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Archivos Mensuales: febrero 2011

La vanidad no es un móvil cualquiera

¿Por qué somos tan sensibles a la aprobación de los demás? De igual manera, ¿por qué nos irrita todo desdén, toda negligencia, toda falta de consideración hacia nosotros?
“Humanos, demasiado humanos”, diría Nietzsche, reprimimos todo el tiempo el lugar que ocupa en nuestra vida la opinión de los demás. Queremos dar a entender, en realidad, que nos basta lo que somos.
Pero apenas podemos disimular esa gran susceptibilidad ante la mirada ajena. ¿Somos acaso esclavos de la opinión y del sentimiento de los demás? Lo que los demás piensen de nosotros, ¿acaso no es lo más importante?
Hace poco, Ricardo Alfonsín, durante un acto partidario, dijo que no aspiraba a la presidencia del país por vanidad, al tiempo que aclaró que el poder no estaba para disfrutarse, sino para sufrirse.
“¿Por qué quiero ser presidente?”, se preguntó. Y respondió: “No por vanidad personal ni partidaria (…) Un verdadero político jamás disfruta del poder, sino que la relación que tiene con el poder es dramática”.
No tenemos por qué dudar de la sinceridad de Alfonsín. Lo que no podemos es omitir la experiencia humana. O la prosaica verdad de que el hombre es capaz de hacer esfuerzos inimaginables con tal de elevarse ante la opinión de los demás.
Detrás de todos aquellos que esgrimen un papel en la sociedad, reclamando en muchos casos una posición encumbrada, juega en realidad una necesidad muy prosaica: la de ser reconocidos.
Los hombres de ciencia sucumben a esta tentación. “De nada vale tu saber si no sabes que otro lo sabe”, dice un viejo aforismo latino.
Además, pensadores de todos los tiempos han especulado largamente sobre el hecho de que la vanidad no es algo nimio, sino que hunde sus raíces en la naturaleza humana.
Por ejemplo, ¿dónde reside la felicidad: en lo que uno es o en lo que uno representa en la imaginación del otro? ¿Hay algo más importante que el honor, la grandeza, la gloria?
En el diccionario se puede leer esta definición de vanidad: “Deseo excesivo de mostrar las propias cualidades y ser reconocido y alabado por los demás”.
El vanidoso sería aquel que se preocupa todo el tiempo por el “qué dirán”, que concede un valor superlativo a la opinión de los otros.
La vanidad es un motor de las acciones humanas. Subestimarla es no comprender que los seres humanos somos increíblemente sensibles al amor de los demás.
Ahora bien, ¿no es importante la propia valía en la constitución de la personalidad? En este punto, algunos piensan que no hay que confundir orgullo con vanidad.
Mientras el orgullo sería una convicción adquirida de nuestro valor propio, la estima procedente del interior de uno mismo; la vanidad, en cambio, sería la tendencia a adquirir esa estima del exterior, con la secreta esperanza de poder apropiárnosla.
Vivir constantemente bajo la mirada de los demás, esperando su reconocimiento, es hacer depender la felicidad del cerebro de los otros. Pero mendigar la aprobación de éstos, para fundar sobre ella la opinión de sí mismo, pude ser fuente de infelicidad.
Arthur Schopenhauer tenía un remedio contra la vanidad (a la cual definía como una “superstición universal”). Aconsejaba pensar por un momento en lo estúpido que supone hacer consistir la felicidad en la futilidad y superficialidad de la opinión humana.
“A medida que aprendemos por experiencia con qué desprecio se habla en ciertas ocasiones de cada uno de nosotros, cuando se cree que no lo sabremos, y, sobre todo, cuando hayamos oído una vez con qué desdén hablan del hombre más distinguido media docenas de imbéciles”, habremos comprendido la lección, escribió.

