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Archivos Mensuales: octubre 2010

Las elites y la eterna lucha por la hegemonía

Aunque la democracia postule el “gobierno de todos”, y éste sea el régimen político aceptado en Occidente, la política no ha dejado de ser, aunque en forma solapada, una guerra entre elites.
Hace poco el sociólogo y director de Poliarquía Consultores, Eduardo Fidanza, reivindicó el fenómeno señalando que las peleas que se libran en la superestructura política en Argentina son un reflejo de una contienda entre grupos.
Se trata de una contienda hegemónica, cuyo objetivo es el dominio político, económico e ideológico de una fracción sobre el resto. Al parecer, esta querella se potencia en la cima del poder, porque se ha abierto una brecha.
Lo que está en disputa es si el kirchnerismo, como bloque histórico, tras ocho años de dominio, tiene más vida en 2011. O por el contrario, el poder en Argentina muta hacia nuevos dueños.
Es decir, se asiste hoy a una batalla por el poder económico y simbólico entre elites que aspiran a tomar no sólo el control del Estado, sino los resortes de la sociedad civil.
En este reparto por el poder y la influencia, los altos dirigentes, en las distintas esferas, se reagrupan alrededor de intereses afines, enancados sobre todos en negocios actuales y futuros.
Fidanza comenta el proceso de realineamiento empresario, en la nueva fase política. “Muchos anhelan la dorada época de Menem, cuando imponían las reglas del juego que el Estado renunciaba a fijar”, señala.
“Otros se aferran a subsidios y aranceles para tapar la ineficiencia o se ponen en la cola de los amigos del poder”, dice respecto a otros “capitalistas”.
En el mundo gremial también se verifica un proceso en el cual mientras “la vieja guardia sindical protege o incrementa sus cajas y negocios”, otros sindicatos esperan caer bien parados si se da un barajar y dar de nuevo dentro de este frente.
El comunista italiano Antonio Gramsci especuló mucho sobre las crisis de autoridad. Advirtió que en política la hegemonía ideológica tiene prioridad sobre el dominio o dictadura.
Un sistema de poder está en problemas, sostuvo, cuando la elite dirigente pierde prestigio e influencia entre los gobernados. En concreto, cuando pierden “consenso” entre estos últimos.
Allí radica la verdadera “hegemonía” de una clase dirigente: en la adhesión ideológica de los dirigidos. (No es casual, en este sentido, el esfuerzo del kirchnerismo por concentrar toda su energía en la batalla mediática).
Fue el sociólogo Wilfredo Pareto (1849-1923) quien dijo que en toda sociedad, incluso en las más democráticas, hay una división entre la elite (o aristocracia) y la masa (o mayoría silenciosa).
La evolución histórica repite de forma permanente esa división: de la masa surgen ciertos individuos innovadores que suelen ganar el apoyo de las mayorías para derrocar o sustituir a la elite dominante.
Pero una vez llegados al poder se vuelven, como sus antecesores, un grupo conservador que busca la permanencia en el mismo. Para ello utilizan la corrupción, la astucia o la violencia.
Según Pareto, las aristocracias no duran; de hecho la historia es un cementerio de elites. No hay nada nuevo bajo el sol –ni habrá- advierte: las elites llegan y se van, un ciclo que se repite una y otra vez.
La lucha por la hegemonía entre facciones es algo verificado por la teoría política científica. Parece claro, también, que estos enfrentamientos condicionan al resto de la sociedad.
Ahora bien, que esta querella suponga un aporte para diseñar un mejor país, eso ya es harina de otro costal. De hecho a la hegemonía, en tanto dominio, no le interesa otro fin más que ella misma.

© El Día de Gualeguaychú

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Publicado por en 25/10/2010 en Uncategorized

 

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Al final, las cosas no suceden porque sí

