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Archivos Mensuales: mayo 2011

La ideología de época abreva en el progresismo

Lo políticamente correcto en Argentina es declararse progresista. Esto es tan así que la oposición política se coloca a la izquierda del kirchnerismo.
En efecto, sus líderes hablan de formar un “frente progresista”, como si el actual gobierno no fuese él mismo de izquierda. (Un analista pícaro deslizó que en realidad proponen un “kirchnerismo sin Moyano”)
Recrear la socialdemocracia (o progresismo) en Argentina ha sido un mito político deseado. La construcción de la centro-izquierda ha sido la obsesión de muchos dirigentes (Raúl Alfonsín padre).
José Pablo Feinmann, ideólogo del oficialismo, le reprochaba a Néstor Kirchner haberse replegado en un momento en el “corleonismo” pejotista (el líder, al parecer, practicaba un pragmatismo que escandalizaba al intelectual).
En su opinión, al renunciar a construir una alternativa de centro-izquierda, el kirchnerismo perdía anclaje en la clase media. Al parecer, Cristina Kirchner, que gana adeptos hoy en estos segmentos, ha entendido este consejo.
El progresismo vernáculo cosecha adhesión en la pequeña y mediana burguesía: banqueros, comerciantes, profesores universitarios, profesionales, hombres de la cultura, periodistas, sindicalistas, entre otros.
El gremialismo cegetista, de extracción obrera e identificado con el peronismo de los ‘40, se diría que es otra cosa (aunque tiene una gran capacidad para adaptarse a los tiempos, ya que convivió con el “neoliberalismo” noventista)
Cuando Hugo Moyano, que quiere más poder dentro del gobierno, se quejó hace poco porque ahora “los (trabajadores) empezamos a ser los negros feos, sucios, con olor y todo eso”, ¿a quién dirigía sus dardos?
En principio a diario Clarín, cuya línea editorial se emparenta con la socialdemocracia. Pero otros especulan que esos dichos tienen por destinatario al sector “progre” dentro del gobierno, en cuyos planes no figuraría darle tanto poder al líder cegetista.
El calificativo de “piantavotos” que le soltó a Moyano el gobernador de Salta Urtubey, quizá merezca una interpretación psicoanalítica. ¿Fue un acto fallido del oficialismo? “Moyano es impresentable, pero es imprescindible”, dicen que dijo un alto funcionario nacional.
Ahora bien, ¿qué es el progresismo? Un poco de historia aclararía el punto. Desde los orígenes del socialismo del siglo XIX –una ideología que pretende la desaparición de las clases sociales- hubo dos corrientes.
Una partidaria de la conquista del poder político y económico mediante un proceso violento y compulsivo (marxismo-leninismo), y la otra orientada hacia reformas graduales conseguidas mediante la vía constitucional y parlamentaria (socialdemocracia).
Pues bien, la izquierda marxista acusa a la socialdemocracia de complicidad con el sistema. La inculpa también por proponer un “progresismo” que facilita la crítica opositora al capitalismo pero no lo resiste al mismo tiempo.
En esta disputa de la izquierda, una cosa parece ser cierta: para la socialdemocracia uno puede ser, sin culpa y sin complejos, socialista y capitalista a la vez.
La conversión de socialismo combativo en socialismo capitalista ha sido la conversión de gran parte de la clase política argentina. Es el paradigma dominante (como en los ‘40 lo fue el nacional-fascismo, en los ‘60 el desarrollismo, y en los ‘90 el neoliberalismo).
Como decía Carlos Marx: “Las ideas de las clases dominantes son, en todas las épocas, las ideas dominantes”.
Si bien acepta la propiedad privada de bienes, la nueva izquierda no cree que el mercado distribuya la riqueza, y por tanto postula que lo haga el Estado (estatismo, subsidios, control de precios).
En América Latina, con matices, gana predicamento este paradigma. Aunque vale aclarar que sin las actuales condiciones del capitalismo global, que desde hace más de una década valorizó los bienes que la región exporta, no habría mucho que repartir.
El precio de los commodities (como la soja) financia los programas distributivos progresistas.