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 26/02/2011 en Uncategorized

 

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Cómo saber la calidad educativa de los establecimientos educativos

Las familias, ¿cómo descubren que los maestros y las escuelas tienen nivel académico probado? En otras partes del mundo, se publican rankings de docentes y los colegios compiten publicitando las notas de sus alumnos.
Antes de decidir a qué colegio mandar a sus hijos, en Gran Bretaña y en algunos estados de los Estados Unidos los padres tienen acceso a un puntaje de desempeño de cada casa de estudio.
A través de un test objetivo que mide la excelencia educativa, los colegios se someten a una evaluación del rendimiento de sus alumnos. Las escuelas, luego, exhiben los resultados de esa medición, como un modo de competir entre ellas.
“Estudiá con nosotros, somos los mejores”, dicen al publicitar el desempeño en Lengua y Matemática. No se trata de una estrategia de establecimientos privados para incrementar sus ingresos. También lo hacen las escuelas públicas.
Uno de los test en base al cual se evalúa el desempeño de los alumnos de institutos primarios y secundarios es el INVALSI (por las siglas en italiano de Instituto para la Valoración del Sistema Educativo).
Aunque en Gran Bretaña y en algunas partes de Estados Unidos el procedimiento es obligatorio, en otros países es optativo, como el caso de Italia, donde sin embargo los establecimientos empiezan a utilizarlo para publicitar las bondades de sus métodos y la idoneidad de su personal.
“Para testimoniar la calidad de nuestro trabajo en clase y para invitar a otras escuelas a hacer lo mismo, hemos decidido publicar los resultados de nuestros estudiantes en las pruebas INVALSI”, fue el aviso que el Instituto Beata María Virgen, de Merate, publicó en el diario Corriere Della Sera.
En California, en tanto, el diario Los Angeles Times puso a disposición de los padres un índice de la eficacia de cada docente de los colegios primarios del distrito de Los Ángeles.
Un experto especializado contratado por el medio, en base a datos oficiales, elaboró una escala de notas del “valor agregado” de docentes y escuelas. Alrededor de 6.000 maestros y 470 escuelas primarias están involucradas en la experiencia, y figuran en una base de datos bautizada Los Angeles Teacher Ratings.
La medición se hizo sobre un período de 7 años lectivos, para inglés (lengua) y matemáticas.
El “análisis de valor agregado” permite estimar la efectividad de los maestros a través de los resultados de evaluaciones, uniformizadas, para todos los estudiantes.
La diferencia entre los resultados actuales y la proyección del desempeño de un alumno es ese valor que el maestro agrega o sustrae durante el año. En el caso de la clasificación de las escuelas, el diario consideró el desempeño de la totalidad de los alumnos durante el período estudiado.
“Aunque las mediciones de valor agregado no captan todo lo que hace que un maestro o escuela sean buenos –razona el diario- , Los Ángeles Times decidió publicar estos ratings porque se relacionan con el desempeño de empleados públicos que proveen un importante servicio, y en la creencia de que los padres y el público en general tienen derecho a la información”.
A la vista de estas prácticas institucionales, cabría preguntarse si son pasibles de aplicarse en un país como Argentina. ¿Se someterían la escuela pública y privada, y los sindicatos docentes, a una experiencia de estas características?
Por otro lado, ¿son confiables estos métodos de evaluación pedagógica al interior del sistema educativo? ¿Ayudarían entre nosotros a generar una cultura de la excelencia educativa, a la vista de los malos resultados escolares de nuestros alumnos en las evaluaciones internacionales de saberes?

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 26/02/2011 en Uncategorized

 

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Lenguas que dejan de existir en la era global