Puede sonar muy duro, pero el caso de la tragedia por la gresca entre ferroviarios debiera ser visto como un irrefutable silogismo argentino de culto a la fuerza y la prepotencia.
Nada sucede por que sí, todo tiene su razón, aunque no podamos verla fácilmente, o mejor: aunque no queramos verla. Sentemos una tesis: la vida social argentina se desarrolla dentro de una matriz cultural.
La pregunta es: ¿desentona este episodio sangriento, de suerte que deberíamos sorprendernos de que ocurra? ¿O es resultado lógico de un sistema de creencias hegemónico?
Más allá de los pormenores de la historia, de los personajes intervinientes y sus intereses, de la impunidad con que se movieron, de la pasividad de la policía, no debiéramos perder de vista el cuadro ético-cultural-institucional en que tuvo lugar.
Y después preguntarnos si el hecho tiene conexión con ese contexto. Si hacemos este ejercicio intelectual, quizá podamos concluir que en realidad estamos frente a un corolario.
El dato crudo es que estamos en un país atravesado por la anomia, que no sabe resolver sus diferencias sino mediante métodos violentos. Un ambiente en el cual la práctica mafiosa, cuya esencia es vivir fuera del Estado de Derecho, impone su lógica brutal.
Al choque sangriento entre ferroviarios, así, debemos colocarla en el paisaje de todos los días, donde ya no sorprenden la toma de colegios y fábricas, el bloqueo de calles, la inseguridad creciente, la violencia verbal en el discurso público, los escarches, y ese deporte nacional consistente en sacar gente a la calle para demostrar poder.
El sistema de creencias al cual recurrimos los argentinos para tratar de resolver nuestros mayores problemas, no abreva en la ley y el derecho, sino en la cultura del apriete y la patota.
La política pública está dominada por esta lógica de la imposición y la arbitrariedad, que empalma con la vieja tradición autoritaria y fascista que postula, básicamente, el gobierno del más fuerte.
En nuestras pampas rige el monopolio político de uno solo o minoría. Y esto no sólo respecto de los poderes del Estado, sino de otros grupos sociales, como los sindicatos, de tal forma que tenemos un sistema de dominación que no da cabida a la vida democrática y es profundamente antirrepublicano.
Pareciera como si a la Argentina le faltase un sistema político-institucional que le dé estabilidad, o más bien una gobernabilidad asentada no ya en la arbitrariedad de una persona o grupo sino en el imperio de la ley.
El país parece condenado a repetir el ciclo monótono: de poderes autoritarios a la anarquía y de la anarquía al autoritarismo. No es casual, en este contexto, que a lo largo de más de medio siglo juntas militares hayan alternado el poder con gobiernos democráticos débiles o incompetentes.
Tenemos una larga tradición de facto en la que el caudillo –ese líder mesiánico objeto de culto- gobierna de espaldas a la ley; él hace la ley. Pero este sistema incuba, por su propia lógica, las irrupciones rebeldes de una sociedad que busca un cause para expresarse y que impugna a la autoridad, a la que ve como usurpadora.
El mejor régimen político es aquel que sabe conciliar la libertad con el orden. Dicho régimen es un sistema o una tradición, cuya legitimidad no se discute y es superior a los inquilinos del poder y los gobiernos, cuyo discurrir es aleatorio.
La muerte de Mariano Esteban Ferreyra, de 23 años, asesinado a balazos por una patota gremial, es una desgracia nacional. Pero también es una metáfora de un país alejado de la ley, que celebra y justifica el matonismo y la voluntad del más fuerte.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 25/10/2010 en Uncategorized

 

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La tentación de seguir siempre la corriente