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 24/05/2011 en Uncategorized

 

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Paraguay también tiene su exitoso modelo sojero

Hasta no hace mucho era un país calificado por algunos como inviable. Pero el viento de cola internacional, ha convertido a Paraguay en potencia agrícola regional, y su economía vive una racha de crecimiento.
El país guaraní, que por estos días está festejando los 200 años de vida independiente, es el otro milagro económico de América del Sur. Hoy es el cuarto exportador mundial de soja, por detrás de Brasil, Estados Unidos y Argentina.
Ese es el dato crucial que explica que el PBI de la nación norteña -siempre de magro desempeño histórico-, venga teniendo una racha positiva en la última década, montado sobre los extravagantes precios de exportación del poroto.
Paraguay es el otro ejemplo de lo que se ha dado en llamar la “década latinoamericana”. Participa del auge regional asociado a la mejora de los términos del intercambio, junto con Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Perú y Colombia, entre otros.
Esos términos venían condenando al infortunio a la economía paraguaya. Mientras que el precio de las materias primas que vendía al mundo tendía a la baja, el valor de los productos manufactureros que compraba sufría alzas.
Las condiciones desventajosas del comercio internacional, volvían vulnerable a Paraguay, impidiendo su capitalización y desarrollo. Pero el infortunio no es eterno: en los últimos años apareció la impensada demanda de forraje del Asia (con China a la cabeza), y con ella el despegue del comercio exterior paraguayo.
El motor de la economía es la soja. Este sólo producto mueve una actividad que ha hecho que el gobierno de Fernando Lugo disfrute de una bonanza que otros gobiernos del pasado no han tenido.
Datos del Censo Agropecuario 2008 indican que el cultivo de la soja ocupa más del 2,4 millones de hectáreas, de un total de 3,3 millones de hectáreas dedicadas a la agricultura.
Pero como saben los argentinos, este “modelo sojero” tiene su lado oscuro. A cambio de fabricar divisas, y de financiar los presupuestos gubernamentales, instala el monocultivo, que desplaza cultivos tradicionales, y es una amenaza para la biodiversidad.
No sólo eso: acostumbra al país a vivir de una renta que puede evaporarse si las condiciones internacionales cambian. Mientras los ingresos fluyen a raudales, la economía se hace “sojadependiente”, saboteando la chance de que acometa la diversificación de su matriz productiva.
La bonanza durará, en suma, lo que el comercio global decida que dure. ¿Acaso Paraguay está consumiendo estos ingresos extras de la exportación, sin encarar la modernización de su “primarizada” economía?
Si uno compara la oferta exportable del país –todos granos o bienes provenientes del campo, como carne bovina- y compara las importaciones –manufacturas industriales- halla una pista para entender el problema.
Pero para los cientistas sociales y los economistas no es claro que la bonanza de estos años esté llegando a la mayoría de la población. Con 6,2 millones de habitantes, Paraguay tiene un 20% de la población que sobrevive en pobreza extrema, a lo que se suma otro 36% en pobreza relativa.
Junto con la haitiana y la nicaragüense, la sociedad paraguaya aparece como una de las más desiguales del continente. Por otro lado, el 80% del territorio se concentra en manos del 1% de la población.
Estos datos sociales oscurecen el auge económico paraguayo, revelando otra vez que el crecimiento del PBI no es condición suficiente para el desarrollo de la sociedad.
Las curiosidades, en tanto, se verifican en el mundo de las telecomunicaciones. Más allá de la pobreza, el 97% de la población cuenta con un teléfono móvil.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 24/05/2011 en Uncategorized

 

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Fútbol y violencia, la metáfora argentina