Al igual que algunas especies de la flora y de la fauna están en peligro de extinción, idéntica suerte corren 3.000 idiomas en el mundo, en un contexto sociocultural complejo.
En una reunión que se mantuvo en Alemania, la comisión de la UNESCO advirtió que se encuentran en peligro de extinción la mitad de las 6.000 lenguas que actualmente habla la humanidad.
Ese organismo cultural de las Naciones Unidas, informó que cada dos semanas desaparece un idioma al extinguirse la población que lo dominaba. Según un registro de la UNESCO, en los últimos 60 años se perdieron 260.
Según explicaron los expertos del organismo, los idiomas dejan de existir por múltiples causas. Guerras, éxodos forzosos y estigmatizaciones que acaban con sus habitantes, son algunas.
Juega, también, un fuerte papel la mezcla de idiomas como producto de las migraciones y la existencia de un idioma dominante como el inglés.
El proceso es visto como una pérdida de herencia cultural de la humanidad. Y esto porque con la muerte de un idioma se van con ella un vocabulario, leyendas, proverbios, chistes y juegos de palabras.
Las alrededor de 6.000 lenguas que existen en el mundo constituyen una reserva del pensamiento humano. Cuando hay lenguas que desaparecen, la reserva se empobrece.
El proceso de extinción se acelera con la mundialización. No obstante lo cual, vale aclarar que nuevas lenguas tratan de nacer: portuñol en Brasil, spanglish en California, camfrancés en Camerún y también creoles.
Se diría que las lenguas se encuentran en constante evolución, sus cambios y su muerte son fenómenos conocidos desde hace mucho tiempo. Y tratándose la lengua de un producto cultural, su destino está emparentado con el devenir del hombre y las sociedades.
La UNESCO instituyó en el año 2000 la celebración del Día Internacional de la Lengua Materna, y ha publicado la segunda edición del “Atlas de las lenguas en peligro en el mundo”.
Diferentes organizaciones apoyan los esfuerzos de la comunidad científica, para describir, grabar e introducir las lenguas amenazadas en bases de datos, que ayudan a su estudio.
Más allá del hecho de que una lengua es un ente vivo en permanente evolución, la cuestión que se plantea es en qué medida la globalización no acelera, por su propia lógica, la desaparición de idiomas.
Es un hecho, por ejemplo, que el inglés es la primera lengua que ha alcanzado una dimensión global en la historia de la humanidad. Y esto se debe a su alianza con el capital y la técnica, dos factores que configuran el actual diseño mundial.
Su uso generalizado a escala planetaria, su expansión económica, tecnocientífica y cultural, ¿acaso se no se hace a costa de entidades lingüísticas más débiles? ¿El proceso no tiende al monolingüismo compulsivo?
Los que miran con recelo a la globalización creen que ésta se hace a expensas de lo local. Ella se fortalecería devorando particularismos. La palabra “globalización”, según esta óptica, es una forma de imperialismo, un diagnóstico derivado de la segunda mitad del siglo XX, según el cual existe un colonialismo-primer mundo opuesto a anticolonialismo-tercer mundo.
En este esquema interpretativo, la lengua y la cultura de los pueblos “dependientes” serían arrolladas por la cultura mercantil hegemónica, cuya principal arma son los nuevos entornos mediáticos.
Sin embargo, están quienes piensan que ninguna lengua es eterna o pura ni lo será nunca. Y resaltan el contacto multilingüe, la hibridez y el mestizaje, como generadores del cambio lingüístico en la era global.
La “hibridación” o “mezcla” disuelve el concepto ortodoxo de identidad cultural.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 26/02/2011 en Uncategorized

 

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Cuando las palabras disfrazan y manipulan