Hay razones para sospechar que el ser humano -gregario por naturaleza al fin y al cabo-, prefiere sucumbir al grupo social, antes que pensar y actuar por sí solo.
Hace décadas el psicólogo Irving Janis explicó detalladamente que el “pensamiento de grupo” hace que cada miembro de una agrupación adecue su opinión a la que él cree es el consenso de ésta.
Lo decisivo, en todo caso, es que el individuo prefiere abdicar de sus preferencias en favor de la opinión del grupo, al que le confiere autoridad moral sobre él mismo.
Friedrich Nietzsche, ese filósofo maldito, ha escrito páginas punzantes contra esta moral del “rebaño”. En su opinión, lo colectivo termina amputando lo “singular” en el hombre. Él se autodefinía un “espíritu libre”, alguien que piensa de un modo diferente a como cabe esperar atendiendo al medio social o a las opiniones predominantes.
Es normal, en este sentido, que haya renegado por ejemplo de participar en un partido político. “Quien piensa mucho no tiene las aptitudes requeridas para militar en un partido; porque pronto su pensamiento lo llevará más allá de ese partido”, escribió.
Nietzsche, no obstante, reconoce que quienes se adaptan a la sociedad, o se arropan en un grupo, la pasan mejor. “Los hombres más similares, más habituales han tenido y siempre tienen ventajas”, dijo.
“Los más selectos, más sutiles, más raros, más difíciles de comprender, ésos fácilmente permanecen solos en su aislamiento, sucumben a los accidentes y se propagan raras veces”, afirmó.
El filósofo parece decirnos que el ejercicio de pensar por sí mismo, sin malla social, enaltece al ser humano, lo hace mejor, aunque el precio del ostracismo, y de la adopción de una vida solitaria.
“Es preciso –dice- apelar a ingentes fuerzas contrarias para poder oponerse a este natural, demasiado natural progressus ín simile (progreso hacia lo semejante), al avance del hombre hacia lo semejante, habitual, ordinario, gregario -¡hacia lo vulgar!”.
La reflexión nietzscheana empalma con el ideal del individuo emancipado e independiente, dispuesto a pensar, sentir y actuar en contra de la sociedad, a vivir “contracorriente”.
Sin embargo, no es así como funciona la sociedad, nos dice por su lado la especialista en opinión pública Elisabeth Noelle-Neumann, para quien la adaptación al grupo pesa más que ese ideal romántico de singularidad.
Para ella, el miedo al aislamiento es más fuerte y de ahí que los individuos tengan desarrollado un gran olfato para percibir “casi instintivamente las opiniones que les rodean”, y opten así por adaptar sus comportamiento a las actitudes predominantes.
“Nuestra naturaleza social nos hace temer la separación y el aislamiento de los demás y desear ser respetados y queridos por ellos. Con toda probabilidad, esta tendencia contribuye considerablemente al éxito en la vida social”, sostiene.
La pregunta es: ¿en qué medida el espíritu gregario, esa inclinación tan humana al mimetismo social, no es un factor que despersonaliza, al punto de eliminar al que piensa y actúa por su cuenta?
¿Cuál es la suerte del que no piensa con y como los demás? ¿Se lo sacrifica, entonces en aras del consenso del grupo, devenido así en una suerte de poder despótico?
El filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-55), para quien el individuo y su libertad son anteriores a la sociedad, alertó contra el colectivismo que despersonaliza.
“Llevar a un individuo a volverse Individuo es hacerle el mayor bien”, decía dando a entender que la vocación humana no está en seguir la corriente, o en someterse al dictado de la opinión del grupo social, sino en seguir la propia conciencia.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 17/10/2010 en Uncategorized

 

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Los bancos financian electrodomésticos, no casas

Mientras en Chile los créditos para la vivienda representan más del 7% del PBI, en Argentina, en cambio, no superan el 1%. Ocurre que aquí los préstamos hipotecarios son prohibitivos. Eso dice la consultora abeceb.com, que además informó que en Brasil el monto otorgado en préstamos para hacerse la casa propia supera el 3% del PBI. En realidad en Argentina los asalariados cuentan hoy con mayores facilidades para adquirir electrodomésticos que inmuebles. De hecho los bancos se encuentran focalizados en el consumo.
No es que no existan los créditos hipotecarios. El problema es que no resultan atractivos para la clase media en términos de costos. Los requisitos dejan afuera a la mayoría de los asalariados.
Se exigen ingresos familiares que no condicen con la realidad del mercado laboral. No obstante lo cual esto no ha sido una limitante para que los sectores con capacidad de ahorro inviertan en ladrillos.
La construcción ha tenido un crecimiento notable estos años, no a causa del financiamiento bancario a los asalariados, sino a partir de que los inversionistas argentinos siguen viendo en los inmuebles un activo libre de riesgo ante la inflación y la inestabilidad del país.
La preferencia de los ricos por los ladrillos viene produciendo un efecto de “sobreinversión” en el sector inmobiliario, lo que hace que el valor de las propiedades se aprecie en dólares.
De ahí que los asalariados, cuyos ingresos van a la saga de esa suba, se alejan cada vez más de la posibilidad de hacerse propietarios. A muchos de ellos, sin líneas hipotecarias accesibles, no les queda más remedio que alquilar o anotarse en algún plan estatal de vivienda social.
¿Por qué es inexistente el crédito hipotecario en Argentina? Según abeceb.com, las razones obedecen a la alta inflación y al cortoplacismo de los depósitos.
“Es muy difícil que una institución financiera privada acepte otorgar fondos a plazos mayores a 10 años en pesos cuando la inflación erosiona el valor de la moneda a través del tiempo y los ahorristas optan por colocar sus fondos en plazos fijos menores al año”, refiere.
Según la consultora, hoy los fondos de la Anses financian la oferta a bajos costos financieros y tasa fija en pesos. Pero aún así “los montos totales otorgados son muy inferiores a los verificados en tiempos de la convertibilidad”.
Que las líneas de crédito para vivienda que ofrecen los bancos resulten inalcanzables para la clase media, en realidad es un síntoma de una economía argentina que sufre escasez de crédito.
En efecto, el crédito al sector privado en nuestro país sólo llega al 11% del BPI en 2009, en tanto que en Asia (en promedio) llega al 77%, en los países desarrollados al 74%, en América Latina al 31% y en África al 18%.
Esas son cifras que se encuentran en el libro del BID “La era de la Productividad” (2010), de las cuales se hace eco el economista Orlando Ferreres, para quien la Argentina adolece de un mercado de capitales que financie su desarrollo.
La inflación y la falta de confianza, en su opinión, hacen que los argentinos saquen sus ahorros en dólares para depositarlos en el exterior, esconderlos en el colchón o para invertir en ladrillos.
De esta manera el sistema bancario queda con muy pocos recursos monetarios. “Sólo queda allí el dinero necesario para las transacciones (cuentas corrientes, cajas de ahorro y plazos fijos a 30 días o a muy corto plazo”, sostuvo.
“Con este ahorro, sólo se puede prestar dinero para consumo, a corto plazo, pues de lo contrario se corre con mucho riesgo de descalce de plazos”, resumió Ferreres.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 17/10/2010 en Uncategorized