No resulta novedoso que se suspendan los espectáculos de fútbol por la violencia desatada en las canchas. Como tampoco debiera sorprender el negocio turbio que hay detrás de la pelota.
El más popular de los deportes en estas latitudes habla más de los argentinos que cualquier otra actividad. Hay razones para creer, por caso, que el hincha criollo es sui generis.
Por qué es tan violento es motivo de especulación. Los psicólogos sociales llaman la atención sobre el estado de “desindividualización” en que se hallan estos sujetos, donde predomina el patrón de la masculinidad agresiva.
Se arropan en la masa para cometer desmanes. Allí, en la multitud, adquieren una sensación de poder invencible, lo que les permite ceder a sus impulsos, cosa que no harían si estuvieran solos.
Este estado pasional se ve favorecido por el anonimato. Cuando el individuo en la masa pierde su identidad, su capacidad racional, la agresividad se dispara y no tiene límites.
El intelectual Juan José Sebrelli define a los hinchas argentinos como una “variante de la personalidad autoritaria” típica de estas pampas, en la que no faltan el racismo y la xenofobia.
Tras aclarar que la inmensa mayoría de los adictos al fútbol lo ve por TV en el living de su casa, el autor distingue “entre el hincha pasivo, que es arrastrado, y el barrabrava, que es el que arrastra al otro”.
El fútbol, como expresión cultural de un país, refleja el talante de su gente. En este caso su acostumbramiento a la ilegalidad, refiere Sebrelli.
“Y hay dos ejemplos emblemáticos, que son trampas y muestran una aceptación a la ilegalidad: el famoso gol de la ‘mano de Dios’ de Maradona contra los ingleses, en 1986, y el triunfo del Mundial ‘78 en Argentina, con el recuerdo del partido contra Perú”, sostiene.
Por otro lado, en la Argentina futbolera resultaría una extravagancia que el poder político –que se suele meter en todo- no tuviese que ver con esa pasión popular.
Aquí lo que mueve la pelota, de hecho, es asunto de Estado. Las razones parecen obvias: el fútbol funciona como un canal del descontento social y, sobre todo, como amplificador de las pasiones nacionales.
Este deporte suele ser un insumo utilizado por el poder para explotar el nacionalismo primitivo de las masas. No otra cosa hizo la dictadura de Videla y Massera en el Mundial de 1978.
“El fútbol, paradójicamente, fue traído a Argentina por los ingleses e impuesto por la oligarquía, las dos bestias negras del nacionalismo populista”, recuerda Sebrelli.
Además, se ha instalado la tesis de que el fútbol es la única fuente de alegría entre los argentinos. Según los sociólogos, sería también la única actividad en la cual la gente construye su “identidad” en la posmodernidad.
El poder y el fútbol tienen un turbio maridaje. La política necesita del fútbol y viceversa. Por eso las recientes declaraciones de Diego Maradona respecto de que “el gobierno debería soltarle la mano a Grondona”, exime de mayores comentarios.
La alianza estratégica del gobierno K con el mandamás de la AFA, que incluye la televisación gratuita del fútbol, no escapa a nadie medianamente informado. Como tampoco la popularidad de Maradona, una especie de epítome de la “argentinidad al palo”.
No hace mucho el psicoanalista argentino Carlos Pierini trazó un perfil crudo y polémico del “Diez”, del ídolo nacional por goleada. Él encarna, escribió, “la idolatría a los líderes redentores, el culto a la viveza y (su hermano gemelo) el desprecio por la ética del trabajo, el narcisismo, la fe en las soluciones mágicas, el impulso a exculparse achacando los males a los otros”.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 24/05/2011 en Uncategorized

 

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El paso del estado de bienestar al del malestar