El primer valor que tiene es que con ella se hace patente la realidad. Y cuando se habla se dice algo a alguien. Pero la palabra suele ser un dispositivo de enmascaramiento y un instrumento de dominación.
Se diría que la palabra es tanto más verdadera cuanto más nos descubre el misterio y la complejidad de la realidad. También es un signo dirigido a alguien, y ahí brilla su carácter comunicativo.
Pero, como todo lo que tiene que ver con el hombre, la palabra está sometida a un proceso de corrupción. Tanto respecto de la realidad, a la cual en lugar de transparentar disfraza, como respecto al prójimo, al cual no comunica sino somete.
Los maestros de la sospecha –Freud o Nietzsche- nos han advertido, además, de que muchas veces obramos sin conocimiento exacto, movidos por un impulso interno y oculto (léase inconciente).
En este sentido, la palabra aparece como un síntoma de algo que está ahí, que es real, pero que no queremos reconocer. Hay discursos, en este sentido, que “traicionan”.
Su empleo excesivo denota una ausencia más que una realidad. Y en todo caso un deseo. Alguien por ahí ha observado que el hecho de que se pronuncie tanto la palabra “socialista”, quiere decir que en el fondo no hay más sociedad.
Se podría llevar este método interpretativo a otros campos del dominio lingüístico. Se dice que vivimos en la era de la “comunicación”, y sin embargo nunca como ahora los vínculos humanos están tan amenazados.
La explosión tecnológica en este campo revela la extraña paradoja de un mundo donde la incomprensión entre las personas y las familias va en ascenso. Los celulares y correos electrónicos coexisten con la “falta comunicación” que diagnostican los psicólogos.
Es como si a través de una operación semántica quisiésemos conjurar un problema o una carencia. Lo mismo con la profusión de la palabra “amigo” en las redes sociales. ¿No revela acaso el declive de esa experiencia tan elevada y humana como la amistad?
En el discurso público abunda el término “inclusión” en un contexto socioeconómico donde hay millones de personas condenadas -sin educación, ni techo ni ingresos- a no salir de la pobreza extrema.
¿Podríamos decir lo mismo de la mentada “educación”? ¿Y del término “federalismo”?
La palabra es un signo como el dinero. A causa de su multiplicación sin respaldo en la realidad, se deprecia y devalúa al igual que el papel moneda cuando se emite por encima de la producción real.
El eufemismo entraña también enmascaramiento de la realidad. El diccionario lo define como “manifestación suave o decorosa de las ideas cuya expresión directa sería dura y malsonante”.
Por ejemplo, llamamos “excluidos del sistema” a nuestro prójimo con hambre, miseria o desocupación. Llamamos “interrupción del embarazo” al aborto, “corralito” a la expropiación indebida de fondos privados por parte del Estado.
Llamamos “daños colaterales” a la contaminación del planeta por el industrialismo desbocado, “dispersión de precios” a la carestía de la vida, “asentamiento” al refugio de los desahuciados urbanos, “fondos para desarrollo social” a prácticas clientelares, “transferencias a las provincias” a dineros que van a disciplinar políticamente a gobernadores e intendentes.
Vivimos en una sociedad donde la información que aclara la realidad ha sido reemplazada por la propaganda. La palabra como arma es utilizada allí donde hay un grupo de poder, clan político o ideológico, un colectivo de intereses, o un grupo de presión.
No sólo se oculta la realidad mediante un discurso fabricado a sabiendas. Se pretende que la ficción convenza al otro, quien actúa en función de esa realidad aparente o pseudorrealidad.
Es el empleo de una retórica que, independizada de la verdad de las cosas, sólo busca causar impresión, en el marco de una estrategia de manipulación de las personas.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 22/02/2011 en Uncategorized

 

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La política y el dilema de la felicidad humana

¿El perfeccionamiento de la organización social deriva, automáticamente, en mayores cuotas de felicidad humana? En la posmodernidad la conexión de ambas cosas no está clara.
El proyecto de la Ilustración había redefinido la política como una actividad orientada a conducir a los seres humanos a un estado de plenitud o de gracia.
Bien mirado, el diagnóstico de fondo, que alimentaba el proyecto, era que el hombre no estaba satisfecho con él mismo y con lo que había. El siglo XVII, con su entronización de la razón, incubó la idea de que eso podía cambiar.
La felicidad, de última, sería el resultado de un mundo bien gestionado. La naturaleza, gracias a la técnica y la ciencia, sería moldeada hasta adoptar una forma dócil al uso humano.
Pero más que nada la “naturaleza humana” sería limpiada de toda contradicción, hasta ajustarla a un estado de máxima felicidad. Llegar a ser feliz, por tanto, no sería una quimera, sino una posibilidad cierta en la medida que el mundo fuera transformado de raíz.
Ahora bien, el único modo de que los infelices pudiesen alcanzar el estado de felicidad es que sumaran fuerza y trabajaran unidos a fin de conseguirlo. Ahí aparece la política, no vista ya como oficio enojoso que lidia con el conflicto humano, sino como arte colectivo que produce la vida feliz.
La política quedó imbuida de la convicción según la cual cambiando la ecuación sociológica –la organización de la sociedad– se seguiría un estado de plenitud psicológica individual (léase felicidad).
A poco más de dos siglos, esta confianza en la acción política, al menos como fue formulada en la modernidad, ha sido quebrada. El gobierno de la sociedad, para transportar a los seres humanos a una situación de felicidad, no ha traído el resultado esperado.
Lo que se conoce como posmodernidad registra este desencanto político. Si alguna vez se podía ser optimista y crédulo respecto de que el cambio no sólo era posible sino que era siempre para mejor, hoy esa creencia luce deshilachada.
Lo que está en revisión, justamente, es si es correcto creer que la política es la causa eficiente de la felicidad humana. O en otros términos: si esta última depende de aquella otra. Además, ¿la vida feliz se alcanzó en las sociedades opulentas?
Es llamativo al respecto que el gobierno de Gran Bretaña haya propuesto medir hace poco el grado de felicidad de los británicos, preguntándoles si encuentran sentido a la vida y si están satisfechos.
Arthur Schopenhauer decía ya en el siglo XIX que ni la política, ni el Estado ni la técnica eran una solución frente a la incurable insatisfacción humana. El filósofo alemán no veía una conexión causal entre el estado presente del mundo y la desdichada condición humana.
Su pesimismo lo llevó a sostener que los hombres se inventan ilusiones (una de ellas la política) con tal de no ver lo que lo que la vida es: dolor y aburrimiento.
En este sentido, las sociedades de la abundancia, aunque han mitigado el dolor asociado a la miseria, no sabrían cómo lidiar frente al hastío. (El diagnóstico de Schopenhauer es muy actual a la vista de los síntomas de degradación que aquejan al mundo rico).
Es posible que la idea de que “un mundo mejor es posible” haya sido sustituida, en buena parte de la conciencia global, por otra que postula que de lo que se trata es de evitar que empeoren las cosas.
Esta convicción de época trae aparejado, por lógica consecuencia, un retraimiento de las personas respecto a la política y al ámbito de lo público, una tendencia que corre paralela con la revalorización de la vida privada.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 22/02/2011 en Uncategorized