 

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Una vida más allá de los objetos materiales

La pasión por acumular artefactos es una tendencia arrolladora, pero circunscribe la experiencia humana a la esfera del consumo, muchas veces en desmedro del conocimiento y la cultura.
La historia puede ser vista como una búsqueda permanente por tener más cosas. La humanidad ha luchado siempre contra la escasez y la pobreza, en procura de un estado de mayor bienestar.
La modernidad occidental, con su alarde de transformación del mundo, ha logrado que una avalancha de bienes materiales esté a disposición de los individuos.
El sociólogo Max Weber enseñó que esto ha sido posible por el triunfo de un tipo humano, el burgués, quien elevó el trabajo a valor sagrado. “No se trabaja solamente por el hecho de vivir, sino que se vive para trabajar”, dijo al describir la orientación vital del primitivo capitalismo.
Con el paso del tiempo, cuando la industria estuvo en condiciones de fabricar productos en serie, se vio obligada a estimular en los ciudadanos la demanda de tales productos.
Surgió así, según el psicólogo Erich Fromm, un nuevo tipo psicológico, el “homo consumens”, cuya característica esencial es que identifica la felicidad con el mero consumo.
Desde hace tiempo existe el debate de si el hombre contemporáneo, al tener cubiertas largamente las necesidades materiales, que antes atormentaron a sus antepasados, ha logrado su máxima aspiración.
Lo que está en discusión es si la acumulación de artefactos, el imperativo de poseerlos, no es una tendencia que crece a expensa de las necesidades espirituales (si aceptamos que éstas existen).
“Algunos pueden pensar que el mundo ideal es un lugar repleto de shopping centers. En ese mundo la gente es feliz porque todos pueden salir llenos de bolsas de ropa nueva y de cajas de electrodomésticos. No tengo nada contra esa visión, sólo digo que no es la única posible”, ha dicho el presidente del Uruguay, José Mujica.
En un discurso dirigido a favor de la educación en ese país, el mandatario consideró que el consumismo, en tanto modo unilateral de vivir, se olvida que el ser humano es sensible al disfrute de las cosas del espíritu.
“Ustedes saben mejor que nadie –apuntó Mujica- que en el conocimiento y la cultura no sólo hay esfuerzo sino también placer. Dicen que la gente que trota por la rambla, llega un punto en el que entra en una especie de éxtasis donde ya no existe el cansancio y sólo le queda el placer. Creo que con el conocimiento y la cultura pasa lo mismo. Llega un punto donde estudiar, o investigar, o aprender, ya no es un esfuerzo y es puro disfrute”.
Han sido los griegos, ese pueblo de filósofos, quienes nos han enseñado que en el fondo toda la energía de nuestro ser tiende al conocer, que la existencia humana alcanza su plenitud en la “contemplación”.
“El ver lo preferimos a todo”, escribió Aristóteles, al señalar que el gozo del conocimiento se cuenta entre los gozos más elementales, incontenibles y buscados del hombre.
Y aún estremece leer la autodefensa que hace Sócrates, en el juicio que lo condenó a beber la cicuta. Allí el filósofo dice que hay cosas más importantes que las comodidades materiales.
“Mi buen amigo, siendo ateniense, de la ciudad más grande y más prestigiada en sabiduría y poder, ¿no te avergüenzas de preocuparte de cómo tendrás las mayores riquezas y la mayor fama y los mayores honores, y, en cambio, no te preocupas ni interesas por la inteligencia, la verdad y cómo por tu alma va a ser lo mejor posible?”.
Se puede decir que el crecimiento de rentas y consumos materiales es un rasgo de emancipación del hombre. Pero deja de serlo cuando le atrofia la apetencia por conocer y alcanzar la sabiduría (que viene de “sabor”, y por tanto es un conocer “sabroso”).
“Una vida sin búsqueda no merece vivirse” (Sócrates).