“Los indignados”, la protesta social que crece en España y quiere contagiarse al resto del Viejo Continente, es el epifenómeno de la crisis que atraviesa al modelo europeo de bienestar.
Se diría que la movida española tiene algún punto de contacto con las cacerolas que se escucharon en Buenos Aires en 2001. Tocados en su bolsillo, amenazados en su prosperidad, mucha gente adquiere súbitamente conciencia cívica.
La “primavera española”, así le llama el diario The Washington Post, es sobre todo una arremetida contra la clase política, a la que se acusa de la pérdida de nivel de vida.
No es casual que el epicentro de este movimiento, que repicaría en otras capitales europeas, surja en España, el país cuya tasa de desocupación duplica la media continental.
La Plataforma del “15M” –llamada así por el domingo 15 de mayo cuando comenzó la protesta en Madrid- recoge sobre todo el drama de los jóvenes sin trabajo, un fenómeno que atraviesa toda Europa.
Ahora mismo en el Viejo Continente se multiplican las protestas y movilizaciones a través de las redes sociales, en los que cientos de miles de “ni-ni” (como se han dado en llamar quienes ni trabajan ni estudian) demuestran toda su rabia y piden a gritos oportunidades y un futuro.
Salvando distancias y diferencias, es llamativo que el malestar europeo se enanque en aquello mismo que fue el detonante de la ola de rebelión que sacudió al mundo árabe, y que se llevó puestas a viejas autocracias.
¿Qué cruje en Europa, una de las patas del denominado mundo rico? Las recientes crisis financieras de Irlanda, Grecia y Portugal, y el auge de los partidos ultraderechistas, ¿qué están revelando?
Para muchos expertos el “estado de bienestar”, ese feliz invento europeo de la posguerra, una especie de capitalismo con mercados administrados, que fascinaba al mundo por su cohesión política y social, parece haber entrado en fase de terapia intensiva.
La Europa del siglo XXI, con su formato de integración, con moneda única (el euro), que proyectaba la imagen de un bloque próspero y pacífico, con un futuro radiante, atraviesa su peor crisis histórica.
El modelo no sólo está golpeado financieramente –estados miembros insolventes expuestos a los vaivenes de las finanzas- y lidia con tasas de desocupación obscenas, sino que arrastra también problemas estructurales pocos mencionados.
Uno de ellos es el envejecimiento de la población y el colapso de las tasas de natalidad de las poblaciones autóctonas. Para algunos expertos, cuando la población deja de aumentar y el crecimiento económico se estanca, el sistema deja de tener futuro.
Este cuadro impacta en las finanzas públicas, las cuales no pueden financiar el sistema de previsión social (jubilaciones y pensiones), que es la joya del modelo de bienestar.
Hay que pensar que estas tendencias demográficas llevaron a los estados europeos a favorecer la inmigración, cuyos miembros son las primeras víctimas de la desaceleración económica y el desempleo.
Todo este cuadro genera inestabilidad política en el sistema, que pierde adhesión y legitimidad ante los ciudadanos. Por lo pronto, la exacerbación nacionalista en muchos países, que agita banderas que se creían olvidadas después de la hecatombe bélica de la Segunda Guerra, amenaza la Unión Europea (UE), y su proyecto ecuménico.
Difícil predecir si el modelo europeo entró en una decadencia sin retorno, si el futuro de la UE reproducirá el final de la URSS, que terminó disuelta, como pronostican algunos.
Las predicciones sociales siempre fracasan. Es la historia, finalmente, la que tiene la última palabra.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 24/05/2011 en Uncategorized

 

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El dinero, la banca y el sistema capitalista

Así como la propiedad privada es el fundamento de la sociedad burguesa, el capital es la sangre que circula para darle movimiento al sistema. La cuestión del dinero, los bancos y el crédito, por tanto, es de máxima relevancia.
Es conocida la tesis según la cual el protestantismo ayudó a cambiar la concepción que había en la Edad Media del dinero y del lucro. El gran sociólogo Max Weber lo explica en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”.
Fue la doctrina del teólogo francés Juan Calvino, en el siglo XVI, la que tuvo una influencia determinante en el futuro de la economía mundial, al instalar una visión positiva de los bienes terrenales.
El estado de salvación de los fieles estaba “predestinado” desde el comienzo de todo. Dios había elegido a una minoría para ser salvada. Pero esta idea de la predestinación generaba fatalidad y angustia en los devotos.
Porque, ¿cómo saber si uno era salvo, si el juicio de Dios es impenetrable? El calvinismo vino a decir que el éxito mundano, la prosperidad material, era un signo divino de pertenencia a la raza de los elegidos.
Esta teología, dice Weber, al santificar la búsqueda de lucro y cambiar la concepción del dinero (que era visto con malos ojos en la Edad Media), dio fundamento a la ética del capitalismo.
La banca y los banqueros han sido identificados con el sistema económico. Ellos más que nadie simbolizan el concepto del capital. No hay capitalismo sin crédito, se repite por todos lados.
Aunque el crédito, pese a la publicidad que tiene, suele ser esquivo. Calvinistamente, se diría que son pocos los predestinados a beneficiarse con él. La raza de los elegidos, de los salvos, suele ser selecta.
No sólo eso, en muchas ocasiones para acceder hay que demostrar que no se lo necesita. “Un banquero es una persona que te presta su paraguas cuando el sol brilla, pero lo quiere devuelta en el preciso instante en que comienza a llover”, escribió Mark Twain.
Además, el discurso es que el crédito está al servicio de la producción de bienes. O al menos de esa manera se justifica moralmente la práctica de vender dinero como una mercancía más.
Ahora bien, en los últimos años en Argentina las instituciones financieras prestaron poca plata pero ganaron mucha. Varios informes dan cuenta que la economía productiva se sostiene, básicamente del autofinanciamiento y especialmente de la repatriación de capitales fugados (aunque en el conjunto el monto de capitales fugados -50 mil millones en los últimos tres años- ha sido mayor que los ingresados).
La banca en Argentina no goza, justamente, de una imagen productivista. El negocio de los bancos, históricamente, ha sido la timba financiera. Es decir, el manejo de las finanzas se ha dirigido, básicamente, a actividades especulativas (como prestarle plata a un Estado insaciable), en lugar de fecundar la actividad económica.
El sesgo que hoy tiene el negocio bancario muestra, según estadísticas del Banco Central, que el interés de los banqueros pasa por financiar el consumo. Escasea el crédito para la producción, las PYMES y las viviendas (es casi nulo el crédito hipotecario).
La banca, además, creó poco crédito. En 2001 el crédito llegó al 29% del PBI, y luego cayó estabilizándose cerca del 13% del PBI. Según Felaban, (Federación Latinoamericana de Bancos) en Chile llega al 91% del PBI, en Brasil al 55% y en el promedio latinoamericano, a un 30% del PBI.
Por lo visto en Argentina la rentabilidad bancaria se asienta en negocios que poco tienen que ver con la economía productiva. Es un rasgo sui géneris del capitalismo argentino.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 24/05/2011 en Uncategorized