 

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El tiempo electoral y las lecciones de Maquiavelo

La dialéctica del oficialismo y la oposición recrudece en un año en que el poder político en Argentina está en discusión. La sociedad, indefectiblemente, se ve condicionada por la puja.
Cabría conjeturar que el hombre de la calle, al que lo acucian otros problemas (como el de la inflación), preferiría que los líderes políticos se pongan de acuerdo en lugar de pelearse.
Pero en la superestructura política se empiezan a librar grandes batallas. Y las chicanas políticas irán in crescendo, en un contexto en donde se respira el “todo vale”.
Algunos piensan que en toda sociedad coexisten los grupos “politizados”, aquellos implicados en el poder (porque aspiran a él o por interés cívico), y una gran masa de gente dominada por la apatía y la indiferencia política.
Estos últimos, que suelen cumplir el rol de espectadores de los asuntos públicos, no podrán quedar inmunes a la campaña política ya lanzada en la cual las elites locales batallan por el control del Estado, por el poder económico y simbólico.
La forma que adquiere la contienda, en la que se usan distintos métodos y mañas, algunos disimulados, despierta aprensión y hasta temor en aquellos que suelen tener una visión algo ingenua de lo que está en juego.
A ellos habría que anoticiarles: “Es el poder, estúpidos”. Parafraseando así aquella advertencia que acuñó durante la campaña de 1992, James Carvielle, asesor de Bill Clinton, cuando lanzó “Es la economía, estúpidos”, una frase que se hizo célebre.
En la academia se suele hacer la distinción entre el fin y los medios de la política. El primero tiene que ver con la dimensión arquitectónica: es la acción dirigida a procurar al bien de la colectividad.
Después está la dimensión agonal, que remite a las luchas partidarias. En teoría, lo agonal son los “medios” que en teoría deberían estar ordenados a lo arquitectónico, que versa sobre fines.
Llegar al poder supone ganar elecciones (medios). Para desde allí gobernar en beneficio del conjunto social (fines).
Esta distinción, en realidad, remite a una concepción moral de la actividad política, cuyo “deber ser” o ideal es el bien común. De aquí viene aquel axioma ético según el cual el “fin no justifica los medios”.
Fines y medios no son valores independientes, que se puedan juzgar por separado. Los fines preceden a los medios. Es absolutamente imposible que un medio injusto conduzca un fin justo.
Todos los políticos declaran que vienen a trabajar por la Argentina. Este es un fin excelente. Ahora bien, ¿eso justifica que roben, mientan o hagan trapisondas electorales?
La doctrina moral contestaría que no: que si el fin es excelente, el medio no pude ser execrable. Por tanto: “no todo vale” con tal de llegar al poder. Sin embargo, ha sido Nicolás Maquiavelo, el autor de “El Príncipe” (siglo XVI), quien ha sentado otra tradición.
“El ser bueno es útil pero no hay que trepidar en ser malo cuando de esa manera se obtiene el resultado apetecido”, aconsejó.
Maquiavelo, para quien el hombre es un bicho irremediablemente malo, aconseja así a los políticos las inescrupulosidad ética, si eso les trae resultados.
Para quienes consideran que hay un orden moral objetivo intemporal (la verdad, el bien), esto suena a un inmoralismo inaceptable. Pero no para quien el poder no persigue otro fin que él mismo, o es autosuficiente.
El maquiavelismo es una ética utilitaria (o anti-ética) que libera la conducta del político de cualquier restricción que no sea el engrandecimiento de su dominio.
Es el triunfo de la política por la política misma.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 22/02/2011 en Uncategorized