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 12/10/2010 en Uncategorized

 

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Ese modo de ser que nos define y condiciona

¿Cómo somos los argentinos? Sería pretencioso responder semejante pregunta. Pero a la luz de lo que nos pasa, dilucidar este tópico se nos ocurre algo urgente.
Porque más allá de los avatares históricos, de los distintos gobiernos, de los ciclos económicos, persiste una forma de ser, hecha de valores, ideales, expectativas y pautas de conducta.
No en el sentido pasivo de temperamento (como lo innato) sino como modo de ser activo que se va adquiriendo e incorporado a la propia existencia, y que podríamos asimilar al “carácter”.
La índole de la crisis argentina finca en la cultura –de la cual derivan, como reflejo, la política, la economía y la sociedad-; lo cual supone aceptar, a la vez, la existencia de vicios de origen muy arraigados.
De todos modos son defectos corregibles. Porque nada –ningún sino genético o cósmico- nos condena a tal o cual destino. (Eso sería caer en un craso determinismo).
Por ejemplo, nos caracteriza la tendencia a buscar culpables en otro lado: internamente en la oligarquía, el gobierno o los sindicatos; y externamente, en la sinarquía o el agujero de ozono.
Es decir, resulta que nunca somos nosotros los responsables de lo que nos pasa. Es como aquel taxista que al pasar por la Casa de Gobierno dice: “Acá están los ladrones”, pero cuando llega a destino, le cobra de más a su cliente.
Es natural que con esta mentalidad nunca nos hagamos cargo de lo que votamos. Y no queramos ver que lo que visualizamos como una tragedia –ante la cual pataleamos-, no es sino fruto de una elección.
Es factible reconocer una evasión cívica. Mientras nos replegamos en la vida privada, a la cosa común (república) se la dejamos a otros. Es decir actuamos como habitantes no como ciudadanos.
“El argentino tiene una mentalidad de huésped de hotel, el hotel es el país y el argentino es un pasajero que no se mete con los otros. Si los administradores administran mal, si roban y hacen asientos falsos en los libros de contabilidad es asunto del dueño del hotel”, escribió Marco Denevi.
Quizá esta evasión tenga raíces psicológicas en cierto pesimismo nacional. “Me parece que los argentinos se han vuelto muy cínicos, no creen ya en nada, no creen que el país tenga futuro”, nos diagnosticó hace poco el filósofo Mario Bunge, que se exilió de la Argentina en 1963.
“Tienen un maravilloso país”, nos repiten los extranjeros, casi con envidia. Sin embargo, y aunque individualmente nos sintamos satisfechos con nosotros mismos, un sentimiento depresivo de fondo colorea la dimensión colectiva.
Eso se echa de ver en los resultados de la encuesta de Latinobarómetro, de 2009. Mientras la mayoría de los latinoamericanos entrevistados opinó que a sus países les iba a ir bien, más del 80% de los argentinos expresó una visión sombría sobre el futuro de su propia sociedad.
Cuesta descifrar esta tendencia al bajón generalizado. Una hipótesis es que no podemos resolver esta contradicción dolorosa entre un país que tiene todo y, pese a ello, puede muy poco.
Por un lado la exuberante potencialidad de sus recursos naturales. De hecho, a la vista de los buenos precios de los frutos de la tierra que exporta (soja), Argentina se revela “infundible”.
La contracara son la pobreza, la inseguridad, la mala educación, la inflación, el narcotráfico, la corruptela, y esa especie de canibalismo político y social que hace dudar de que para un argentino haya algo mejor que otro argentino.
Nuestro “destino peraltado”, que profetizaba Ortega y Gasset, colisiona así con una realidad bastante cruda. La impotencia que esto nos genera, ¿acaso nos ha hecho desesperar del país?
Una nación quebrada espiritualmente, y en crisis de valores, difícilmente pueda superar sus contradicciones. Subestimar el factor cultural, por tanto, equivale a subestimar la raíz del problema.
Es no comprender que si los argentinos no cambiamos, Argentina tampoco.

© El Día de Gualeguaychú

 
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Publicado por en 06/10/2010 en Uncategorized

 

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