 

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Cuando observamos la economía, ¿qué vemos?

¿Por qué las personas vemos los mismos acontecimientos de manera diferente? Las imágenes de la realidad nunca coinciden. Las opiniones divergen, por ejemplo, alrededor del mentado “modelo”.
Por ejemplo, el desempeño económico de Argentina en la última década ha sido excepcional. Ahora bien, mientras el gobierno asegura que esto es reflejo de su genialidad, otros atribuyen el fenómeno a los precios internacionales.
¿Qué ve el público? Difícil saberlo, aunque a juzgar por las encuestas, un sector importante de la población estaría dispuesto a votar otra vez al oficialismo, justamente por motivo económicos (Carlos Menem supo ganar varias elecciones por esta causa).
La psicología social y la investigación en comunicación, que comenzó a mediados de la década del ‘40, han descubierto el concepto de percepción selectiva.
Según el cual la percepción está parcial o totalmente determinada por lo que las personas “desean” percibir, lo que han percibido habitualmente o la recompensa física o social que esperan obtener de su percepción.
Como se ve, los humanos no tenemos en principio una mirada muy inocente y franca de los hechos. Se diría que en muchos casos es una observación interesada.
En un libro publicado en 1922, el intelectual estadounidense Walter Lippmann, al escribir sobre la opinión pública, anticipó muchas de las definiciones que la investigación empírica confirmaría mucho después.
Allí dice que las imágenes que tenemos en la cabeza constituyen un pseudomundo en cuya realidad, sin embargo, creemos completamente. Lippmann creía que la realidad es más compleja que nuestra veleidosa mirada.
Sin embargo, hacemos de nuestra perspectiva la única posible, como si fuésemos la medida de todas las cosas. De última, nos parapetamos en nuestro yo, y sobre todo en nuestras anteojeras frente a la realidad de los hechos.
Escribe Lippmann: “Por eso, un capitalista ve un conjunto de hechos –literalmente ‘los ve’- y unos aspectos determinados de la naturaleza humana, y su adversario socialista ve otro conjunto y otros aspectos, y cada uno considera al otro irrazonable o perverso, cuando la diferencia real entre ellos es una diferencia de percepción”.
En el debate económico en Argentina pasa algo parecido. El kirchnerismo habla, por ejemplo, de la existencia de un modelo de acumulación nacionalista, en el sentido de un desarrollo endógeno de la economía.
Una característica del cual sería el nivel de reservas alcanzado por el Banco Central. Sin embargo, si eso fuese cierto no se entiende cómo los argentinos seguimos ahorrando en dólares y sobre todo fugando en esa divisa. En los últimos tres años se fueron del país alrededor de 50.000 millones de dólares.
Ayer mismo, el periodista Claudio Zlotnik, del Cronista Comercial, revela que en Economía preocupa la creciente fuga de capitales. Durante el primer trimestre resultó de unos 3.400 millones de dólares, superando en un 70% la huída contabilizada en igual período de 2010.
Por otro lado, el discurso nacionalista del gobierno colisiona con los números de la última muestra sobre grandes empresas que elabora el INDEC. Allí se dice que de las 500 empresas que más producen en Argentina, el 68% posee participación de capital extranjero.
El ex ministro Martín Lousteau, en tanto, acaba de escribir un artículo donde argumenta que el modelo económico de que habla el gobierno no tiene nada de original (salvo la inflación). Y esto porque el crecimiento de estos años es patrimonio de todos los países de América del Sur, gracias a las mejoras de los precios de exportación.
Como diría Lippmann, una cuestión de percepción.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 14/05/2011 en Uncategorized

