entre Ríos en todo este tiempo no ha escapado al destino reservado a la Argentina como proveedor de forraje a gran escala, según manda la actual división internacional del trabajo.
La impresionante escalada mundial en el precio de la soja transgénica, motorizado por las demandas de China y Asia, se ha venido reflejando en el campo entrerriano estos años.
“Los envíos de poroto de soja alcanzaron 179,5 millones de dólares (en los primeros diez meses de 2010) y se posicionaron como los principales productos comercializados por Entre Ríos con una incidencia del 18,7%”, refieren la Fundación ExportAr y el gobierno provincial.
Según el informe, hay 16 productos que traccionan el 94,9% de la exportación entrerriana, los cuales a su vez “contribuyen en forma mayoritaria al PBG (Producto Bruto Geográfico) y al empleo provincial”, siguiendo aquella lógica de dime qué exportas y te diré cuál es tu estructura productiva interna.
Esos artículos involucran estas cadenas: soja, trigo, maíz, arroz, lácteos, citrus, arándanos, avícola, ganadería, porcina, apícola, horticultura, pesca y psicultura, foresto-industrial.
Ahora bien, ¿dónde está la industria manufacturera en este conjunto? ¿Cuál es la contribución de ese sector dinámico, según el pensamiento desarrollista, a la economía entrerriana?
Volvamos al informe oficial. Allí se lee que la participación sectorial de la industria en el Producto Bruto Geográfico entrerriano, de acuerdo al año 2008 (último disponible), ronda el 9,3% del total.
A juzgar por los números de la Fundación ExportAr y el gobierno de la provincia, Entre Ríos tiene una canasta exportadora altamente primarizada, y de acuerdo a la hipótesis esbozada en este editorial, no pasaría el test desarrollista.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 02/10/2011 en Uncategorized

 

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