 

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Entre la utopía o la pesadilla electrónica

Lo que la revolución política, con su arrogante sueño de redención social, no pudo conseguir, lo hará posible la era electrónica, parecen decirnos los tecnólogos.
El vasto intento moderno de hacer mutar la naturaleza humana revolucionando las estructuras sociales, acabó en barbarie. Asesinatos en masa y abominables regímenes totalitarios fueron el tétrico resultado.
El siglo XX fue el cementerio de la ideología que nos prometía el fin del hombre alienado y la entrada al paraíso social igualitario.
La ciencia ficción ya venía anticipando en qué acabaría todo. En su obra “1984” George Orwell reflejó soberbiamente la contracara dramática de la “sociedad del futuro”.
Es la función de la “distopía”, entendida como una utopía perversa donde la realidad transcurre en términos opuestos a los de una sociedad ideal.
Orwell nos advirtió sobre los megaestados de corte fascista. La manipulación y el adoctrinamiento masivo –a cargo de una elite autoritaria- llevan al control absoluto, al condicionamiento o exterminio de sus miembros baja una fachada de benevolencia.
Disipada la ilusión de la revolución social, lúcidamente desenmascarada por el arte, la promesa de la sociedad perfecta parece ser retomada hoy por los adoradores de las tecnologías digitales.
El irresistible optimismo de un Nicholas Negroponte –que habla de “ser digital o no ser”- o la esperanza en torno a la aldea electrónica anunciada por Alvin Toffler, alienta una atmósfera de nueva utopía.
Dentro de este pelotón de intelectuales se suele citar a William Mitchell, un profesor del MIT que nos presenta una visión impresionante de las ciudades del futuro.
Hay que decir, antes que nada, que no se trata de negar los cambios derivados de Internet. Las tecnologías digitales, por ejemplo, hacen cada vez más difusas la relación entre hogar y trabajo.
La sociabilidad humana está siendo modificada también notablemente a caballo de la interactividad virtual. Las intuiciones de Mitchell sobre la urbanidad que viene merecen ser tenidas en cuenta.
“En el siglo XXI, la condición de la urbanidad civilizada se puede basar menos en la acumulación de objetos y más en el lujo de la información, menos en la centralidad geográfica y más en la conectividad electrónica, menos en al aumento del consumo de los recursos escasos y más en su gestión inteligente”, dice el profesor del MIT.
Ahora bien, ¿hay que esperar de las nuevas tecnologías una transformación de la vida humana que, por fin, la acerque a ese estado de perfección y beatitud que suelen acariciar las utopías?
Ahí está el punto. Las fábulas futuristas y distópica que nos trae el cine en torno a las sociedades ultra-tecnológicas, sin embargo, hacen de contrapeso al sueño electrónico.
El cortometraje “Tokio Shaking” (2008), del director surcoreano Bong Joon-ho, nos pinta una sociedad japonesa altamente hiperconectada que se acerca más bien a la pesadilla.
Allí la tecnología digital es una aliada de una individualidad patológica en la cual los rasgos básicos de sociabilidad han desaparecido. Describe a un joven confinado en las paredes de su casa, que usa la tecnología para no salir al mundo, y así autoabastecerse en el hogar.
El director de la película se sirve de una figura real de la sociedad urbana japonesa, del “hikikomori”. Ese término designa en Japón a aquellos adolescentes y adultos jóvenes, de clase media alta, que rehúsan abandonar la casa de sus padres, donde viven encerrados durante meses e incluso años.
El confinamiento social, así, es un corolario al que conduce la sociedad electrónica.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 05/02/2011 en Uncategorized

 

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