 

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Esas revoluciones que acaban en opresiones

La revolución cubana, como la bolchevique en su momento, parece no escapar a la lógica de esos movimientos libertarios que, tras inicios prometedores, devienen en burocracias intolerables.
El Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, del que se esperaba que motorizara cambios significativos para el futuro de la isla, ha desilusionado a los que ansiaban una apertura franca del régimen.
Al parecer, la identificación entre Partido, Gobierno y Estado sigue gozando de excelente salud. El monopolio político, tras 50 años de ejercicio omnímodo del poder, sólo pretende sobrevivir.
“La revolución cubana, ahogada por el régimen”. Así describió la situación en un artículo Claudia Hilb, profesora de teoría política de la UBA, e investigadora del Conicet.
Allí habla del “poder de la gerontocracia revolucionaria” que no quiere largar el control del Estado. Lo novedoso del Congreso es la apertura controlada de la economía (cuentapropismo, inversión extranjera).
La medida aparece como una salida desesperada del régimen ante una población ahogada por restricciones de todo tipo, y una forma de aliviar la carga de un súper-Estado quebrado.
Pero el dominio político férreo de la sociedad se mantiene. El control burocrático permanece incólume. Todo lo cual recuerda el experimento de la Unión Soviética, cuyo régimen totalitario implosionó en 1989.
Aunque lo decisivo es el giro sorprendente que toman estos experimentos revolucionarios que en teoría nacieron para emancipar al hombre. Todos acaban en sistemas opresivos e inhumanos.
La revolución, que técnicamente podría definirse como una transformación completa y ruptura del orden establecido, encumbra a una elite que termina convirtiéndose en la nueva clase dominante.
Ya lo decía Hannah Arendt (que sabía de totalitarismos): “El revolucionario más radical se convertirá en un conservador el día después de la revolución”.
Wilfredo Pareto, en tanto, teorizó que “la historia es un cementerio de aristocracias”, porque las elites, como cualquier construcción, nacen, envejecen y mueren.
Lo llamativo de los socialismos reales (no los teóricos) es que surgen despotricando contra los privilegios del capitalismo, en beneficio de las clases más bajas, y acaban entronizando castas burocráticas que gozan de grandes privilegios.
Se trata por lo general de burocracias políticas, sumamente elitistas y pequeñas, alejada de la clase trabajadora a la que dicen representar, ya que viven a sus expensas.
El escritor mexicano Octavio Paz, al que no se puede calificar de “liberal”, tiene páginas brillantes sobre el devenir de estos procesos. “Todas esas revoluciones (…) degeneran en regímenes burocráticos más o menos paternalistas y opresores”, escribió.
La izquierda autoritaria, tan arraigada en América Latina, todavía sigue encandilada con el régimen castrista y su eterna jefatura. Un rasgo notable de estos sistemas es la entronización del pensamiento único y la persecución de la disidencia.
“Toda revolución sin pensamiento crítico, sin libertad para contradecir al poderoso y sin la posibilidad de sustituir pacíficamente a un gobernante por otro es una revolución que se derrota a sí misma. Es un fraude”, sostiene Octavio Paz.
El escritor mexicano es crítico de estas revoluciones jacobinas que devienen en experimentos autoritarios, donde en nombre del “hombre nuevo” se instauran las peores servidumbres, donde en nombre de la emancipación se mata el pensamiento independiente.
“Aquel que construye la casa de la felicidad futura edifica la cárcel del presente”, llegó a decir.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 14/05/2011 en Uncategorized

 

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